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3 peligros para todo líder joven en el ministerio

Todavía recuerdo el año en el que fui ordenado al ministerio. Había comenzado a servir en una pequeña iglesia que se reunía en la sala de una casa, mientras cursaba mi segundo año en el seminario. En ese momento no tenía ni idea de lo que iba a enfrentar.

Ministrar al pueblo de Dios es un llamado honorable, glorioso e incomparable, por el cual agradezco mucho al Señor. Con todo, no puedo dejar de reconocer las dificultades y los peligros que como líder joven he tenido que enfrentar en este tiempo. Quisiera compartir algunos de ellos contigo.

Escribo esto no solo para que estés alerta, sino también para recordarte que, si has caído en alguno de estos peligros, puedes rogar el perdón de Dios, aferrarte a su gracia y seguir avanzando.

Peligro #1: Olvidar la centralidad del evangelio.

El primer peligro para los líderes jóvenes en el ministerio es olvidar lo que el evangelio ha traído a nuestras almas y la nueva identidad que nos ha otorgado. Cuando perdemos de vista el evangelio en nuestros ministerios, la falta de honestidad, la hipocresía y la falta de identidad afectarán nuestro liderazgo.

Cuando asumimos el liderazgo siendo jóvenes tratamos de mostrarnos siempre fuertes, como si ninguna debilidad estuviese en nosotros. Nos mostramos siempre apasionados en el púlpito, con gran energía en medio de las ovejas del Señor, luciendo como una especie de «súper pastor». Cuando esto sucede, el camino más cercano para nosotros será el de una vida hipócrita que no se presenta tal como realmente somos. Lo peor es que ese es el camino por el cual luego nuestras ovejas también caminarán siguiendo nuestro ejemplo.

No estoy hablando de mencionar a cada minuto nuestras debilidades y pecados desde el púlpito, ni mucho menos de que seamos permisivos con el pecado. Pero cuando el evangelio es central en nuestros ministerios, expresaremos naturalmente nuestra necesidad de gracia, de perdón y fortaleza por parte del Señor.

El evangelio nos invita a ser honestos sobre nuestras debilidades y pecados; nos permite recordar que necesitamos tanta gracia como nuestras ovejas. El evangelio hace esto porque Cristo, quien apaciguó la ira de Dios por nuestros pecados y nos acercó a Dios, pagó por nuestros pecados y por la vergüenza que estos traían a nuestras vidas.

El evangelio nos invita a ser honestos sobre nuestras debilidades y pecados; nos permite recordar que necesitamos tanta gracia como nuestras ovejas

Olvidar el evangelio en nuestros ministerios nos llevará a proclamar y exhibir más nuestra propia justicia que la de Cristo. Pondremos cargas enormes sobre nuestras ovejas (cargas que ni nosotros podemos llevar) y nos olvidaremos de recordarles que todo es por gracia y que tanto ellos como nosotros necesitamos permanecer a los pies de la cruz para recibir de esa gracia.

Un ministro joven centrado en el evangelio conducirá a los miembros a admirar a Cristo y no a sí mismo. Cuando el poder del evangelio se hace visible en pecadores como nosotros, los miembros de nuestra iglesia podrán tener una visión más grande de la hermosura, la justicia, el amor y la gracia de Cristo.

Repitamos una y otra vez junto al apóstol Pablo: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gá 2:20).

Peligro #2: Pensar que podemos hacerlo todo.

Cuando inicié en el ministerio pensé que no existían los límites. Me levantaba muy temprano y me acostaba muy tarde para estudiar, viajaba cada quince días al interior del país para apoyar a una iglesia hermana y respondía con un «sí» a toda petición ministerial.

Un ministro joven centrado en el evangelio conducirá a los miembros a admirar a Cristo y no a sí mismo

Los jóvenes tendemos a olvidar que habitamos un cuerpo caído y que no somos Dios. El Señor es omnipotente y omnipresente, nosotros no. Cuando olvidamos esto, terminamos descuidando las cosas más importantes que Dios nos ha encargado: nuestra alma, nuestro hogar y la iglesia.

Hace un tiempo leí sobre Robert Murray McCheyne, un teólogo y pastor escocés del siglo XIX, quien nunca fue conocido por tener una gran salud. En sus pocos años de ministerio se vio obligado a tomar periódicamente «tiempos de descanso» debido al exceso de trabajo y agotamiento físico.

McCheyne, moribundo antes de llegar a los 30 años, comentó a un amigo: «Dios me dio un mensaje para entregar y un caballo para montar. Por desgracia, maté al caballo y ahora no puedo entregar el mensaje». El caballo era su propio cuerpo.

Reconocer nuestras limitaciones nos prepara para recibir más de la gracia de Dios y nos guardará de la autosuficiencia, al depender completamente del Señor para renovar nuestras fuerzas.

Peligro #3: No tener un corazón enseñable.

Al iniciar mi labor en el ministerio, lo primero que tuve que aprender fue que necesitaba aprender. El hecho de haber estudiado en el seminario o de que la gente se dirigiera a mí como «pastor» no significaba que lo supiera todo.

El orgullo nos lleva a despreciar la instrucción: solo aceptamos la instrucción si somos nosotros quienes instruimos; solo aceptamos la corrección si somos nosotros quienes corregimos. 

La gracia de la humildad socava el deseo constante de tener siempre la razón

Tememos admitir nuestra ignorancia sobre ciertos temas y situaciones. Tememos mostrar nuestras debilidades y deficiencias. En estos momentos necesitamos recordar la Palabra del Señor cuando declara: «No seas sabio a tus propios ojos; teme al Señor y apártate del mal» (Pr 3:7).

El evangelio nos invita a caminar por el camino de la humildad que nos permite tener corazones enseñables. La gracia de la humildad socava el deseo constante de tener siempre la razón.

El Señor me ha concedido un pastor a quien rindo cuentas. Adicional a esto, para mortificar el pecado de la arrogancia cuando tengo que tomar una decisión difícil, pido consejo a hermanos que me conocen y quienes, sin temor, me dirán la verdad. McCheyne dijo muy sabiamente: «El hombre que más te ama, es el hombre que te dice la verdad acerca de ti mismo». Te invito a rodearte de este tipo de hombres veraces.

Necesitamos el evangelio cada día

Si eres como yo, te identificarás con cada uno de estos peligros. Como seres humanos pecadores, nos encontramos constantemente inclinados al orgullo, de una manera u otra. Necesitamos el evangelio de la gracia cada día, tanto como nuestras ovejas lo necesitan (¡o más!).

Cristo ha sido mi fortaleza; espero que lo sea para ti también. Podemos confesar con honestidad nuestras debilidades y pecados, porque todos ellos han sido cubiertos por la sangre de Jesús. ¡Gracias a Dios por su misericordia!

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