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El verdadero “ritmo” de la adoración bíblica

«La música rápida es alabanza, la música lenta es adoración».

Con esas ideas fui construyendo, de manera inconsciente, una teología de lo que significaba adorar a Dios durante mi adolescencia y juventud.

Aquella era una comprensión de la adoración que ponía el énfasis en las expresiones personales, disparadas por las características musicales, como el ritmo y el tempo. Según mi entendimiento, en eso consistía «la verdadera adoración».

Sin embargo, cuando una de mis hermanas nació sordomuda, todo cambió para mí.

Una encrucijada para la adoración

Ver a mi hermana sin la habilidad de escuchar, hablar, y mucho menos cantar, puso en una encrucijada mi definición y entendimiento de lo que significaba «adorar a Dios».

Si esta adoración solo ocurría por medio de la música en la iglesia, ¿entonces qué pasaría con ella? ¿Acaso ella no podía adorar?

El Dios verdadero toma la iniciativa y llama a un pueblo elegido para que le ofrezca sacrificios espirituales por medio de Jesús

Este hecho marcó mi vida y me lanzó a la búsqueda de lo que significa verdaderamente adorar a Dios. ¿Y adivinas qué encontré? Es mucho más que el ritmo musical y eso es una excelente noticia.

Hay dos realidades que aprendí desde entonces y que quiero compartir contigo.

En primer lugar, la adoración bíblica tiene un «ritmo», pero no me refiero a un ritmo musical con un compás y una melodía. En cambio, me refiero a un movimiento, una dinámica, un orden de prioridades que debemos tener en mente.

En segundo lugar, abandonar ese «ritmo» de la adoración nos conduce a la idolatría.

El ritmo bíblico de la adoración: revelación y respuesta.

Las religiones falsas y paganas promulgan el ruido, las manifestaciones escandalosas o las ofrendas para chantajear a su dios para que responda y actúe de cierta forma (cp. 1 R 18:27-29).

En cambio, el Dios verdadero toma la iniciativa y llama a un pueblo elegido para que le ofrezca sacrificios espirituales por medio de Jesús (1 P 2:5, 9). Dios se revela y Su pueblo responde en adoración.

Uno de los mejores ejemplos para ver este «ritmo de adoración» es la visión de Isaías en el templo (Is 6). Allí vemos la dinámica bíblica de revelación y respuesta de forma clara y poderosa.

Te recomiendo pausar tu lectura de este artículo para leer el capítulo completo de Isaías, pues vale la pena refrescar el relato y no te tomará mucho tiempo.

Esto es lo que vemos en aquella visión:

  • El Señor se revela a Isaías en toda Su santidad y esplendor (v. 1). No vemos al profeta tomando la iniciativa, sino que Dios es quien se da a conocer. Y no de manera restringida, sino sublime y estremecedora, con los serafines cantando y declarando Su santidad (vv. 2-4).
  • Luego encontramos la respuesta de Isaías, quien se maravilla al ver la grandeza, santidad y gloria del Señor. Esto mueve al profeta a reconocer su condición pecaminosa y la de todo el pueblo (v. 5).
  • El siguiente movimiento en esta dinámica es el perdón divino de las iniquidades y pecados del profeta (v. 6-7). Dios extiende Su gracia al corazón arrepentido.
  • Por último, el Señor llama con voz clara buscando a quién enviará para llevar Su mensaje. Isaías responde: «Aquí estoy; envíame a mí» (v. 8).

¿Puedes notar el ritmo de lo que sucedió?

El Señor se revela y llama; Isaías responde. El Creador del universo demuestra quién es y lo que hace. La creación responde en humildad.

Este «ritmo» es un patrón que debe influir profundamente en nuestra teología de la adoración y en la liturgia de nuestras iglesias.

La adoración verdadera inicia con la autorrevelación de la santidad, la gloria y el carácter de Dios, y le corresponde una respuesta humana adecuada en confesión, asombro y entrega.

Adorar al Señor es mucho más que el ritmo o la melodía musical, es responder a Su magnificencia.

Reflejamos lo que adoramos

Cuando cambiamos este ritmo de adoración —es decir, cuando dejamos de responder a la autorrevelación de Dios—, caemos en la idolatría.

A ese punto había llegado el pueblo de Israel en los días de Isaías. Quitaron su mirada del Señor y se volvieron insensibles.

Por eso el mensaje que Dios le encomendó al profeta que debía compartir era:

Ve, y dile a este pueblo:
«Escuchen bien, pero no entiendan;
Miren bien, pero no comprendan».
Haz insensible el corazón de este pueblo,
Endurece sus oídos,
Y nubla sus ojos,
No sea que vea con sus ojos,
Y oiga con sus oídos,
Y entienda con su corazón,
Y se arrepienta y sea curado (Is 6:9-10).

El lenguaje y expresión de estos versículos nos recuerdan al Salmo 115:

Los ídolos de ellos son plata y oro,
Obra de manos de hombre
Tienen boca, y no hablan;
Tienen ojos, y no ven;
Tienen oídos, y no oyen;
Tienen nariz, y no huelen;
Tienen manos, y no tocan;
Tienen pies, y no caminan;
No emiten sonido alguno con su garganta (vv. 4-7).

Las palabras del salmista se cumplieron: los idólatras se volvieron como los ídolos (Sal 115:8). Como el teólogo G. K. Beale lo expresa: «Lo que las personas veneran, a eso llegan a parecerse, ya sea para ruina o para restauración» (We Become What We Worship [Nos convertimos en lo que adoramos], p. 16).

Los israelitas tenían oídos, pero no oían la voz de Dios; tenían ojos, pero no veían la obra del Señor.

Abandonar la revelación de Dios conduce al corazón humano a la idolatría, porque todos somos adoradores. Puedes cantar o no, ir a la iglesia o no, pero todos adoramos a alguien o algo: aquello a lo que damos más tiempo, dedicación, atención, devoción; aquello a lo que entregamos el corazón.

La adoración por medio de Jesús

Si queremos ser verdaderos adoradores, debemos recuperar el ritmo bíblico de la adoración. La buena noticia que nos trae esperanza y fortaleza es que, mientras que Dios habló de muchas maneras a través de profetas y otras manifestaciones, ahora se ha revelado de manera perfecta en Su Hijo, Cristo Jesús (He 1:1-4).

Abandonar la revelación de Dios conduce al corazón humano a la idolatría, porque todos somos adoradores

Jesús da a conocer al Padre, y en Su vida, muerte y resurrección tenemos la expresión exacta de la gloria y naturaleza de Dios. En Él tenemos toda la revelación que necesitamos, y ahora el Padre está buscando que respondamos: está buscando verdaderos adoradores que le adoren en espíritu y en verdad (Jn 4:23-24).

Dios está buscando nuestros corazones más que nuestro canto. Aun si el Señor no te concedió la voz en esta vida, tienes lo necesario para adorar: sigue el ritmo divino con un corazón humilde. Él es digno de nuestra atención y devoción total.

Jesús se ha dado a conocer. Él es el camino, como dijo: «Nadie llega al Padre sino por Mí» (Jn 14:6). ¿Cómo responderás a Su revelación?

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