Querido pastor nuevo: 5 ánimos para los que comienzan

Querido pastor nuevo:

Me alienta la obra que Dios está haciendo en ti y por medio de ti al llamarte a servir como pastor. Como escribió el apóstol Pablo: “Si alguien aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer” (1 Ti. 3:1).

Una buena obra, sin duda, pero también peligrosa.

Uso esas frases, “en ti” y “por medio de ti”, intencionalmente, ya que cuando Dios levanta a un hombre para el ministerio pastoral, nunca lo deja en la condición en que lo encontró. No puede hacer eso. Dios debe moldearte en el instrumento correcto para usarte en la construcción de su cuerpo. Dios te ha llamado, y estoy seguro de que te está preparando para la tarea.

No puedo mejorar las palabras de Pablo a un joven pastor llamado Timoteo en 1 Timoteo 4:6–16. Basado en estos párrafos y en otros escritos suyos, te ofrezco cinco líneas de aliento.

1. No te dejes intimidar por la juventud y la inexperiencia

No importa cuántos años Dios te dé en el ministerio, siempre estarás inscrito como estudiante en su academia ministerial.

Dios te ha llamado. Él te equipará y te guiará. Así como un soldado aprende las mejores estrategias de guerra en el campo de batalla, tu entrenamiento sucederá en las trincheras del ministerio. En poco tiempo, a través del estudio, la aplicación de la experiencia, la meditación, la oración, los fracasos, los sufrimientos, y las victorias ganadas con esfuerzo, crecerás en tu vocación como un vaso listo para el uso del Maestro.

Aprenderás a ser pastor cuidando ovejas. Y no importa cuántos años Dios te dé en el ministerio, siempre estarás inscrito como estudiante en su academia ministerial.

2. Sumérgete en las cosas de Dios, especialmente la Biblia

Esto puede sonar trillado, incluso condescendientemente obvio, pero te sentirás tentado a sumergirte en otras cosas. Pero el tuyo es un ministro del evangelio y, como tal, debes conocer las buenas nuevas y todas las verdades relacionadas con ellas, así como uno que trabaja en un banco conoce los atributos de la moneda.

Parafraseando a John Piper: “Cuando Twitter desaparezca y Facebook esté en el olvido, tendrás tu Biblia. Domínala”. La Palabra de Dios debe ser la piedra angular de tu ministerio, ya que formará la sustancia de todo lo que predicas y enseñas. El puritano Richard Baxter exhortó a los pastores jóvenes a “predicar como si nunca fueras a predicar de nuevo, como un hombre moribundo a hombres moribundos”. Eres un hombre moribundo llamado a proclamar la Palabra de vida a hombres moribundos.

Nada cambiará los corazones y renovará las mentes como la Biblia. Léela. Memorízala. Órala. Predícala. Apréciala. La Palabra de Dios también es el carbón que alimenta el motor de tu transformación. Así que escóndela en tu propio corazón, y pídele a Dios que te dé poder para someterte a sus gloriosas demandas.

3. Vigila de cerca tu vida y tu doctrina

Una vez más, las palabras de Pablo en otros lugares son aplicables aquí, y si reflexionas sobre sus implicaciones, te mantendrán sobrio: “Sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado” (1 Co. 9:27). Lee la Palabra de Dios una y otra vez. Memorízala. Ora para recibir iluminación. Lee todos los 66 libros cada año si puedes. Sin embargo, no confundas el conocimiento teológico con la aptitud ministerial.

Predícate tus sermones antes de ir al púlpito y predicarle a los demás. Ten cuidado de no impartir verdad no vivida.

Pon un guardia en las paredes de tus pensamientos, también. Proverbios 23:7 nos recuerda: “Como piensa dentro de sí, así es él”. Aprende la sana doctrina. Enseña la sana doctrina. Vive la sana doctrina. ¿Qué tan importante es esto? El cielo y el infierno están en la balanza: “Persevera en estas cosas, porque haciéndolo asegurarás la salvación tanto para ti mismo como para los que te escuchan” (1 Ti. 4:16). Una batalla estratégica para ti en esta guerra interna es tu propia predicación. Predícate tus sermones antes de ir al púlpito y predicarle a los demás. Ten cuidado de no impartir verdad no vivida.

Un lugar clave en este campo de batalla será tu hogar. Debes buscar una reforma en tu propia familia antes de buscarla en la de Dios. Lo que hagas con tu pequeño rebaño en casa tiene el potencial de aumentar o socavar tu influencia en el rebaño más grande (1 Ti. 3:4–5), y es un campo de entrenamiento vital para tu servicio en la iglesia. Tu esposa e hijos son la primera congregación por la cual debes rendir cuentas a Dios.

4. Pon un ejemplo de piedad para otros creyente

El ministerio de la iglesia local te pone bajo un microscopio. Esto es para tu beneficio. Como Pablo instruyó a Timoteo: “No permitas que nadie menosprecie tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza” (1 Ti. 4:12). Esta es otra manera de decir que eres un hombre en proceso de santificación, así que búscala con determinación. De esta manera servirás como ejemplo para aquellos bajo tu ministerio. La búsqueda de la santidad garantizará que te conviertas en un hombre de oración, ya que solo con el riego de la gracia de Dios germinará el fruto.

Además, el orgullo será tu enemigo más acérrimo. La humildad es esencial para un cristiano, sin embargo, en el ministerio será la virtud más difícil de alcanzar. Debes perseguirla por encima de todo, porque es de ella fluyen todas las demás gracias: amor, alegría, paz, paciencia. Una fuerte ayuda en la búsqueda de la humildad es la oración incesante (1 Ts. 5:17). En la oración admitimos nuestra debilidad y nuestra constante necesidad de gracia. Dios debe actuar a nuestro favor si algo bueno va a suceder. Tu necesidad es constante, de ahí la advertencia a orar constantemente. Esto te ayudará a mantenerte en tu lugar, y a Dios en el suyo.

5. Prepárate para el camino del Calvario del sufrimiento

En mil aspectos diferentes, el ministerio es una sentencia de muerte. Esto también es algo bueno: tu viejo hombre debe morir si quieres ser efectivo en la causa de Cristo. Tu viejo hombre murió y tú también. Si has resucitado para andar en vida nueva, primero debes morir.

Cuando Pablo habla de ejercitarse para la piedad, él compara el ministerio con prepararse para un ejercicio atlético y riguroso. Sufrirás mucho si quieres ponerte en forma para correr un maratón. Recorrerás un camino sinuoso y lleno de obstáculos si esperas llegar a la línea de meta. Así es en el ministerio. El veredicto de las Escrituras te sacude como un balde de agua helada: no hay corona sin cruz. El sufrimiento pastoral es normal. A veces sufrirás a manos de tu propia gente, a veces por causa del mundo caído. De cualquier manera, Dios usará esto para conformarte a la imagen de su Hijo. Como dijo John Bunyan: “El cristiano debe ser como una gran campana, cuanto más fuerte la golpeas, más claramente suena”.

Pablo sufrió. Jesús sufrió. Calvino y Lutero sufrieron. Edwards sufrió. Spurgeon sufrió. Vas a sufrir. ¿Cómo? No lo sé. Como dijo un viejo pastor, Dios no rompe igual el corazón de todo hombre.

Así que sumérgete, cuerpo y alma, en las cosas de Dios. Date cuenta de que no puedes hacer crecer la iglesia; eso es asunto de Dios, es lo que Él prometió hacer (Mt. 16:18). Descansa en esto y lucha por la santidad y la fidelidad, y Dios te afilará hasta convertirte en un instrumento listo para su reino y gloria.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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