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¿Qué tan transparente y abierta debe ser una esposa de pastor al hablar de sus tentaciones y pruebas? ¿Qué tanto debe compartir sobre su día a día con otras personas?

Estas son preguntas genuinas que muchas veces no nos atrevemos a expresar. En el servicio a la iglesia, tanto la transparencia como la prudencia son componentes importantes si buscamos servir al prójimo. Encontrar el equilibrio entre ambas cosas no es tarea fácil porque requiere sabiduría y dominio propio.

A continuación comparto algunas ideas al respecto, que oro te sean de bendición.

Modelar piedad

Lo primero a entender es que el llamado al servicio en la iglesia no es mayor o más santo que el llamado de cualquier cristiano a una tarea o trabajo secular. El estándar de santidad para el pastor, de su esposa, y de sus hijos es el mismo que para cualquier otro creyente. Tampoco nuestro grado de santidad debe percibirse como en un nivel superior.

El estándar de santidad para el pastor, de su esposa, y de sus hijos es el mismo que para cualquier otro creyente.

Lo único que nos diferencia es que, por la tarea que Dios nos dió, nuestro accionar puede ser más visible que el de otras personas en la iglesia. Así que debemos estar muy pendientes de nuestro caminar, para servir cada día mejor y evitar ser una piedra de tropiezo o de mal testimonio para alguien que nos observe. 

En mi caso, como esposa de pastor, hay un peso santo sobre mis hombros: cómo modelar a mis hermanas, y sobre todo a las nuevas creyentes, cómo luce una mujer piadosa.

Las mujeres que vienen del caos del mundo y se topan con el evangelio necesitan aprender a ordenar sus vidas según la Palabra. Si bien es cierto que los sermones, las charlas, las clases, y los estudios bíblicos son imprescindibles para la edificación, la Palabra debe ser vivida y aplicada en nuestro caminar diario para que aquellas que nos observan aprendan cómo se traduce esa enseñanza a la práctica y sean edificadas.

Esto conlleva que muchas veces mis virtudes y defectos sean expuestos. Mis virtudes para que sean imitadas; mis defectos para modelar el camino al arrepentimiento.

Humana y pecadora

En la cruz, Cristo pagó el precio para liberarnos de la culpa del pecado. Sin embargo, no seremos liberadas de la presencia del pecado hasta que Él vuelva. Por tanto, las esposas de pastores seguimos pecando a diario. Quizá en menor grado, con menos frecuencia, y a veces en cosas no tan visibles porque nos vamos santificando en el Señor, pero pecamos. Entonces, ¿cómo podemos compartir nuestras luchas sin ser de tropiezo a otras personas?

El apóstol Pablo, humano y pecador (Ro. 7:14), nos dio ejemplo de cómo hacerlo. En Romanos 7:18-19, él dice: “Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno. Porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico”.

Este es el discurso de un hombre de fe que nos ministra al hacerse vulnerable y empático con la lucha de nosotros los mortales. Su objetivo no es causar pena ni justificar su pecado. En cambio, si seguimos leyendo Romanos, vemos que su discurso es uno de esperanza y liberación. Este siervo con sabiduría supo hacerse transparente y vulnerable para ministrar eficazmente a sus oyentes. Puedes hacer lo mismo como humana y pecadora.

Prudencia aplicada

Ahora bien, ¿dónde vemos la prudencia aplicada? Si bien la transparencia y hacernos vulnerables es de bendición para el que observa, también es cierto que debemos ser sabias y discernir si lo que compartimos será más de edificación que de tropiezo para otros.

Debemos ser sabias y discernir si lo que compartimos será más de edificación que de tropiezo para otros.

Toda persona que acepta a Cristo como Señor y Salvador es coheredero de Él con sus hermanos de la fe. Pero, pero una vez salvos, no todos los creyentes alcanzan al mismo tiempo el mismo nivel de madurez espiritual. Esto hace que algo que un cristiano escuche u observe en alguien más pueda parecerle una simple falta de madurez o santidad, mientras que para otro pueda parecer de mal testimonio, confuso, u opuesto a las directrices bíblicas y por esto termine alejándose de la fe (Mt. 18:5-7).

Al compartir sobre nuestras vidas y hacernos vulnerable, debemos evaluar nuestra audiencia y sopesar si lo que compartimos podrá ser digerido y procesado de forma beneficiosa para el alma. Aquí entra el dominio propio para contener las palabras que no sean para bendición. 

Amada hermana, oro al Alfarero que te moldee para que tu vida sea de olor fragante a Él y con transparencia, prudencia, sabiduría, y dominio propio, puedas ser de edificación para aquellas que te observan. Que las cicatrices de tus heridas sanadas sean expuestas, para que otras puedan ver lo que Cristo puede hacer en una vida rendida a sus pies.


Imagen: Lightstock
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