¿Quién soy para ti, Señor? | Reflexión

Ezequiel 14-16 y Tito 1-3

“El SEÑOR  me dirigió la palabra: Hijo de Hombre, ¿en qué supera la leña de la vid a la madera de los árboles del bosque? Esa leña no sirve para hacer muebles, ¡y ni siquiera para hacer una percha!” (Ezequiel 15:2-3 NVI)

El filósofo español Diego Ibáñez tiene una frase que me parece genial: “La vida se vive, no se representa”. Hoy en día, al hombre moderno busca resaltar su individualidad como nunca antes y a cualquier costo. Al mismo tiempo, bajo la influencia de la globalización de las redes sociales, los diferentes grupos humanos tienden a hacerse cada vez más homogéneos. Por ejemplo, el culto esclavizante a la pura apariencia física ha hecho que pasemos mucho tiempo en el espejo tratando de establecer una imagen muy individual pero muy apegada a los modelos de moda.

No sé si lo has notado, pero mantener una barba “casual” a medio afeitar es más difícil que afeitarse todos los días. Igual de difícil debe ser lavarse la cara con un aro en la ceja, y debe tener sus incomodidades comer con una pelotita metálica en la lengua, pienso. Varones que declaran su libertad con una larga melena, saben de la demanda especial en el uso de shampoo y acondicionadores para evitar las tan temibles horquillas. Y lo mismo debe ser para los que les gusta estar al rape, porque afeitarse la cabeza y quedar con una pelada parejita no es asunto solo de pasar la navaja. ¿Saben cuánto cuesta todo el uniforme original de cuero para poder montar de “verdad” en una Harley Davidson? En Chile se contaba la historia de los tipos que en verano manejaban sus autos con las ventanas cerradas para hacerle creer al mundo que sus vehículos tienen aire acondicionado. Este esfuerzo contradictorio al tratar de ser únicos, pero del mismo modelo, en lugar de liberarnos y hacernos más auténticos, nos hacen perder de vista el significado del vivir la vida tal como es. La cambiamos por una representación acartonada y superficial de la existencia.

Del mismo modo, la ilustración de Ezequiel nos clarifica la diferencia entre utilidad o apariencia, o como dice el dicho: “El hábito no hace al monje”. Hay árboles que sirven para dar madera (como un nogal o un pino) y hay otros que sirven para entregar sus frutos (como la vid o el manzano). La verdad es que el tronco delgado, nudoso, y retorcido de una vid no sirve ni para hacer una percha. Por eso haríamos mal en sembrar un viñedo para obtener madera para fabricar muebles porque Dios no la creó para eso. En el mismo sentido, el fracaso viene como consecuencia de nuestra ignorancia e incapacidad al no aceptar la naturaleza de las cosas conforme al diseño de Dios. Solo cuando Dios responde a nuestra pregunta, “¿quién soy para ti, Señor?”, podemos saber quiénes somos en realidad y para qué somos útiles. Si dejamos de comparar a la vid con un pino, pronto podremos entender que la naturaleza de la vid es otra. Si dejamos crecer el sarmiento hasta el tope de sus posibilidades, entonces descubriremos con sorpresa que sus delicados frutos son una fuente inagotable de satisfacción.

Solo cuando Dios responde a nuestra pregunta, “¿quién soy para ti, Señor?”, podemos saber quiénes somos en realidad y para qué somos útiles.

El Señor ha depositado un propósito auténtico y personal en cada uno de nosotros que creemos en Jesucristo. Hubo un momento determinante en nuestras vidas en que el Señor nos tomó en medio del fracaso en que nos encontrábamos, cuando estábamos tratando de vivir una vida muerta que destruía la imagen que Dios había colocado en todo ser humano, su propia imagen. El apóstol Pablo relata su propia experiencia a Tito, su discípulo con estas palabras: “En otro tiempo también nosotros éramos necios y desobedientes. Estábamos descarriados y éramos esclavos de todo género de pasiones y placeres. Vivíamos en la malicia y en la envidia. Éramos detestables y nos odiábamos unos a otros” (Tit. 3:3 NVI).

Todos los que fuimos atraídos por la gracia del Señor, hemos vivido esa misma experiencia cuando, debajo de la máscara de niños buenos y hasta de cristianos intachable, escondíamos un problema grave: la ineficacia de nuestra bien ponderada humanidad. Pablo insiste y dice, “Profesan conocer a Dios, pero con sus acciones lo niegan; son abominables, desobedientes e incapaces de hacer nada bueno” (Tit. 1:16 NVI). Nuestras vidas eran un pretencioso escenario lleno de utilería, tramoyas, y luces artificiales que simulaban los logros de una existencia que en realidad no tenía luz propia, profundidad, y ni siquiera significado.

Pero para eso vino nuestro Señor Jesucristo, para destruir el endeble teatro del que dependíamos, sacándonos el maquillaje, las caretas y los disfraces, para llevarnos a vivir con la cara lavada, sin maquillajes ni efectos especiales, la vida simple y sencilla, pero noble y hermosa que Él tenía reservada para nosotros: “Pero cuando se manifestó la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador, él nos salvó, no por nuestras propias obras de justicia sino por su misericordia…” (Tit. 3:4-5 NVI).

El apóstol Pablo se apodera de esta sencilla pero potente para invitarnos a vivir bajo la convicción de la obra liberadora de Jesucristo, una vida útil de verdad y no una vida de aparente utilidad pero de escasos y casi nulos recursos. Basado en esa promesa, Pablo afirma: “Este mensaje es digno de confianza, y quiero que lo recalques, para que los que han creído en Dios se empeñen en hacer buenas obras. Esto es excelente y provechoso para todos” (Tit. 3:8 NVI).

Jesucristo es el Señor soberano que venció a la muerte para que tú puedas vivir la verdadera vida en el poder de su fuerza.

Tomando el mismo mensaje, quiero hacerte una invitación sincera si es que tú no has pasado por esta experiencia de cambio; si es que estás percibiendo que tu vida no es lo que debería ser, que estás actuando solamente para que nadie sepa quien eres en realidad, que estás cansado de tratar de vivir como si fueras un personaje y no como un ser humano real de carne y hueso. Entonces, solo necesitas decirle al Señor que estás cansado de las apariencias y que, de una vez por todas, estás dispuesto a reconocer que mucho de tu vida solo era una representación bien lograda pero completamente vacía. Jesucristo es el Señor soberano que venció a la muerte para que tú también puedas vivir la verdadera vida en el poder de su fuerza. Hoy es el momento para que le pidas perdón por una vida de mentiras y te rindas a Él para que Él tome el control de tu existencia, te perdone, te libere, te renueve, y haga lo que mejor sabe hacer: dar vida en abundancia conforme a la persona que Él quiere que tú seas.

Si por otro lado tú, siendo cristiano, has estado renunciando a la naturaleza de Dios para volver a la falsificación y al autoengaño que el mundo insista que vivas, pídele perdón al Señor y ríndete a Él para que vuelvas a ser la persona que el Señor espera que seas. Recuerda, el Señor nunca dejará de hacer aquello que está comprometido hacer contigo: “… yo sí me acordaré de la alianza que hice contigo… y estableceré contigo una alianza eterna” (Ez. 16:60 NVI).

Basta de apariencias. Empecemos con humildad a ser verdaderamente útiles conforme al modelo y propósito con el que el Señor nos honró en su voluntad perfecta. Como recomienda el apóstol Pablo: “Que aprendan los nuestros a empeñarse en hacer buenas obras, a fin de que atiendan a lo que es realmente necesario y no lleven una vida inútil… Que la gracia sea con todos ustedes” (Tit. 3:14-15b NVI).


Imagen: Lightstock.
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