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Responde con el evangelio a la angustia existencial

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Construir puentes:La apologética cristiana eficaz (Andamio, 2020), por Alister McGrath.

De vez en cuando, me da la impresión de que el inglés no es un idioma muy expresivo. Parece ser que, para expresar incluso ideas básicas, tiene que tomar prestado de la riqueza de otros idiomas. Y poco a poco, esos vocablos se van asimilando al inglés. La gente deja de imprimirlos en cursiva y comienza a pronunciarlos como si fueran palabras inglesas ordinarias.

Seguramente, esto es lo que le acabará pasando a dos palabras que se han vuelto cada vez más habituales durante la última generación: el término alemán Angst y la palabra francesa anomie. Ambas se refieren a un trastorno básico en la existencia humana, una lacra, una anomalía que, aunque se manifiesta en todos los niveles de nuestra existencia, a menudo parece tener una fuerza especial en el ámbito existencial. Esta sensación de angustia existencial (a la que a menudo se la llama simplemente Angst) es un punto de contacto significativo para el evangelio en la apologética.

La sensación de angustia existencial es un punto de contacto significativo para el evangelio en la apologética

Pero, ¿qué es la angustia existencial? ¿Cómo podemos describirla antes que nada y, después, aprovechar su potencial apologético? La mayoría de escritores existencialistas modernos, desde Martin Heidegger hasta Jean-Paul Sartre, han explorado los diversos aspectos del Angst, centrándose sobre todo en la experiencia de alienación que adquirió importancia en la Europa occidental y en Norteamérica en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Vamos a repasar las características básicas de esta experiencia antes de ponernos a dilucidar su uso potencial.

La palabra “existencia” procede del término latino existere, que, según parece, tiene el significado básico de “destacar”. Existir, en el sentido pleno de la palabra, significa destacar de tu entorno. En cierto sentido, las piedras y los objetos inanimados no existen; están ahí, pero no destacan de su entorno. Aquí se puede establecer una comparación útil entre las dos palabras griegas que se usan normalmente para describir la idea de “vida”: bios, que tiene el sentido básico de la vida en el sentido biológico de la existencia, y zoe, en el sentido de vida auténtica. Para los hombres y las mujeres, existir no significa ir avanzando como sea en un nivel existencial puramente biológico; significa disfrutar de una existencia auténticamente humana, en la que destacamos plenamente del mundo y alcanzamos nuestro potencial humano total.

El apologista tiene la misión de correlacionar el evangelio con la angustia existencial interpretándola y satisfaciéndola con la presencia del Dios viviente

Pero en este mundo hay todo tipo de fuerzas deshumanizadoras que amenazan con reducirnos a lo impersonal. Corremos el riesgo de quedar limitados a una estadística en la que se niegue nuestra individualidad. Corremos el peligro de “caer en el mundo” (Heidegger), de fundirnos con el entorno y perder nuestra distintividad. Dentro de buena parte de la literatura existencial discernimos una arraigada amenaza de falta de sentido: o bien descubrimos que la vida no tiene sentido o perdemos de vista el sentido que ya está ahí.

El Angst es el término colectivo que se da a los miedos de este tipo: la ansiedad frente a la posibilidad de perder el rumbo en la vastedad de un mundo impersonal y de quedar reducidos a la insignificancia cósmica. Refleja un temor muy arraigado al sinsentido y a la futileza; la sensación de que la vida no sirve de nada; quizá el crudo desespero frente a las cosas desconcertantes que amenazan con reducirnos a ser nada más que una estadística; en última instancia, una estadística sobre la mortalidad.

La sensación humana de angustia se fundamenta en última instancia en la ausencia o en la presencia de Dios 

Esta ansiedad ya está presente ahí, en tu público como apologista. A menudo, esas sensaciones se intensifican especialmente durante la mediana edad. La energía y el entusiasmo de la juventud con frecuencia nos permiten pasar por alto esa angustia, quizá incluso negarla; pero luego esta sale de su prisión como si hubiera obtenido nuevas fuerzas de su hibernación forzosa. Aunque parece manido hablar del “sentido de la vida”, es un tema que sigue acosando a la mayor parte de la existencia humana reflexiva.

El apologista puede hablar de esta ansiedad, llevándola al nivel de la articulación consciente. Este es un punto de contacto auténtico para el evangelio. En el mundo no nos sentimos seguros. Esta consciencia de la falta de seguridad es en sí misma un estímulo poderoso para buscar algún motivo para tranquilizarnos.

El único lugar de reposo que concede un descanso verdadero es el propio Dios

Mientras que Lutero preguntaba “¿Dónde hallaré a un Dios de gracia?”, muchos preguntan hoy día “¿Dónde puedo hallar seguridad y tranquilidad mental?”. Sin embargo, paradójicamente, ambas preguntas son la misma: la primera es la de una mente que se expresa teológicamente, que aún tiene que encontrar a un Dios de gracia (1 P. 5:10); la segunda es la de una persona insegura, que carece de visión espiritual o de intuición teológica, cuyos interrogantes bien podrían encaminarla por la vía que lleva a encontrar a ese Dios de la gracia.

El apologista tiene la misión de correlacionar el evangelio con esta sensación de inquietud profunda, interpretándola y satisfaciéndola con la presencia del Dios viviente. Esta sensación humana de angustia se fundamenta en última instancia en la ausencia o en la presencia de Dios. Parafraseando a Agustín, nuestros corazones están inquietos (inquietum) porque aún tienen que hallar un lugar de reposo además de descubrir que el único lugar de reposo que concede un descanso verdadero es el propio Dios.


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