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La mayoría de los cristianos viven con defectos evidentes de carácter que echan a perder su alegría y su testimonio cristiano. ¿Por qué vivimos así?

Nuestras virtudes naturales, que provienen del temperamento innato y la crianza familiar —tales como nuestros talentos, aptitudes y fortalezas— son cosas buenas, pero cada uno de ellos tiene un “lado oscuro”. Las personas con dones proféticos (nota del editor: dones de la palabra) pueden tener la capacidad de ir directo al punto , a menudo son buenos hablando o escribiendo en público, pero pueden tener problemas en escuchar a los demás y tomar consejo. Las personas con dones sacerdotales pueden ser sensibles, a menudo buenos para escuchar, dar consejos, y mostrar misericordia, pero a menudo pueden estar demasiado preocupados en hacer feliz a la gente, pueden ser cobardes, o demasiado sensibles a la crítica a sí mismos. Una persona generosa puede ser también indisciplinada e irresponsable en asuntos financieros. Así, su generosidad es realmente una faceta de su carácter demasiado impulsivo. 

Virtudes de dones y temperamentos tienen un correspondiente “lado oscuro” porque nuestros dones y temperamentos naturales están ligados a los ídolos que dominan cualquier corazón que no está lleno con el evangelio de la gracia. Sin un conocimiento profundo del evangelio, miramos las cosas buenas —aprobación humana y relaciones, el ejercicio del poder y logros, el control de nuestro ambiente y la autodisciplina, el disfrute de la comodidad, privacidad y placer— y las hacemos pseudo-salvaciones. Entonces, la persona que hace un ídolo de la aprobación humana puede ser un artista sensible, y el que hace un ídolo del poder podría ser un líder valiente. Sin embargo, los dones y el temperamento en el servicio de los ídolos —y esto es nuestro estado normal— siempre son una bendición de doble filo. Tienen un lado bueno —producen un comportamiento virtuoso— pero conducen a la persona a un pecado o vicio correspondiente. 

Como resultado, la gente no puede ver a sus pecados porque solo ven sus virtudes. Por ejemplo, alguien puede decir, “No soy áspero, yo solo hablo de una manera muy directa”. Es cierto que una persona que habla directamente puede hacer bien, pues aquellos comentarios directos y contundentes a veces son necesarios. Pero en general, la aspereza en el hablar es ineficaz, y la audacia y la confianza de la persona llega a un cierto grado de orgullo y a una falta de amor. Y por esta razón, muchos (o quizás la mayoría) de cristianos no trabajan en las gracias sobrenaturales del Espíritu. Gracias que no son naturales para nosotros, y que mitigan o eliminan el lado oscuro de nuestra naturaleza pecaminosa que nos asedia.

Entonces, ¿cómo podemos ser sacudidos de nuestro letargo y despertados a nuestra necesidad de crecer? Aquí, hay algunos principios que he extraído de las cartas de John Newton a lo largo de los años. 

1. Date cuenta que tus peores defectos de carácter son los que menos puedes ver

Por definición, los pecados a los que estamos más ciegos, para los que tenemos la mayor cantidad de excusas, y los que usualmente minimizamos, son los que más te tienen en sus garras. Una forma en que ocultamos nuestras imperfecciones es que nos fijamos en los lugares que nuestro temperamento natural se mira como un fruto del Espíritu. Por ejemplo, una aptitud natural para el control y la autodisciplina puede parecer como la fidelidad y el dominio propio, y un deseo natural por la aprobación se podría parecer a la benignidad o al amor. O confundimos un temperamento que es burbujeante y sanguíneo por uno de gozo, y un temperamento relajado, por un temperamento flemático, con la paz. Nos damos crédito espiritual por estas cosas, cuando en realidad no estamos creciendo espiritualmente en lo absoluto. La falta de otros frutos demuestra que el cambio verdadero y sobrenatural del carácter no está sucediendo.

2. Recuerda que no se puede aprender acerca de tus mayores defectos solo porque alguien te lo haya dicho: tienes que verlo

Hay dos formas en las que venimos a ver nuestros pecados y defectos con mayor claridad. Una forma es que ellos son mostrados a nosotros por los problemas y las pruebas de la vida. El sufrimiento es el “gimnasio de Dios”; revela nuestras debilidades espirituales, similar a como un entrenamiento revela debilidades físicas.

Así mismo, aprendemos por los modelos de conducta cristianos. A veces la mejor convicción viene cuando se coloca cerca de una persona que está viviendo como deberías estar viviendo. No puedes pensar de ti mismo como impaciente, áspero, o demasiado sensible hasta que estás muy cerca con alguien mucho más paciente, conciliador y contento. Debemos hacer uso de estas oportunidades para crecer. Ellas son dolorosas —incluso estar en contacto cercano con personas muy santas puede ser incómodo— pero en esos momentos, cuando más sentimos la necesidad de la gracia, es que encontramos la gracia de Dios más deseable.

3. Disponte a escuchar la corrección y la crítica de los demás.

Acabamos de decir que nadie aprendió acerca de sus pecados porque alguien se lo dijo. Tenemos demasiadas capas de auto-justificación para crecer sin golpes duros. Pero además, como un complemento, necesitamos la crítica y la rendición de cuentas de los hermanos y hermanas. 

Hay al menos dos tipos. En primer lugar, puede crear su propia comunidad como en Hebreos 3:13 “exhórtense los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: “Hoy;” no sea que alguno de ustedes sea endurecido por el engaño del pecado”. Toma algunos otros creyentes en los que confías y dales “una licencia de cazar” para hablar contigo acerca de dónde necesitas crecer. 

En segundo lugar, no te olvides del principio del “burro de Balaam”. Debes aprender cómo sacar provecho de la críticas, incluso aquellas dadas por personas que están mal motivados, o de personas que no te respetan. Incluso si solo el 20 por ciento de lo que dicen es cierto, puede ser que Dios te esté hablando. 


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Martín Méndez. Imagen cortesía de Lightstock.
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