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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro De parte de Dios y delante de Dios: Una guía de predicación expositiva (B&H Español, 2016), por Sugel Michelén.

Alguien dijo una vez que la piedad consiste en hacer lo correcto, con la vista puesta solo en la aprobación de Dios. Esa es, en resumen, la enseñanza del Señor en Mateo 6:1-18. Al dar limosnas, al orar, al ayunar, hazlo para tu Padre que ve en lo secreto, y Él te recompensará en público. Esa convicción debe dominarnos mientras predicamos la Palabra de Dios. Aunque esa es una labor que realizamos en público, al predicar debemos buscar solo la aprobación de Dios, no la de los hombres.

En el texto de 2 Corintios 2:17, Pablo describe su ministerio con estas palabras: “Pues no somos como muchos, que comercian la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, hablamos en Cristo delante de Dios”. La palabra que se traduce como “falsificar” se usaba para señalar a los buhoneros que usaban todo tipo de astucia para vender su mercancía. Tenían fama de tramposos. Pues así son los falsos maestros —dice Pablo—. Comercian con la Palabra de Dios; tuercen el mensaje, o lo diluyen para hacerlo más atractivo al oído de los hombres. Pero Pablo no pertenecía a ese grupo. Él se veía a sí mismo como un hombre que hablaba “de parte de Dios, y delante de Dios”.

Cuando Pablo predicaba el evangelio, su preocupación no era procurar la aprobación de los hombres; lo que lo dominaba era el hecho de estar bajo la mirada escrutadora de Dios. “Delante de Dios en Cristo hablamos”, dice más adelante en esta misma carta (2 Co. 12:19). Hablamos para la edificación de los hermanos, pero lo hacemos delante de Dios. Podemos predicar ante un auditorio de quince personas, o pueden ser quince mil, pero a fin de cuentas solo importa la opinión de Uno de los presentes, Uno que puede ver lo que ningún hombre podrá ver jamás porque Su mirada penetra hasta lo más profundo de nuestros corazones.

Podemos predicar ante un auditorio de quince personas, o pueden ser quince mil, pero a fin de cuentas solo importa la opinión de Uno de los presentes.

Eso es lo que Pablo parece tener en mente al decir que él hablaba “con sinceridad”; este sustantivo se deriva de un vocablo que significa “examinar algo a la luz del sol”. Pablo era consciente de que todo su ser era como un libro abierto delante de Dios, y esa conciencia lo movía a ser auténtico y genuino. Cuando un hombre predica con esa convicción, eso afecta el mensaje y su disposición al entregarlo. ¿Por qué muchos predicadores evitan condenar el pecado abiertamente o evaden hablar de la ira de Dios o del día del juicio? ¿Por qué muchos púlpitos no proclaman hoy día la centralidad de Dios y Su grandeza, sino que todo parece tener la intención de que todo el mundo se sienta bien? Porque no los domina esta perspectiva apostólica. El hombre que predica “de parte de Dios, y delante de Dios” procurará no hacer otra cosa que transmitir con integridad el mensaje que Él nos ha confiado en Su Palabra.

Por supuesto, de más está decir que no vamos al púlpito con la intención expresa de ofender a nadie. Pablo mismo exhorta a los hermanos de Colosas a que sus palabras sean siempre con gracia, sazonadas con sal. El tacto es una virtud, no una señal de debilidad. Pero todo hombre que predica la Palabra con integridad sabe que tendrá que tocar temas que no son agradables al oído de mucha gente. Si predicamos delante de Dios no vamos a eludir esos temas.

Esta convicción no solo incide en el mensaje, sino que también preserva al predicador de la falta de naturalidad y sencillez. El hombre que predica delante de Dios no sube al púlpito para hacer un espectáculo teatral. Sabe que ante los ojos de Dios es completamente transparente. Dios está viendo los movimientos de su corazón mientras predica. Es por eso que este siervo de Dios se preocupa por tener una limpia conciencia y un corazón puro, porque si pudiera engañar a su auditorio y hacerle creer que es celoso de la gloria de Dios, y que ama la verdad y las almas de los hombres, cuando no es así, estaría en una grave situación, porque él sabe que no puede engañar a Dios.

Una vez más, Pablo debe ser nuestro modelo en esto. En su defensa ante Félix, el gobernador de Cesarea, Pablo pronunció estas palabras:

“Pero esto admito ante usted, que según el Camino que ellos llaman secta, yo sirvo al Dios de nuestros padres, creyendo todo lo que es conforme a la Ley y lo que está escrito en los Profetas; teniendo la misma esperanza en Dios que éstos también abrigan, de que ciertamente habrá una resurrección tanto de los justos como de los impíos. Por esto, yo también me esfuerzo por conservar siempre una conciencia irreprensible delante de Dios y delante de los hombres”, Hechos 24:14-16.

En otras palabras: “Yo sé que todos seremos resucitados y nos presentaremos delante de Dios. Por eso procuro tener una limpia conciencia, ante Dios y ante los hombres”. Pablo no le daba importancia al prejuicio que otros tenían sobre él porque a fin de cuentas lo único que importa es la evaluación que Dios dará de nosotros en aquel Tribunal (cp. 1 Co. 4: 1-5).

El temor a los hombres es un enemigo real de todo predicador.

Ese es el argumento de Pablo para exhortar a su hijo en la fe, Timoteo, para que predique fielmente la Palabra de Dios: “En la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por Su manifestación y por Su reino te encargo solemnemente: Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción” (2 Ti. 4:1-2).

El comentario de Byron Yawn acerca de este texto resalta la centralidad de la exhortación del apóstol: “Cuando Pablo exhortó a Timoteo no le dijo: ‘te encargo en presencia de tu congregación’. Tampoco le dijo: ‘Te encargo en presencia de tus profesores de seminario’. No, le ruega y le encarga su misión ‘en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que juzgará a los vivos y a los muertos’. Dada la cantidad de veces que mencionamos este pasaje, podríamos pensar que nos tomaríamos el mandato en serio”.

Lamentablemente, no es así. El temor a los hombres es un enemigo real de todo predicador. Lo sé por experiencia. Pero es un enemigo contra el cual debemos luchar con todas nuestras fuerzas. Y la única arma con la que contamos para ello es temerle más a Dios que a los hombres.


Imagen: Lightstock.
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