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Nota del editor: 

Este es el décimo y último artículo de la serie Diez hechos básicos sobre el canon del Nuevo Testamento que todo cristiano debe memorizar. Puedes leer el artículo anterior aquí.

¿Cómo sabemos cuáles libros son de parte de Dios y cuáles no? Hay muchas respuestas a esta pregunta, algunas de las cuales hemos cubierto en publicaciones anteriores. Ciertamente, los orígenes apostólicos de un libro pueden ayudar a identificarlo como dado por Dios (ver artículo aquí). Y el consenso general de la iglesia sobre un libro puede ser parte de cómo identificamos que este viene de Dios (ver artículo aquí).

Pero, es interesante notar que los padres de la iglesia primitiva, aunque estaban de acuerdo en que la apostolicidad y la recepción de la iglesia son fundamentalmente importantes, también recurrieron a otro factor que a menudo se pasa por alto en los estudios modernos. Apelaron a las cualidades internas de estos libros.

En otras palabras, argumentaron que estos libros tenían ciertos atributos que los distinguían como de parte de Dios. Argumentaron que podían escuchar la voz de su Señor en estos libros en particular. En el lenguaje teológico moderno, creían que los libros canónicos se autentican a sí mismos. Como Jesús dijo en Juan 10:27: “Mis ovejas oyen Mi voz; Yo las conozco y me siguen”.

El testimonio de algunos padres de la Iglesia primitiva

Orígenes es bastante claro que las cualidades divinas de los libros juegan un papel en su autenticación: “Si alguien estudia las palabras de los profetas… es seguro que en el acto mismo de leerlos y estudiarlos diligentemente, su mente y sentimientos sentirá un aliento divino y reconocerá que las palabras que está leyendo no son palabras de hombre, sino el lenguaje de Dios”.[1]

En otro lugar, Orígenes dice cosas similares. Defiende la canonicidad del libro de Judas porque “está lleno de palabras saludables de gracia celestial”[2] y defiende los evangelios canónicos debido a sus “contenidos verdaderamente venerables y divinos”.[3] Incluso defiende la canonicidad del libro de Hebreos sobre la base de que “las ideas de la epístola son magníficas”.[4]

Taciano es muy claro sobre el papel de las cualidades internas de estos libros: “Fui llevado a creer en estas [Escrituras] por el estilo no pretencioso del lenguaje, el carácter no artificial de los escritores, el conocimiento previo de eventos futuros, la excelente calidad de los preceptos”.[5]

Jerónimo defendió la epístola de Filemón con el argumento de que es “un documento que contiene mucho de la belleza del Evangelio” el cual es la “marca de su inspiración”.[6] Crisóstomo declara que en el evangelio de Juan no hay “nada falsificado” porque el evangelio está “pronunciando una voz que es más dulce y más provechosa que la de cualquier arpa o cualquier música… algo grandioso y sublime”.[7]

Justo antes de citar Mt. 4:17 y Fil. 4:5, Clemente de Alejandría dice que puedes distinguir las palabras de los hombres de las palabras de las Escrituras porque: “Nadie será tan impresionado por las exhortaciones de cualquiera de los santos, como lo es por las palabras del Señor mismo”.[8]

Estos ejemplos (y más podrían ser agregados) son suficientes para mostrar que los padres de la iglesia primitiva creían que la evidencia de la canonicidad de los libros se puede encontrar en los libros mismos. En otras palabras, los libros canónicos se autentican a sí mismos.

Los libros canónicos se establecieron por sus cualidades internas

Por supuesto, en este punto uno podría objetar: “Si las cualidades internas de estos libros realmente existen, entonces, ¿cómo explicamos por qué son rechazados por tantos? ¿Por qué más personas no ven estas cualidades?”.

La respuesta radica en el papel del Espíritu Santo en ayudar a las personas a ver lo que hay allí de manera objetiva. Debido a los efectos noéticos del pecado (Ro. 3:10-18), uno no puede reconocer estas cualidades sin el testimonium spiritus sancti internum, el testimonio interno del Espíritu Santo.

No hace falta decir que el no cristiano encontrará esta explicación en gran medida poco persuasiva. Podría objetar: “¿No es un poco sospechoso que los cristianos afirman que son los únicos que pueden ver la verdad de estos libros y que todos los demás están cegados a ella? Esto suena muy egoísta”.

Esta objeción es comprensible. Pero, si las doctrinas cristianas sobre la caída, el pecado original, y la corrupción del corazón humano son verdaderas, entonces, naturalmente, una persona sin el Espíritu no puede discernir la presencia del Espíritu (tal como si Él está hablando en un libro o no).

Además, no es tan diferente de la realidad de que algunas personas no tienen oído musical y, por lo tanto, son incapaces de discernir si una nota musical está “afinada”. Puedes imaginarte a una persona que no tiene oído musical objetar: “Esto de la ‘afinación musical’ es una farsa dirigida por personas de la música que afirman tener una habilidad especial para escuchar tales cosas”. Pero, a pesar de todas las protestas, la verdad del asunto se mantendría: existe la posibilidad de que una nota esté afinada, ya sea que la persona lo escuche o no.

Al final, los padres de la iglesia nos enseñan una verdad muy importante. El canon del NT que poseemos hoy no se debe a las maquinaciones de los subsiguientes líderes de la iglesia, ni a la influencia política de Constantino, sino al hecho de que estos libros se impusieron en la iglesia a través de sus cualidades internas.

O, como solía decir el profesor de Harvard Arthur Darby Nock sobre la formación del canon: “Las carreteras más transitadas en Europa son las mejores carreteras; por eso transitan tanto por ellas”.[9]


[1] Sobre los principios, 4.1.6. 

[2] Comentario sobre el evangelio de Mateo, 10.17.

[3] Contra Celsio, 3.21. 

[4] Eusebio, Historia de la iglesia, 6.25.12; Traducción mía.

[5] El discurso a los griegos, 29.

[6] Prólogo al comentario de Filemón

[7] Homilías de San Juan, 1.2.

[8] Protréptico, 9. 

[9] Metzger, Canon of the New Testament [Canon del Nuevo Testamento], 286.


Publicado originalmente en el blog de Michael J. Kruger. Traducido por Equipo Coalición.
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