¿Puedo ser amigo de un homosexual? | #CoaliciónResponde

“No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 1:18). Estas palabras son el fundamento del matrimonio, la familia, la iglesia, la amistad, y toda otra forma de vida en comunidad. Dios no creó al hombre para vivir aislado, sino que lo dotó de ciertas capacidades que le permiten relacionarse con otros. En el diseño divino, el hombre se relaciona primero con Dios y luego con otros seres humanos.

La caída afectó estas relaciones, particularmente nuestra capacidad de relacionarnos con el Dios viviente. Las relaciones en comunidad, por otro lado, aunque ciertamente sufren los efectos del pecado y la maldad, fueron preservadas por Dios a fin de bendecir a los seres humanos. Una de estas relaciones básicas es la amistad.

Dios nos permite formar lazos con otros para preservar cierta armonía en medio de una humanidad caída. Todos los seres humanos, sean creyentes o no, pueden formar amistades sólidas. Sin embargo, los cristianos hemos sido llamados de forma particular a cuidar nuestra manera de asociarnos con el mundo (2 Corintios 6:14).

En los últimos años esto ha generado una apremiante pregunta debido a la gran atención pública que se le ha dado a la comunidad LGBT. ¿Podemos ser amigos de las personas homosexuales?

Veamos qué es lo que la Biblia nos enseña al respecto.

La homosexualidad no es otro tipo de pecado

La premisa subyacente a esta pregunta es que la homosexualidad es de alguna manera distinta al resto de los pecados. De lo contrario, también estaríamos preguntándonos si podemos ser amigos los mentirosos, los ladrones, o los hipócritas religiosos. Hacemos esta distinción porque tenemos una comprensión incorrecta de la enseñanza bíblica sobre el pecado.

El pecado es, fundamentalmente, rebelión contra Dios; es la manera en la que le decimos a Dios que lo que Él es no nos satisface. Es una disposición del corazón a rechazar la gloria divina y atesorar cualquier otra cosa. Esta maldad la encontramos en el idólatra que se postra ante un dios fabricado por manos humanas y en el deshonesto que a fin de obtener aquello que más le satisface está dispuesto a sacrificar el bienestar de otros.

¿Por qué entonces separamos la homosexualidad? Es cierto que la Biblia destaca la homosexualidad como una demostración del grado de rebelión de los hombres (Ro. 1:26, 27). Esto se debe a que una violación tan clara y expuesta de la ley natural demuestra qué tan grande es nuestra necedad. Pero que un pecado sea más visible no lo hace más grave que aquellos que están más ocultos. ¿Acaso no nos dice Pablo que la maldad humana se manifiesta tanto en la homosexualidad como en la avaricia, la envidia, los chismes, y la desobediencia a los padres (Romanos 1:28-32)?

¿Acaso no nos dice Pablo que la maldad humana se manifiesta tanto en la homosexualidad como en la avaricia, la envidia, los chismes, y la desobediencia a los padres (Romanos 1:28-32)?

No nos engañemos, la homosexualidad no es un tipo de pecado más grave que el resto. Es más visible, tiene un grupo mayor de defensores públicos, y ha ganado un alto grado de aceptación social. Pero a pesar de la exposición que ha tenido en los últimos años, no es en esencia ni diferente ni especial. La iglesia está compuesta por personas que Dios ha rescatado de la homosexualidad, de la avaricia, y de la estafa, entre muchos otros pecados (1 Corintios 6:9-11). Todos estos pecados ofenden igualmente al Creador y son igualmente expiados para los que creen en la sangre del Cordero de Dios.

Jesús comparte la mesa con pecadores

Durante su caminar por este mundo, nuestro Señor fue el primero en mostrarnos la compasión divina sobre todo tipo de pecadores. Para Cristo no había distinción entre una clase de pecador y otro. Todos necesitaban el mismo evangelio. Pero Jesús no solo le mostró una compasión lejana a los pecadores, sino que compartió la mesa con ellos:

“Y sucedió que estando Jesús sentado a la mesa en casa de Leví, muchos recaudadores de impuestos y pecadores estaban comiendo con Jesús y sus discípulos; porque había muchos de ellos que le seguían”, Marcos 2:15.

Compartir los alimentos en aquel tiempo no era una actividad tan superflua como en muchas ocasiones lo es en nuestra cultura moderna. Se trataba de un acto de comunión, una demostración de afecto y aceptación entre quienes estaban sentados a la mesa. Jesús estuvo dispuesto a compartir tal cercanía con los pecadores más despreciados por la sociedad. Desde luego, Él no lo hizo como un acto de aceptación de su pecado, sino como el médico compasivo que se acerca al enfermo para darle su  medicina (Marcos 2:17).

Si queremos seguir las pisadas del Hombre Perfecto, debemos imitar también su ejemplo en esto. Debemos ir y buscar la comunión con todo tipo de pecadores. Después de todo, si Cristo no hubiese actuado así, ¿cómo conoceríamos nosotros el evangelio?

Llamados a odiar al mundo y a amar a las personas

Entonces, ¿qué clase de relación podemos tener los cristianos con los homosexuales? ¿Nos sentamos con ellos únicamente para compartir los alimentos? Si podemos ser amigos del chismoso, ¿por qué no podríamos serlo del homosexual? Si Jesús tuvo comunión con los avaros, ¿qué nos impide tener tal comunión con el homosexual?

Podemos y debemos ser amigos de los homosexuales. Una perspectiva bíblica nos indicará con claridad que es un acto de enorme hipocresía el que nos neguemos a ofrecerle nuestra amistad a cualquier persona solo porque creemos que su pecado es más grave o escandaloso que el nuestro. De hecho, nuestro Salvador nos da el mandato de amar a las personas relacionándonos con ellas en medio del mundo:

“Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos”, Mateo 5:16.

Observa con cuidado lo que nos está diciendo Jesús. Debemos estar en medio del mundo, relacionándonos con él, exponiendo nuestras vidas ante las personas, a fin de que seamos instrumentos para que glorifiquen a nuestro Padre celestial. En otras palabras, buscamos amistades con personas del mundo con el expreso propósito de serles de bendición y buscar animarlos a la fe en Cristo (pues quienes no están en Cristo no pueden glorificar al Padre). Esto no lo podremos lograr a distancia. Debemos buscar amigos hipócritas, calumniadores, y homosexuales por igual.

Desde luego, existe una diferencia entre una amistad con un no creyente y la que se da entre dos cristianos. Habrá temas que no podremos tocar con nuestro amigo incrédulo. Asimismo, habrá ocasiones en las que tendremos que abstenernos de participar de acciones que claramente ofenden a Dios. De hecho, debemos aborrecer los actos pecaminosos que vemos a nuestro alrededor porque ofenden a nuestro Dios y Padre. Este es un asunto mucho más complejo que la frase simplista (y carente de sustento bíblico) “Dios ama al pecador, pero odia su pecado”. La realidad es que Dios aborrece al que hace lo malo (Salmo 11:5). Y nosotros también debemos abstenernos de amar al mundo en su estado de rebelión contra el Creador.

“No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él”, 1 Juan 2:15.

Quizá podríamos afirmar con Don Carson (The Gospel According to John, 205) que el llamado divino es que amemos al mundo con un amor redentor (procurando darles a conocer al Salvador por medio de nuestra amistad, paciencia y misericordia), pero nunca con un amor complaciente de participación (dando nuestra aprobación e incluso siendo parte de acciones que ofenden a nuestro Señor). Esta clase de amor complejo lo extendemos al ladrón, al adúltero, y también al homosexual.

Hacia una actitud evangélica consistente con la Biblia

“No es bueno que el hombre esté solo”. Dios nos ha llamado ser sus instrumentos para bendecir a todos los pecadores por igual, imitando el carácter de nuestro Salvador y amando a las personas que nos rodean. A medida que atendemos este llamado combatimos la soledad en la que vive este mundo (particularmente en nuestra sociedad orientada al entretenimiento y la satisfacción personal). Y esto lo cumplimos cuando buscamos amigos en el mundo, sin distinguir entre un pecado y otro.

Los puntos expuestos arriba deberían ser suficientes para convencernos de que los cristianos debemos abandonar la actitud hipócrita que (tristemente muchas veces) ha caracterizado al movimiento evangélico moderno en relación con las personas homosexuales. Sí, debemos tener amigos homosexuales. Si no lo hacemos, ¿quién va a proclamarles a Cristo y mostrarle la eficacia del evangelio transformando pecadores como nosotros? Que el Señor nos ayude a tratar con misericordia y sabiduría a todas las personas.


#CoaliciónResponde es una serie donde pastores y líderes de la iglesia responden a inquietudes que llegan a Coalición por el Evangelio por diversos medios, y que son parte de las inquietudes que caracterizan la iglesia en nuestra región.
Imagen: Lightstock
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

quince + 6 =

CARGAR MÁS
Cargando