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Jueces 6 – 7    y   Gálatas 6 – Efesios 1

“Y el ángel del SEÑOR se le apareció, y le dijo: El SEÑOR está contigo, valiente guerrero. Entonces Gedeón le respondió: Ah señor mío, si el SEÑOR está con nosotros, ¿por qué nos ha ocurrido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas que nuestros padres nos han contado, diciendo:”¿No nos hizo el SEÑOR subir de Egipto?” Pero ahora el SEÑOR nos ha abandonado, y nos ha entregado en mano de los madianitas”, Jueces 6:12-13.

Muhammad era un niño palestino de doce años como cualquier otro. Acababa de pasar un verano de descanso y el inicio de las clases de septiembre lo invitaban al orden y la disciplina. Sin embargo, cuestiones políticas que seguramente entendía a medias lo llevaron a ser el triste protagonista de un nuevo capítulo del drama palestino – israelí. Junto con su padre, se vio envuelto en medio de los disturbios y de las balaceras, y las omniscientes cámaras periodísticas lo vieron morir acurrucado y cubriéndose los ojos, al lado de su padre. Esta es una de las muchas historias que tiñen (y seguirán tiñendo) de oscuridad y tristeza todos los bandos en conflicto, sin distinción. A Muhammad el protagonismo lo tomó de manera dramática y sin beneficio alguno.

Ahora, yo me pregunto, ¿podremos convertirnos en algún momento en protagonistas? ¿Debo privilegiar la privacidad de una vida anónima o lanzarme en causas más protagónicas?

Hace unos tres mil doscientos años, un joven hebreo estaba tratando de esconder el trigo que con tanto sacrificio había sembrado su familia, de las manos de los depredadores madianitas. Israel no estaba pasando por un bueno momento, y durante siete años habían sido sucesivamente atacados por los madianitas: “Porque sucedía que cuando los hijos de Israel sembraban, los madianitas venían con los amalecitas y los hijos del oriente y subían contra ellos; acampaban frente a ellos y destruían el producto de la tierra hasta Gaza, y no dejaban sustento alguno en Israel, ni oveja, ni buey, ni asno… Así fue empobrecido Israel en gran manera por causa de Madián, y los hijos de Israel clamaron al SEÑOR”, Jueces 6:3-4,6.

Este joven, llamado Gedeón, era el protagonista de su propia historia dentro de la gran historia pública. La verdad es que nadie puede ser ajeno a los vaivenes de la historia y los conflictos en que los hombres se meten una y otra vez. La diferencia es que nuestro protagonismo nunca ocupará primeras planas y nuestras lágrimas o sonrisas nunca serán preservadas para lo posteridad como el apretón de manos que, esperamos y oramos por eso, pronto se deben dar los líderes políticos de tantas naciones que hoy están en conflicto. Sin embargo, todos tenemos opiniones con respecto a lo que pasa a nuestro alrededor y que, de una manera u otra, nos está afectando. En el texto del encabezado vemos que cuando Gedeón es saludado por el ángel, cuestiona la supuesta presencia de Dios en su vida producto del drama que le tocaba vivir a todo Israel. Creo que sus preguntas son preguntas universales cuando uno percibe el drama a su alrededor:

La primera es, ¿por qué nos pasa esto?

La segunda es, ¿dónde está Dios en este momento?

La tercera es, ¿habrá algo que pueda Él hacer?

Si ustedes se dan cuenta en las tres preguntas hay un dejo de lejanía, de irresponsabilidad, como de alguien que está por casualidad observando todo y espera que otros realicen la tarea. Finalmente, el hombre se vuelve a sí mismo en un observador de su realidad (así ésta le esté haciendo daño) y la fe se convierte en una ilusión sin connotaciones con el presente. Podríamos resumir las preguntas de Gedeón en: “¿Cuándo vendrá Dios y los otros a hacer lo que deben hacer?”. Pero, para sorpresa del propio hebreo, la respuesta de Dios no se hizo esperar, haciéndolo sorpresivamente protagonista de la historia de Israel: “Y el SEÑOR lo miró, y dijo: Ve con esta tu fuerza, y libra a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te he enviado yo”, Jueces 6:14. Me sorprende pensar que Gedeón tenía en sí mismo la fuerza para la victoria de la opresión, pero que le faltaba solo escuchar la orden de Dios. Qué importante es saber que la Palabra del Señor siempre será una arenga a la acción liberadora y no un discurso para la tranquilidad e ilusión egoísta.

Gedeón se asustó con las palabras de Dios, y así como nosotros, se llenó de excusas y dilaciones. “…He aquí que mi familia es la más pobre en Manasés, y yo el menor de la casa de mi padre… Si he hallado gracia ante tus ojos, muéstrame una señal de que eres tú el que hablas conmigo… ¡Ay de mí, Señor DIOS! Porque ahora he visto al ángel del SEÑOR cara a cara”, Jueces 6:15b,17,22b). Lo bueno es que el Señor nunca abandona a los que llama, y su intención es fortalecer con su presencia y manifestación de su voluntad, los ánimos de aquellos a los que convoca. “Pero el SEÑOR le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a Madián como a un solo hombre”, Jueces 6:16.

Cada uno de nosotros somos considerados protagonistas delante de Dios. El Señor espera utilizarnos de diferentes maneras dentro de sus planes eternos; y para eso, debemos estar preparados. Esto significa que debemos dejar de sentirnos solo espectadores y críticos de los demás, para empezar a ver nuestro propio camino: “Porque el que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña”, Gálatas 6:3.

Pero que cada uno examine su propia obra, y entonces tendrá motivo para gloriarse solamente con respecto a sí mismo, y no con respecto a otro. Porque cada uno llevará su propia carga”, Gálatas 6:4-5. Para ser protagonistas debemos aprovechar todas las oportunidades sin cansarnos: “Y no nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos. Así que entonces, hagamos bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe”, Gálatas 6: 9-10.

Por último, debemos buscar al Señor en oración para que Él nos pueda mostrar la luz y la sabiduría para ser un verdadero protagonista positivo de la historia. Pablo, que fue un verdadero protagonista de la historia primitiva del cristianismo, definió así sus propósitos de oración para convertir espectadores en protagonistas:

Por esta razón también yo, habiendo oído de la fe en el Señor Jesús que hay entre vosotros, y de vuestro amor por todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo mención de vosotros en mis oraciones; pidiendo que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de El. Mi oración es que los ojos de vuestro corazón sean iluminados, para que sepáis cuál es la esperanza de su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de su poder, el cual obró en Cristo cuando le resucitó de entre los muertos y le sentó a su diestra en los lugares celestiales, muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo sino también en el venidero. Y todo sometió bajo sus pies, y a El lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo”, Efesios 1:15-23.

Mucha gente en el mundo entero critica a la fe cristiana por su evidente laxitud. Cuando los cristianos pierden el derecho y la responsabilidad de ser protagonistas, pierden la esencia de su constitución espiritual como sal y luz de este mundo (y así no sirven para nada, como dijo Jesús). Allí Marx podría tener razón: “La verdadera felicidad del pueblo exige la supresión de la religión por ser ésta una felicidad ilusoria… La crítica de la religión desilusiona al hombre para que pueda pensar, actuar y determinar su propia realidad como un hombre que ha llegado a la edad de la razón”.

Sin embargo, la historia de Gedeón y la oración de Pablo nos hacen ver que el verdadero cristianismo pasa por la acción, pero toda acción siempre pasará por el consejo y la presencia de Dios que espera que sus hijos sean protagonistas conscientes y reflexivos en el devenir de la historia.

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