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¿Quieres ser un “mejor tú“?

La identidad moderna puede ser devastadora

¿Alguna vez has sentido que los demás son mejores que tú?

¿Que otros han tenido más logros, o tienen mejor apariencia?

¿Has sentido la presión de ser un mejor “tú”? 

Si es así, no estás solo. Sentirse presionado para “mejorarte” es normal en nuestro mundo moderno.

En este mundo, tu vida —y tu identidad— es completamente responsabilidad tuya. Si logras una carrera exitosa, tomas esas vacaciones soñadas, o te unes a esa persona maravillosa, entonces lo lograste.

Eres libre para presumir. Tienes esa vida de Instagram que mantiene fluyendo los “me gusta” y los comentarios positivos.

En los viejos tiempos, sin embargo, tenías que vivir con las cartas que la vida te repartía. Casi no había posibilidad de esa “mejora”.

¿Has sentido la presión de ser un mejor “tú”? Si es así, no estás solo. Sentirse presionado para “mejorarte” es normal en nuestro mundo moderno

Si nacías en circunstancias humildes, viviendo la vida de un sirviente o un zapatero, ahí es donde te quedabas. Seguir siendo un sirviente o un zapatero era suficiente. Nadie esperaba algo diferente. No había presión para cambiar o mejorar tu identidad.

Pero convertirte en un “mejor tú” es lo que nuestro mundo moderno espera. Y aunque esto tiene sus beneficios (por ejemplo, no tienes que quedarte pobre toda la vida), también tiene consecuencias inesperadas:

1) En el mundo moderno, el éxito y el fracaso son responsabilidad del individuo

Esta es una nueva presión, desconocida para nuestros ancestros. Comentando acerca de este cambio cultural, el autor Tim Keller escribe:

“En el pasado, cuando nuestra autoestima estaba más arraigada en los roles sociales, se daba mucho menos valor a los logros competitivos. Salir de la pobreza a la riqueza era agradable, pero raro y opcional. Era suficiente ser un buen padre o madre, hijo o hija, y ser concienzudo y diligente en todo tu trabajo y tus deberes”.

Él continua:

“Hoy en día, como ha escrito Alain de Botton, creemos en la meritocracia, que cualquiera que sea de medios humildes lo es solo por falta de ambición e inteligencia. Ahora es una vergüenza ser simplemente fiel y no tener éxito. Este es un nuevo peso en el alma, puesto allí por la modernidad. El éxito o el fracaso se considera ahora como responsabilidad del individuo”.[1]

Todo esto produce una presión y ansiedad más allá de lo que nuestros ancestros conocieron.

Y así, la ansiedad por nuestro estatus es la nueva norma. En nuestro moderno mundo “digno de Instagram”, tu valor como persona depende del número de “me gusta” que obtengas.

2) Aunque creemos que somos artífices de nuestro éxito, necesitamos más validación de otros que nunca

Mientras que nuestros antepasados obtenían su identidad del lugar que ocupaban en la sociedad, los modernos somos liberados de esa dependencia. Podemos ser lo que queremos ser. No nos importa lo que piensen los demás.

Excepto que nos importa.

Si queremos sentirnos bien con nosotros mismos, anhelamos la validación de otras personas. Lo necesitamos, si queremos sentirnos valorados.

Esta visión individualista de la realidad nos deja más dependientes que nunca de la validación externa y más vulnerables a la manipulación, incluso por parte de los expertos en mercadotecnia. Por lo tanto, dependemos mucho más de bienes de consumo, como la moda y los electrónicos, para sentirnos bien con nosotros mismos.[2]

No vamos a sentirnos bien con nosotros mismos a menos que otros vean que nosotros (y nuestras familias) “tenemos todo”.

Por lo tanto, necesitamos lo último en moda: Vestirse de Best and Less no basta.

Apple en lugar de Oppo, muchas gracias.

Y el cielo no quiera que la ropa de tu marido sea de Lowes.

Pero esta forma de pensar no conduce a una identidad estable:

3) La identidad moderna es más frágil que nunca

Si nuestra identidad se basa en nuestro desempeño y requiere que otras personas (importantes) la validen, ¿qué sucede cuando fallamos? ¿Qué pasa si perdemos ese trabajo soñado?

¿Qué pasa cuando nuestra destreza atlética ya no es lo que era antes?

¿O si nuestros “hijos perfectos” se descarrilan?

¿Qué sucede cuando las arrugas comienzan a aparecer?

Convertirte en un “mejor tú” es lo que nuestro mundo moderno espera. Y aunque esto tiene sus beneficios también tiene consecuencias inesperadas

Nuestra autoestima es frágil, de una manera que las identidades de antes no eran.

Si bien afirmamos tener una nueva libertad de las normas sociales, ahora no tomamos en cuenta a nuestra familia para sentirnos validados, sino a ciertas áreas de logro que elegimos, donde necesitamos la aceptación y el aplauso de otros que ya están dentro de esos círculos.

Tienes que ser brillante, de buen parecer, moderno, exitoso. Y las personas importantes tienen que pensar eso. Todo depende de ti, de una manera que, en las culturas tradicionales, no era el caso.[3]

El novelista estadounidense Benjamin Nugent escribe sobre esta fragilidad, que sentía como novelista a tiempo completo:

“Cuando la buena escritura era mi único objetivo en la vida, hice de la calidad de mi trabajo la medida de mi valor. Por esta razón, no podía leer bien mi propia escritura. No podía decir si algo que había escrito era bueno o malo, porque necesitaba que fuera bueno para sentirme cuerdo”.[4]

Si nuestra identidad se basa en nuestro desempeño, entonces es solamente tan segura como nuestra capacidad para actuar.

Por lo tanto muchas personas no miran sus logros, sino las relaciones importantes, especialmente las relaciones románticas, para asegurar su identidad.

Pero eso también es un disparate:

4) Si nuestra identidad está en una relación, ¿qué sucede cuando la relación se pone tensa?

Pone una enorme presión sobre la relación.

Hacer de una relación la base de tu identidad puede sonar plausible (después de todo, eso es lo que la cultura popular espera que hagamos), pero es una receta para el fracaso relacional.

Como escribe Keller:

“Si envuelves tu identidad en una relación, no serás capaz de criticarles porque su ira te devastará. Tampoco serás capaz de soportar sus penas o dificultades personales. Si tienen un problema y empiezan a absorberse en sí mismos y no te están dando la afirmación que quieres, no podrás afrontarlo. Se convertirá en una relación destructiva”.[5]

Una vez más, esto es devastador para nuestra identidad.

Necesitamos una identidad que no nos destruya.

El mundo secular moderno no nos da un lugar firme para descansar nuestra identidad.

Ya sean posesiones, logros, o relaciones, todos estos cimientos son arena. Pueden verse bien por fuera, pero son frágiles. Son inseguros. Sí, es posible que aguanten un tiempo (tal vez mucho tiempo). Pero a la larga, nos fallarán.

Lo que necesitamos es un Lugar Seguro o Persona en quien podamos colocar nuestra identidad.

Una Persona que nunca nos fallará.

Una Persona en quien podemos descansar, sin miedo o ansiedad.


Publicado por primera vez en akosbalogh.com

[1] Tim Keller, Making Sense of God—An Invitation to the Sceptical (Londres, Hodder & Staughton, 2016), 128-129.

[2] Keller, 129.

[3] Keller, 129.

[4] Citado en Keller, 130.

[5] Keller, 131.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition: Australia. Traducido por Jenny Midence-Garcia.
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