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1 Samuel 13 – 14 y 2 Tesalonicenses 2 – 3

Pero Samuel dijo: “¿Qué has hecho?” Y Saúl respondió: “Como vi que el pueblo se me dispersaba, que tú no llegabas dentro de los días señalados y que los Filisteos estaban reunidos en Micmas, me dije: ‘Ahora los Filisteos descenderán contra mí en Gilgal, y no he implorado el favor del Señor.’ Así que me vi forzado, y ofrecí el holocausto”.

(1 Samuel 13:11-12)

En algunas ocasiones la razón no tiene méritos suficientes para garantizar la cabalidad de ciertos actos. Hay oportunidades en que es necesario “enfundarla” en motivos más sólidos o pertinentes que consoliden sus observaciones.  Sin embargo, muchas veces las razones fundadas lo único que hacen es llenar de justificaciones lo injustificable o, como dicen por allí, es tratar de defender lo indefendible.

Dos ejemplos: En una ocasión leí en un periódico el caso de un joven de origen muy humilde que por sus calificaciones escolares no podía entrar a la carrera y a la universidad que deseaba. En lugar de deprimirse, se matriculó en una escuela de recuperación y volvió a cursar los últimos dos años de secundaria, logrando excelentes calificaciones. Dio la prueba de ingreso a la universidad, con tal excelente puntaje, que la municipalidad de su ciudad le concedió una beca de estudios. Lamentablemente, la Dirección General de Educación encontró razones fundadas para vetar sus últimas notas escolares porque afirman que no está “tipificada” la posibilidad de volver a cursar voluntariamente los estudios secundarios.

También está el caso de una mujer que recogió a una niña indigente, la llevó a su casa y la trató como si fuera su propia hija por cerca de un año. Lamentablemente, nunca buscó a los parientes de la niña, ni se preocupó por averiguar acerca de su pasado. La tía de la muchacha la estaba buscando y había puesto una denuncia por desaparición. La pequeña fue separada de su madre adoptiva y llevada a un hogar de menores, y la mujer puesta en la cárcel para ser juzgada por secuestro infantil. Las dos lloran la separación y dan cuenta del profundo afecto que ha nacido entre ambas. No hubo daño de ningún tipo, sólo amor, educación, techo y abrigo para una niña que no tenía nada. Sin embargo, la justicia no permite que nadie pueda tomar un menor y llevarlo a su casa por más razones fundadas  que uno pueda tener para hacerlo.

Todos tenemos razones de “peso” para hacer todo lo que hacemos. Asombrosamente, en muchos casos estas razones son ininteligibles por otros seres humanos, aunque son claras y relucientes como el mediodía para el que las formula. Son causa de debate y pugna cuando las razones de uno son antagónicas con las del otro, y se invita a la santa tolerancia cuando, en realidad, las razones no son tan importantes como para pelear por ellas. Pero como vimos en los casos anteriores, sean cuales sean las razones, y por más fundadas que parezcan, nunca se convertirán en un paliativo para evitar las consecuencias de un error (por más beatífico que sea la razón fundada que le dio impulso).

El rey Saúl tenía ya dos años gobernando Israel. Los filisteos, sus eternos enemigos, seguían haciéndole la lucha a la nación hebrea. Batallas y más batallas eran las preocupaciones del monarca. En una de ellas, Saúl la vio realmente negra. Con sólo dos mil hombres en sus filas se estaban enfrentando a “…treinta mil carros, seis mil hombres de a caballo, y gente tan numerosa como la arena a la orilla del mar” (1 Sam. 13:5). ¿Qué hizo el poderoso, disciplinado y bien entrenado ejército de Israel? “Cuando los hombres de Israel vieron que estaban en un apuro, pues el pueblo estaba en gran aprieto, el pueblo se escondió en cuevas, en matorrales, en peñascos, en sótanos y en fosos. También algunos de los Hebreos pasaron el Jordán a la tierra de Gad y de Galaad. Pero Saúl estaba todavía en Gilgal, y todo el pueblo le seguía atemorizado”. (1 Sam. 13.6-7).

Para colmo de males, Samuel debía orar y ofrecer unos sacrificios a Dios antes de la batalla y no llegaba en el plazo establecido. Las circunstancias eran tan adversas que no le quedó, supuestamente, más remedio a Saúl que ofrecer él mismo los sacrificios. Algo tenía que hacer, y había razones fundadas para tomar el oficio sacerdotal ante la tardanza de Samuel. 

El profeta se presentó al poco tiempo de la ofrenda y se sorprendió con lo que vio. Al preguntarle la razón de su conducta, Saúl respondió: “Como vi que el pueblo se me dispersaba, que tú no llegabas dentro de los días señalados y que los Filisteos estaban reunidos en Micmas,  me dije: ‘Ahora los Filisteos descenderán contra mí en Gilgal, y no he implorado el favor del Señor.’ Así que me vi forzado, y ofrecí el holocausto”. (1 Sam. 13:11-12).

¿Podría alguien reprochar tan noble actitud? Saúl no es responsable por nada de lo que pasó, el pueblo era el que desertaba, Samuel era el que no llegaba, los filisteos eran los que acechaban, él solamente se esforzó e hizo… ¡justamente lo que no debía! Y ese es el problema con algunas razones fundadas, que siempre quieren justificar lo injustificable y solamente con el basamento de la presión de los incidentes. ¿Qué le dijo Samuel?: “Has obrado neciamente; no has guardado el mandamiento que el Señor tu Dios te ordenó, pues ahora el Señor hubiera establecido tu reino sobre Israel para siempre” (1 Sam.13:13). Para el profeta, las excusas de Saúl eran solamente sinrazones infundadas que hacían del rey una persona que, dependiente de las circunstancias, desaparece también con ellas.

Una persona que encuentra razones más fuertes en las acontecimientos que en los principios siempre será una persona vulnerable y, peor aún, voluble ante sus propias creencias y convicciones. Toda circunstancia, por más fuerte que ésta sea, siempre debe interpretarse a la luz de la experiencia y los principios; pero un hombre como Saúl, con un carácter sumamente antojadizo, era muy difícil de seguir y entender. Por ejemplo, en otra batalla las cosas también estaban color de hormiga, y el joven Jonatán (hijo de Saúl) había ido en secreto a pelear con los filisteos mientras su padre esperaba en el campamento. Al enterarse el rey de lo que estaba pasando le dijo a su sacerdote: “ Trae el arca de Dios. Porque en ese tiempo el arca de Dios estaba con los Israelitas. Y sucedió que mientras Saúl hablaba con el sacerdote, el alboroto en el campamento de los Filisteos continuaba y aumentaba. Entonces Saúl dijo al sacerdote: Retira tu mano” (1 Sam. 14:18-19). Cuando el rey vio que los incidentes le favorecían ya no hubo necesidad de la religión, y se lanzó, así como estaba, a la batalla. Lo que fue tan urgente en el caso anterior, se volvió en algo desechable en el siguiente. Las razones fundadas iban de la mano de la oportunidad y el capricho y no tanto de la prudencia y la correspondencia principista.

Es así que el carácter frívolo del soberano no solo lo llevaba a tomar decisiones ligeras, sino también a hacer daño a su propio pueblo. En un acto meramente antojadizo dio la siguiente orden: “Maldito sea el hombre que tome alimento antes del anochecer, antes que me haya vengado de mis enemigos” (1 Sam. 14:24b). ¿Qué razón fundada había para tamaña orden? Ninguna. Era inconcebible que un ejército que tiene que hacer uso de la fuerza física se le niegue la posibilidad de ingerir alimentos. Era casi una decisión suicida que hacía desfallecer a los ahora débiles soldados. Cuando las razones fundadas se basan en inconsecuencias, entonces, no se pueden aplicar en la realidad porque producen un gran menoscabo y malestar. Jonatán, el hijo de Saúl, no escuchó la orden del padre y comió durante la confrontación. Cuando se enteró de lo disparatado del edicto real, dijo: “Mi padre ha traído dificultades a esta tierra. Vean ahora cómo brillan mis ojos porque probé un poco de esta miel. Cómo sería, si el pueblo hubiera comido hoy libremente del despojo que encontraron de sus enemigos. Pues hasta ahora la matanza entre los Filisteos no ha sido grande” (1 Sam. 14:29-30). Cuando las razones fundadas no se pueden sustentar ni con el sentido común, estamos en un claro cuadro de pretensión antojadiza que sólo generará perjuicio y malestar.

¿Cómo luchar contra las sinrazones infundadas? Ya que no tienen mucho fundamento intelectual, su fuerza está en la gran terquedad del que las emite. Por eso, es importante que nuestras razones puedan soportar el peso del análisis por sí mismas y no por la fuerza con la que me tapo los oídos para no oír razones (¡vaya coincidencia!).

Por otro lado, toda razón fundada siempre debe tener su fundamento en principios más que en las meras circunstancias. El apóstol Pablo decía: “Así que, hermanos, estén firmes y conserven (retengan) las doctrinas que les fueron enseñadas, ya de palabra, ya por carta nuestra. Y que nuestro Señor Jesucristo mismo, y Dios nuestro Padre, que nos amó y nos dio consuelo eterno y buena esperanza por gracia, consuele sus corazones y los afirme en toda obra y palabra buena.” (2 Ts. 2:15-17).

Como vemos, no se trata de ser pusilánimes y aprensivos, sino dispuestos a someter al fuego de la prueba cada una de nuestras razones, y esto, no solo de parte de nuestros pares humanos, sino también del mismo Señor Jesucristo. Una persona que extrae sus razones de una profunda evaluación y reflexión y que está dispuesta a ponerla sobre la mesa para ser probada, es alguien que ha aprendido el difícil arte de la ecuanimidad.

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