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Mi recorrido en un ascensor con los secuestradores del 11 de septiembre

Cuando se abrieron las puertas del ascensor, me preocupé al ver a tres hombres árabes mirándonos. Junto a ellos habían tres mujeres árabes vestidas de negro de pies a cabeza. Hice una pausa y pensé: ¿Será seguro?

¡Tonterías! Estamos en los Estados Unidos, por supuesto que es seguro, me dije a mí mismo para tranquilizarme. Nos metimos en el ascensor ya abarrotado y decidí hacerme amigo de nuestros nuevos vecinos. Pero mi amistoso saludo con un “hola” fue recibido con miradas hostiles.

Seis meses después, el 11 de septiembre de 2001, fue cuando me di cuenta de cuán incómodo era ese recorrido en el ascensor y de que sus miradas hostiles estaban revelando una intención verdaderamente hostil.

Miradas silenciosas

Mi familia y yo todavía estábamos de licencia del campo misionero la mañana del 11 de septiembre. Estaba leyendo un periódico chileno en línea cuando vi el titular: “¡Atentado Aéreo en Nueva York!”. Parecía la trama de una terrible película. No podría ser real, ¿verdad?

Mientras seguía leyendo, empecé a despertar a la realidad de lo que verdaderamente estaba sucediendo. Mi corazón se sobrecogió y me uní al resto del mundo mientras veíamos los sucesos horrorizados.

Un avión choca contra el World Trade Center.

Luego otro.

Empleados saltan de ambas torres para escapar del furioso infierno.

Bomberos, policías y personal de emergencias médicas se involucran con valentía en la acción a pesar del peligro inminente.

Todas estas son imágenes que nunca olvidaremos.

Nuestra nación estaba desesperada por respuestas. Los funcionarios pronto descubrieron las identidades de los secuestradores y me sorprendí al ver mi edificio de apartamentos en la televisión, seguido de los rostros adustos de los secuestradores.

Los rostros eran familiares, los mismos rostros que miraron a mi familia en el ascensor. De repente me dí cuenta de que habíamos estado encerrados en ese ascensor, hombro con hombro, con algunos de los peores asesinos en masa de la historia.

Recordé nuestras tensas interacciones con ellos, como mi amistoso saludo fue recibido con miradas silenciosas. Recordé la forma en que mi esposa recibió un silencio deliberado de parte de las mujeres al tratar de hablar con ellas mientras estaban en la lavandería.

Cuando empecé a percatarme de mi aversión creciente por este grupo de personas, el Espíritu de Dios comenzó a desafiarme.

¿Debería un cristiano sentirse así? ¿Qué tal un misionero?

Vi a Mohammed Atta

Habiendo visto sus atrocidades, sentía que mi aversión era de alguna manera justificada. Después de todo, la persona que vi era Mohamed Atta. Estos hombres, nuestros vecinos, habían estado en el sur de Florida con el propósito expreso de entrenarse para destruir vidas.

Pero la verdad es que yo estaba albergando de forma indebida un resentimiento creciente hacia todos los seguidores del Islam.

Todos nacemos en pecado, separados de Dios, restringidos solo por la misericordia de Dios de actuar llevados por cada uno de nuestros malos impulsos

Debido a nuestros viajes misioneros, a menudo nos encontrábamos con musulmánes en los aeropuertos, y me irritaba cada vez que veía a un hombre vestido en ropa cómoda, como yo, seguido de su esposa a dos metros de distancia envuelta por completo de negro.

Recuerdo un momento esclarecedor durante un vuelo en particular. Mientras observaba a uno de esos hombres abordar nuestro avión, algo se agitó dentro de mí. ¿Era ira? ¿Temor? ¿Resentimiento? No pude articularlo, pero comencé a preguntarme si estaba bien que me sintiera de esta manera.

Después de todo, soy un misionero. Vivo en el extranjero y me he enamorado de nuestras culturas adoptadas.

Sin duda alguna, no puedo tener prejuicios contra todos los musulmanes.

A pesar de creer que amaba a todas las personas del mundo, estaba empezando a retratar a todos los seguidores del islam como hostiles o terroristas, un descubrimiento que me hizo detenerme y pensar. Dios me mostró que de no controlar mis sentimientos, podían conducirme a una inevitable animosidad hacia un grupo étnico completo, muchos de los cuales también desprecian el terrorismo.

Mi oración transformadora

Comencé a orar para que Dios cambiara mi corazón. Quería que Dios me diera amor por aquellos atrapados y engañados por las mentiras de una religión falsa. Agregué a mis oraciones: “Señor, si puedes usarme para servirles, quiero ser tus manos y tus pies”.

Como misionero en América Latina, pensé que había pocas posibilidades de que esto sucediera. Pero sabía que mi corazón tenía que ser enderezado.

Efectivamente, Dios respondió a mi oración y despertó en mí un amor por los musulmanes. Posteriormente nos sacó de América Latina y hemos tenido la oportunidad de ministrar en varios contextos islámicos a través de la educación teológica.

Es mi oración que nuestro amor abunde cada vez más, llenos del fruto de la justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios

Aunque he enseñado a estudiantes de todo el mundo, estos nuevos creyentes han sido mi mayor deleite, ya que han abrazado con entusiasmo cada nueva verdad de la Palabra de Dios.

Hoy trabajamos en el Medio Oriente y vivimos en una comunidad islámica: comprando con nuestros vecinos, viajando con ellos, compartiendo comida con ellos y recibiendo nuestros servicios médicos de ellos. Un cambio significativo para una persona que alguna vez le pidió a Dios que cambiara su corazón oscurecido.

Veinte años después, me estremezco cuando recuerdo el breve encuentro de mi familia con los terroristas. Nunca volveré a ver las caras de los secuestradores, pero cuando los miré a los ojos, vi el final definitivo del engaño del mal.

Dios me enseñó que la malicia que crecía en mi corazón no era fundamentalmente diferente de la malicia en corazones de hombres malvados como Mohamed Atta. Todos nacemos en pecado, separados de Dios, restringidos solo por la misericordia de Dios de actuar llevados por cada uno de nuestros malos impulsos.

Ahora, por la gracia de Dios, lo que alguna vez fue una aversión creciente hacia un grupo de personas se ha convertido en una compasión floreciente dada por Dios con la oportunidad de vivirla todos los días. Haciéndome eco de Pablo, es mi oración que nuestro amor abunde cada vez más, llenos del fruto de la justicia que es por medio de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios (Fil 1:9-11).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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