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La autoestima es un tema común en nuestros días. Nuestra sociedad, que promueve el pensamiento egocéntrico, dice que mientras mejor pienses de ti mismo, mejor será tu desempeño. Nos hace creer que la vida se trata precisamente de cumplir todos los sueños o proyectos que traigan satisfacción a tu alma.

La cosmovisión cristiana tiene una perspectiva distinta. Centra la vida del ser humano en la gloria de Dios. El hombre realmente encuentra plenitud y satisfacción completa al vivir para el Señor.

Con todo, aun en Cristo, en el mundo caído tenemos que lidiar con la autoestima. Algunas personas llegan al cristianismo con una percepción muy alta de sí mismos, creyendo que si ellos no están, el mundo deja de girar. Otros llegan pensando que son muy poca cosa, que no son relevantes para otros, y que no importan.

Padres que exasperan a sus hijos o infancias llenas de altivez y comodidades; sea cual sea la causa aparente de los problemas de autoestima, en el fondo tienen una raíz pecaminosa: el orgullo. Al fin y al cabo, es un pensamiento caído decir que nuestro valor se encuentra en lo que tenemos o no; en lo que hemos alcanzado o de lo que carecemos; y/o en la calificación que otros hacen de nosotros mismos y de nuestro desempeño.

Sé realista

“Basado en el privilegio y la autoridad que Dios me ha dado, le advierto a cada uno de ustedes lo siguiente: ninguno se crea mejor de lo que realmente es. Sean realistas al evaluarse a ustedes mismos, háganlo según la medida de fe que Dios les haya dado” (Romanos 12:3, énfasis añadido).

Los cristianos debemos tener claro algunas cosas con respecto al tema de nuestro valor propio. Y la Escritura nos ayuda a mantener ese balance. Pablo sabe que el corazón pecaminoso llevará el alma del cristiano de un lado a otro como un péndulo. Pero, la meta es estar en el punto correcto: no somos mejores que nadie, ni somos menos dignos que otros.

Entender lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos, y recordar quién debe ser el centro de nuestra vida, nos ayudará a alcanzar ese balance en el tema de la autoestima. De esta manera podremos lidiar con la tentación de ser orgullosos al tener estima propia muy alta o muy baja.

Lo que fuimos

Antes de venir a Cristo estábamos muertos en nuestros pecados (Efesios 2:1-2). Es la condición caída de todo hombre en la tierra. La ira de Dios estaba sobre nuestra cabeza (Jn. 3:36). Todos vivíamos siguiendo los deseos de nuestros corazones caídos. Muertos en pecados y condenados eternamente.

Lo que somos

Debido a que Dios es rico en misericordia y amor, a causa del gran amor que nos tuvo y a pesar de nuestra condición, nos dio vida con Cristo por su gracia.

Dios interviene en la vida pecaminosa del hombre y lo salva de su condición caída. Nuestro estado ahora es de vida en Cristo. Por tanto, habiendo sido justificados, no existe condenación para el que está en Cristo Jesús (Ro. 5:1). Sin embargo, eso no significa que hayamos llegado a la perfección. Actualmente nos encontramos siendo transformados por el poder del Espíritu en función de la imagen o carácter de Cristo, que es el patrón a seguir.

En la dinámica de madurez espiritual, de crecimiento de carácter en relación a Cristo, surgen nuestras luchas con el pecado. Batallamos con el orgullo y el egoísmo, que no es sino el fundamento de la mayoría de nuestros pecados. Por causa de nuestra altivez y rebeldía, enraizadas en nuestra carne (Ro. 6), somos propensos a erigir en nuestros corazones el ídolo de la reputación, el cual nos conduce a buscar aprobación de los demás para sentirnos superiores. Y cuando eso no sucede, nos encontramos con una valoración propia muy baja. Nos auto-descalificamos. Y pecamos.

Lo que seremos

En medio de la lucha contra el pecado, el cristiano cobra esperanza al recordar la certeza de que un día tendrá un cuerpo completamente transformado.

“Así que les digo un misterio: no todos dormiremos, pero todos seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad” (1 Corintios 15:51 y 53).

Una perspectiva futura, enfocada en las promesas de nuestro Dios, sirve para diluir nuestro pensamiento egocéntrico que desbalancea nuestra estima propia.

El centro: Cristo

Otro factor elemental para lidiar con nuestros problemas o pecados relacionados al autoestima, es tener muy claro que debemos vivir para la gloria de Dios (1 Co. 10:31).

En esencia, los problemas de autoestima surgen debido a que el individuo se enfoca demasiado en sí mismo. Sin embargo, si apuntamos a Cristo y su gloria, podemos alcanzar el balance al que nos llama la Escritura.

“Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).

Una vez hemos recibido salvación, Cristo se convierte en el centro de todo lo que somos y hacemos. Nuestra vida se trata de glorificarle.

Hijos amados y pecadores necesitados

En Cristo somos hijos de Dios, y hemos sido bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales. Dios nos escogió y adoptó; somos herederos con Cristo del reino de nuestro Padre. A la vez, debemos tener presente que somos pecadores salvados por gracia. Que, como menciona Pablo a Timoteo rumbo al final de su ministerio, somos los primeros de los pecadores (1 Timoteo 1:15).

El balance de nuestra identidad se encuentra cuando reconocemos que somos hijos salvados por gracia, y a la vez seres caídos, débiles, y absolutamente dependientes de esa misma gracia que ha venido por medio del evangelio.

Conclusión

Como hemos observado, la problemática de una autoestima desbalanceada responde a una actitud pecaminosa de orgullo. Cuando identifiquemos eso en nuestros corazones, debemos venir en arrepentimiento ante el Señor. Por la obra de Cristo, hay provisión de perdón para los hijos de Dios.

Nuestro Padre sabe que lidiamos con nuestra estima. Conoce nuestras heridas y las circunstancias que nos marcaron en el pasado. También conoce nuestros deseos de encontrar significado y reconocimiento en la aprobación de los demás, o en la auto exaltación.

La grandeza del evangelio es que lleva al que lidia con una estima muy alta a recordar que es un pecador salvado por gracia; también conduce al que se siente menos que otros a recordar que Dios, por medio de Cristo, le ha dado un lugar como hijo en Su mesa.

Comprender y reflexionar en el evangelio nos lleva a evaluarnos de manera realista; a tener un entendimiento balanceado de nuestra estima.

Por supuesto, es importante recordar que por nuestra lucha constante contra el pecado, en ocasiones el corazón se inclinará hacia un extremo u otro del péndulo del autoestima. Cada vez que suceda podemos regresar a los pies de la cruz y encontrar el punto correcto que honra a nuestro Dios y en el que disfrutamos del gozo de Su salvación.

Recordemos quiénes éramos, lo que somos, y lo que seremos, sin olvidar que el centro de nuestra vida no somos nosotros, sino Cristo y su gloria.


Imagen: Lightstock.
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