Recordando el éxito y la espiritualidad de C. H. Spurgeon

En muchas maneras, el ministerio de C. H. Spurgeon (1834-1892) fue nada menos que asombroso: los auditorios atestados que se reunían para escuchar al “chico de Cambridgeshire” en la década de 1850, y que continuaron sin cesar hasta el final de su ministerio a principios de 1890; las notables conversiones que ocurrieron bajo su predicación, y las numerosas iglesias en Londres y el condado de Surrey que debieron sus orígenes a su activismo evangélico; la sólida divinidad puritana que sustentaba sus convicciones evangélicas —una rareza en el apogeo de la era victoriana durante la cual él ministró, ya que esa época estaba empapada de una atmósfera muy diferente a la del Romanticismo; y por último, la vida de sus sermones, que todavía se leen ampliamente alrededor del mundo y son profundamente apreciados por los hijos de Dios.

¿Qué es lo que explica todo esto? Se pueden citar numerosas razones, muchas de las cuales pueden desempeñar un papel secundario en su éxito ministerial. Por ejemplo, en su excelente biografía de Spurgeon, Mike Nicholls enfatiza la importancia de la voz de Spurgeon en su éxito como predicador. Poseía, escribe Nicholls, “una de las grandes voces de su época, pues era musical y a la vez combinaba un buen compás, flexibilidad, y poder”. Agustín Birrell (1850-1933), hijo de uno de los compañeros pastores bautistas de Spurgeon, y que fue secretario principal de Irlanda de 1907 a 1916, atestigua este hecho. Birrell registra que cuando fue a escuchar a Spurgeon predicar, el único asiento que pudo encontrar fue en la galería superior, en lo que los ingleses llaman “los dioses”. Estaba aplastado entre una mujer que comía una naranja y un hombre succionando mentas.  Estuvo a punto de irse al encontrar que esta combinación de olores era insoportable, cuando, dijo: “Oí una voz y olvidé todo lo demás”.

Pero el propio Spurgeon veía una fuente muy diferente para las bendiciones que acompañaban su ministerio. En un discurso que pronunció en una celebración realizada en honor a su cumpleaños cincuenta en 1884, el predicador bautista declaró categóricamente que la bendición que había disfrutado en su pastorado “debe atribuirse enteramente a la gracia de Dios y a la obra del Espíritu Santo de Dios… Que esta verdad se convierta en algo de suma importancia y no se dé por sentado, sino como un hecho inequívocamente reconocido”. En otras palabras, detrás de los éxitos de Spurgeon como ministro del evangelio estaba su caminar con Dios.

Hoy tendemos a separar el éxito y la espiritualidad. Para aquellos de nosotros que nos deleitamos en “los escritores puritánicos”, como Spurgeon los llamó una vez, usualmente enfatizamos la piedad, pero somos cautelosos en cuanto a tener éxito. Por otro lado, aquellos que escriben libros y dan charlas sobre ser exitosos en el ministerio cristiano y cómo hacer crecer su iglesia parecen no pensar en la piedad como parte del paquete de éxito. Spurgeon, sin embargo, se preocupaba por ambos. Había una conexión vital entre la piedad y el éxito ministerial en la mente de Spurgeon, y la iglesia haría bien hoy en tratar de conectar los dos una vez más.


Publicado originalmente en TGC Canadá. Traducido por Jenny Midence-García.
Imagen: Wikipedia.
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