Sin-vergüenza | Reflexión

2 Samuel 4 – 6 y Filemón

David y toda la casa de Israel se regocijaban delante del Señor con toda clase de instrumentos hechos de madera de abeto, y con liras, arpas, panderos, castañuelas y címbalos.

(2 Samuel 6:5)

Si hay un tema que se ha convertido en uno de verdadero mal gusto, es el de la religión. Artistas, intelectuales, modelos, y todo el que se precie de ser ‘algo’ en nuestra sociedad contemporánea le hace el quite al tema religioso y a todos sus derivados. “Es algo tan privado”, “genera demasiadas controversias”, “no me gusta nada que suene a intolerante”, son algunas de las respuestas inmediatas al tema en mención. Soltar el asunto religioso en una conversación distendida puede generar un tremendo silencio sepulcral y que todos nos miren con cara de loco fanático.

Como yo soy pastor, no hay reunión a la que no sea invitado en la que no me pongan el titulo religioso por delante. “¡Llegó el pastor!”, le gritan a todo el mundo. Y por supuesto, después que la gente sabe a que me dedico, empiezan a auscultarme con la mirada, y yo empiezo a sentirme como un verdadero marciano que no puede ocultar las antenas y el color verde de mi piel. Las preguntas no se dejan esperar: “¿Usted estudió para esto?”, “Aparte de ser pastor, ¿en qué trabaja?”, “¿Ustedes creen en esto o aquello…?”, y así sucesivamente ad infinitum. La verdad es que muchas veces no quisiera que la gente sepa mi oficio para que todo pudiera ser más natural y menos artificioso. Lo que quiero decir, es que vivo en carne propia lo difícil que es darle una manifestación natural a nuestra filiación religiosa en un medio tan cargado de escepticismo como el nuestro.

Por esta razón, muchos cristianos han decidido tirar al desván su fe y mantenerla escondida de los ojos humanos, como si fuera algo de lo que tenemos que avergonzarnos o que no formara parte del mundo real. Por ejemplo, yo me he inscrito en cientos de cosas en Internet, pero en los formularios siempre mi ocupación es “otra”, ya que no existe en la larga lista la posibilidad de que un pastor (o un miembro del clero, para uniformizar el nombre) desee suscribirse a un periódico, abrir una cuenta de correo, o simplemente comprar por Internet. Toda esta presión por obviar la fe religiosa de parte de la sociedad hace que la iglesia haya pasado a vivir en la periferia, y que sus miembros no estén dispuestos a vencer la vergüenza que los intimida, por el miedo a ser considerados marginales.

lightstockEl rey David ya es el rey de Israel con solo treinta y siete años. En poco tiempo realizó acelerados progresos: Tomó posesión de Jerusalén, hizo varios tratados diplomáticos y venció en batalla a los filisteos. Si se hubiera medido su popularidad, seguramente estaría con el rating al tope. Sin embargo, le faltaba algo: sacar de la periferia a la fe religiosa judía y devolverle el lugar preeminente que por causa de Saúl se había perdido.  ¿Cómo lo iba a hacer? Llevando el Arca del Pacto a Jerusalén, la nueva capital de Israel. David participó activamente en el transporte del Arca hacia su nueva morada: “David danzaba con toda su fuerza delante del Señor, y estaba vestido con un efod de lino. David y toda la casa de Israel hacían subir el arca del Señor con aclamación y sonido de trompeta” (2 Sam.6:14-15).

El rey no tenía nada de qué avergonzarse. Gozaba de una relación personal con el Señor y todo su ser respiraba gratitud para con el Dios que lo había sostenido en los momentos más difíciles de su vida. De lo único que podría tener vergüenza es de no rendirle al Señor la honra debida a su nombre; porque cuando alguien conoce al Señor y goza de sus beneficios, buscará manifestarle el aprecio y el reconocimiento que Él merece con todas las fuerzas del corazón. El ejercicio de la religión solo cobra sentido cuando hay una relación personal con Dios. Pero si no hay relación personal con Dios, es como ir a un homenaje en donde no conocemos al agasajado y todos los discursos y los aplausos nos parecen sin sentido.

Mical, una de las esposas de David, no entendió el esfuerzo del rey por glorificar a Dios y se sintió avergonzada: “Pero al regresar David para bendecir su casa, Mical, hija de Saúl, salió al encuentro de David, y le dijo: ¡Cómo se ha distinguido hoy el rey de Israel! Se descubrió hoy ante los ojos de las criadas de sus siervos, como se descubriría sin decoro un insensato” (2 Sam.6:20). Ella pensaba que la fidelidad y el esfuerzo religioso del Rey reñían con la dignidad de monarca que David ostentaba. Y allí radica la vergüenza de mucha gente: sienten que ser expresivos y esforzados en términos religiosos los denigra socialmente, o les hace expeler cierto tufillo a fanatismo que, como es sabido, está absolutamente desaprobado por todos aquellos que quieran ser ‘alguien’ en nuestro mundo moderno.

Pero, ¿Cómo contestó David? Sus palabras son más que elocuentes: “David dijo a Mical: Eso fue delante del Señor que me escogió en preferencia a tu padre y a toda su casa para constituirme por príncipe sobre el pueblo del Señor, sobre Israel. Por tanto, lo celebraré delante del Señor. Y aún seré menos estimado que esto, y seré humillado ante mis propios ojos, pero con las criadas de quienes has hablado, ante ellas seré honrado” (2 Sam.6:21-22). El Señor a quien David honra es el Rey de reyes y el Señor de los señores, y por eso no tiene de que avergonzarse ni tampoco nada que perder. Hay gente que puede estar horas y horas de pie para ver en acción y vitorear a un equipo de fútbol o una estrella de la música. Hay otros que están dispuestos a romper con sus propios códigos con tal de mantenerse cerca del líder político del momento; y a ninguno de ellos se les juzga tanto como a un cristiano que no se avergüenza de demostrar su fe y su sana religiosidad.

Hace algunos años atrás hubo en Chile una cumbre de presidentes. Los reporteros eligieron a la Primera Dama que para ellos fue la más atenta y simpática de todas. Si no me equivoco fue elegida la señora de un presidente centroamericano. Cuando le preguntaron en qué radicaba su buen ánimo y su simpatía, ella respondió: “Cada mañana, en cuanto me levanto, tomo mi Biblia y busco en la Palabra de Dios Su voluntad para mi vida, después oro y canto alabanzas al Señor”. Ella no tenía secretos ni vergüenzas en cuanto a sus convicciones espirituales.  Su testimonio de fe fue dado a conocer y más de uno debió haber sido confrontado con tamaña franqueza. Si nosotros nos avergonzamos de nuestra relación personal con el Señor y sus manifestaciones religiosas, estamos quitándole la oportunidad al mundo de que pueda gozarse con el Dios que nosotros conocemos, nos bendice y a quien nos sometemos con alegría.

Estamos necesitando hombres como el rey David, pero también como Filemón, amigo de Pablo, que tampoco se avergonzó nunca de su fe. Asi testificaba del él el apóstol:

 “Doy gracias a mi Dios siempre, haciendo mención de ti en mis oraciones, porque oigo de tu amor y de la fe que tienes hacia el Señor Jesús y hacia todos los santos. Ruego que la comunión (participación) de tu fe llegue a ser eficaz por el conocimiento de todo lo bueno que hay en ustedes mediante Cristo (el Mesías). Pues he llegado a tener mucho gozo y consuelo en tu amor, porque los corazones de los santos han sido confortados por ti, hermano”  (Filemón 4-7).

Puede que haya mucho de nuestra fe y religiosidad que el mundo no pueda entender… pero no hay nada de lo que tengamos que avergonzarnos… ¡Jamás!

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