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En su reciente libro “The Road to Character” (El camino al carácter), David Brooks argumenta que en los últimos 70 años hemos alterado cómo celebramos la victoria. Escuchando una transmisión radial que marcaba un cierre de la Segunda Guerra Mundial, Brooks notaba cómo el anfitrión, Bing Crosby, describía el tono del programa: “Hoy, nuestro sentimiento más profundo es uno de humildad”. Brooks continúa con una cita de un corresponsal de guerra, quien decía “No ganamos [la guerra] porque el destino nos creó mejores que los otros pueblos. Espero que en la victoria seamos más agradecidos que orgullosos”.

Cuando terminó el programa, Brooks encendió su televisor para ver un juego de fútbol americano justo en el momento que un receptor atajara un pase antes de ser derribado. Inmediatamente, el jugador hizo un “baile de victoria” para celebrar su logro. “Ahí me di cuenta”, dice Brooks, “que acababa de ver más autocelebración luego de una jugada de dos yardas que la que había escuchado luego de que los Estados Unidos ganara la Segunda Guerra Mundial”. Él entonces se detuvo a comentar en este significativo cambio cultural:

Me di cuenta que tal vez había una cepa de humildad que era más común antes que ahora; que había una ecología moral, que existía desde hace siglos pero es menos prominente ahora, que animaba a la gente a ser más cuidadosos con sus deseos, más conscientes de sus debilidades, más deseosos de luchar contra sus propias fallas y el poder tornar las debilidades en fortalezas.

En contraste con el tono “modesto” de otrora, nuestros tiempos han abrazado “el evangelio de la autoconfianza”, dice Brooks. Citando a “profetas” modernos como Ellen Degeneres y Joel Osteen, Brooks nos dice que este evangelio nos enseña a confiar en nosotros mismos, seguir nuestras pasiones y abrazar nuestros destinos.

El premio al MVP

Entra en escena el basquetbolista Stephen Curry de los Golden State Warriors. La semana pasada, Curry fue nombrado el Kia Motors 2014-2015 Jugador más valioso (MVP, por sus siglas en inglés) de la NBA. Él abrió su discurso de agradecimiento de esta manera:

Este es un tremendo honor. Primero que nada, debo agradecer a mi Señor y Salvador Jesucristo, por bendecirme con los talentos para jugar este juego, con la familia que me apoya de día y de noche. Soy su humilde servidor en este momento, y no puedo dejar de decir cuán importante es mi fe en la manera que juego y en quien soy. He sido muy bendecido, y estoy muy agradecido por el lugar en que estoy.

Por los próximos 10 minutos, con lágrimas intermitentes en sus ojos, Curry agradeció a su familia y comunidad que hicieron esto posible: su mamá y su papá, su esposa, sus hermanos, sus entrenadores, y a la administración y al staff de todo el equipo, aun a los que trabajan en el vestuario. Él continuó:

Quiero aprovechar esta oportunidad para traer más luz sobre quién soy y qué me lleva a jugar como lo hago. Siempre hago una señal en la cancha cada vez que hago un canasto o un buen pase. Toco mi pecho y señalo al cielo, como símbolo de que tengo un corazón para Dios. Es algo que se me ocurrió a mi mamá y a mí en la universidad, y lo hago cada vez que entro a jugar como recordatorio de para quién estoy jugando. La gente debe saber a quién represento y por qué soy quien soy, y es por mi Señor y salvador. No puedo dejar de decirlo.

Curry no es perfecto, y él lo sabe. Como tú y como yo, él tiene fallas. Por eso él apunta más allá de sí mismo, al héroe verdadero: no él, Dios.

La insuficiencia de la autoconfianza

Tim Keller sugiere que hay cuatro cosas que caracterizan el estado natural del ego humano: vacío, dolor, ajetreo y fragilidad. Estamos cargados de ilusiones orgullosas que nos dicen que la autoconfianza y la autoestima son las respuestas racionales a nuestra grandeza. Creemos que podemos encontrar propósito en la vida sin Dios, y pensamos que nuestros logros pueden producir satisfacción y gozo.

Pero sabemos que son mentiras, porque cuando tratamos de aquietar nuestros profundos sentimientos de insuficiencia con nuestros logros, el fracaso nos trae de vuelta a la realidad, y aun alcanzando el éxito nos sentimos insatisfechos. Por ejemplo, uno de mis amigos se graduó de Harvard y de Yale, recibió una beca para estudiar en Oxford y aseguró un puesto en la Suprema Corte de Justicia; todo antes de cumplir 25. He logrado el 99% de todo lo que he deseado en la vida. ¿Acaso creo que es el 1% que me falta lo que me hará feliz?

La libertad del autoolvido

En su primera carta a los Corintios, Pablo testifica de cómo el evangelio ha transformado su identidad (1 Co. 3:21-4:7). A él no le importa lo que otros piensen de él; ni siquiera le importa lo que él piensa de sí mismo. ¿Cuál es su secreto? El autoolvido, nos dice Keller:

La esencia de la humildad del evangelio no es pensar más de mí mismo o menos de mí mismo, sino pensar menos en mí mismo… dejar de conectar cada experiencia y cada conversación conmigo mismo. De hecho, simplemente dejar de pensar en mí mismo. La libertad del autoolvido. El bendito descanso que solo el autoolvido trae.

El evangelio transforma nuestra noción de identidad y autoestima porque nos invita a abrazar un sentido de propósito y significado mayor que nosotros mismos. En Cristo, no somos desanimados por el fracaso o impresionados por los éxitos, como un buen pase en fútbol o un premio al MVP o alguna beca prestigiosa o un grado universitario.

¿Cómo podemos abrazar esta libertad? Mirando a los logros que en verdad importan: no aquello que logramos nosotros mismos, sino lo que Cristo hizo por nosotros (Mr. 1:11; Ro. 8:1). Nuestra labor pasa de ser una búsqueda de celebraciones a la fidelidad y el gozo de hacer un buen trabajo, amar a otros y glorificar a Dios. Solo cuando somos llenos del Espíritu podemos encontrar la humildad que Brooks lamenta hemos perdido en nuestros tiempos; esa humildad que dice, cuando hayamos hecho todo lo que se nos ha ordenado, “Siervos inútiles somos; hemos hecho sólo lo que debíamos haber hecho” (Lc. 17:10).


Publicado originalmente para The Gospel Coalition
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