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Nosotros, las personas, los seres humanos. ¿Somos libres? ¿Hasta qué punto somos libres?

A lo largo de la historia de la Iglesia cristiana se ha debatido este tema. Tres ejemplos bastante conocidos me vienen a la mente: (1) Agustín de Hipona contra Pelagio (siglo 5); (2) Martín Lutero contra Erasmo de Róterdam (siglo 16); y: (3) Los calvinistas contra los arminianos en el Sínodo de Dordrecht (siglo 17).

En términos generales, el debate ha girado en torno a la cuestión de la relación entre la predestinación divina y el libre albedrío humano, algo perfectamente comprensible. Pero en este artículo quiero darle al tema un enfoque un poco diferente (aunque no nuevo, ni mucho menos), y que espero que contribuya a un mayor consenso sobre este tema tan discutido.

En 1720 se publicó por primera vez una obra del puritano escocés Thomas Boston (1676-1732), Human Nature in its Fourfold State (La Naturaleza Humana en su Cuádruple Estado). La tesis principal de esta obra de Boston era que la Biblia enseñaba cuatro diferentes estados espirituales del ser humano: (1) la naturaleza humana antes de la Caída; (2) la naturaleza humana después de la Caída y aparte de la regeneración; (3) la naturaleza humana después de la obra regeneradora del Espíritu Santo; y: (4) La naturaleza humana glorificada. Otra forma más concisa de decir lo mismo sería hablar de la naturaleza humana: (1) inocente; (2) caída; (3) regenerada; y: (4) glorificada.

Creo que el esquema de Boston sería aceptable para la mayoría de los cristianos evangélicos, independientemente de su postura con respecto a la libertad del ser humano. Antes de la Caída, Adán y Eva eran totalmente libres; todavía no eran pecadores, pero eran libres para no pecar y para pecar, para obedecer a Dios y para desobedecerle. Pero después de la Caída, siendo ya caídos y pecadores, y como consecuencia de ello, eran menos libres que antes de caer. El pecado nos hace menos libres; nos esclaviza. Y esa es la condición espiritual de todos los seres humanos por naturaleza, aparte de la obra regeneradora del Espíritu Santo. Pero cuando alguien es regenerado por el Espíritu Santo, es más libre que antes, ¿verdad? Los que somos creyentes seguimos siendo pecadores, pero ya no somos esclavos del pecado como antes: hemos experimentado la libertad que trae la salvación en Cristo. Pero llegará el día cuando seremos glorificados (sea cuando muramos o cuando venga el Señor), y ya no seremos pecadores nunca más. ¡Gloria a Dios!

Si pensamos sobre estas cuatro etapas de la humanidad, el grado de libertad es diferente en cada una. La etapa de más libertad es la de la glorificación: los creyentes glorificados ni pueden ni quieren pecar. La segunda etapa de más libertad fue la de la inocencia de Adán y Eva antes de la Caída: no eran pecadores, pero podían caer, y cayeron. La tercera etapa de más libertad es la etapa entre la regeneración y la glorificación: seguimos siendo pecadores, pero ya no somos esclavos del pecado; y la cuarta etapa de más libertad –o sea, la etapa de menos libertad– es la del ser humano pecador no regenerado.

Habremos oído decir muchas veces que Dios nos hizo libres. ¿Es verdad o no es verdad? Si nos referimos a Adán y Eva, al principio, pues, efectivamente, Dios les hizo libres, totalmente libres. Pero si nos referimos a nosotros en general, a todos los seres humanos que hemos nacido después de la Caída (con la única excepción de Jesús, por supuesto), pecadores todos desde el momento de la concepción, no nacimos tan libres, ¿verdad? De hecho, ¡nacimos en la etapa en la que menos libertad tiene el ser humano: después de la Caída, pero antes de la regeneración!

Y cuando los que somos creyentes evangelizamos, cuando anunciamos la buena noticia acerca de Jesús a la gente, cuando hablamos con alguien acerca del mensaje del evangelio, ¿hasta qué punto son libres las personas con quienes compartimos el evangelio? Bueno, no son robots; no son máquinas; son seres humanos que tienen el uso de sus facultades humanas. Y son totalmente responsables de su respuesta al mensaje del evangelio. Pero ¿y espiritualmente? Pues, espiritualmente, no son tan libres porque, si aún no son creyentes de verdad, se encuentran entre la Caída y la regeneración, ¡esclavos del pecado!

El problema del ser humano no es la predestinación; ¡el problema del ser humano es la Caída! La predestinación no es el problema: ¡es la solución!)

Si es así, ¿qué efecto debería tener todo esto sobre nosotros, los creyentes? Sugiero cuatro efectos muy importantes:

(1) Debemos ser realistas; ¡las personas a quienes evangelizamos son esclavos espirituales que no lo saben y que no quieren ser libres! 

(2) Debemos orar mucho más; ¡solo el Espíritu Santo puede romper las cadenas que tienen atada a la gente y darles libertad y vida nueva!

(3) Debemos anunciar el evangelio puro y duro; es el poder que usa el Espíritu Santo para vivificar a los muertos espirituales! 

(4) Debemos confiar solo en el Señor; salvar es algo imposible para el hombre –para el hombre que evangeliza y para el hombre que oye– pero ¡no es ningún problema para Dios!

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