¿Qué pasaría si negamos la realidad del juicio final?

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Caminando con Dios a través del dolor y sufrimiento (Poiema Publicaciones, 2019), por Timothy Keller. Descarga una muestra gratuita visitando este enlace.

Muchas personas se quejan de que no pueden creer en un Dios que juzgue y castigue a las personas. Pero si no hay un juicio final, ¿qué sucede con la enorme cantidad de injusticia que ha ocurrido y sigue ocurriendo?

Si no hay un juicio final, solo nos quedan dos cosas por hacer: perder toda esperanza o entregarnos a la venganza. O significa que la tiranía y la opresión que han prevalecido a lo largo de los siglos nunca se corregirán —y al final no importará si vives una vida de justicia y bondad o una vida de crueldad y egoísmo—, o significa que tenemos que tomar nuestras armas y salir a cazar a los malhechores ahora. Tendríamos que tomar la justicia en nuestras propias manos. Si no hay un Juez, nosotros mismos tendríamos que ser los jueces.

Es por esto que la doctrina bíblica del juicio final, lejos de ser una idea sombría, nos permite vivir con esperanza y gracia. Si la aceptamos, tenemos esperanza y un incentivo para luchar por la justicia. No importa cuán poco éxito tengamos ahora, sabemos que llegará un día en el que la justicia se establecerá de una manera plena y perfecta. Toda maldad, lo que hemos llamado el mal moral, se corregirá. Pero también nos permite ser amables, perdonar, y abstenernos de la venganza y la violencia. ¿Por qué? Si no estamos seguros de que habrá un juicio final, cuando nos veamos perjudicados sentiremos una compulsión casi irresistible de tomar la espada y atacar a los malhechores. Pero si sabemos que nadie se saldrá con la suya, y que al final todos los males serán reparados, entonces podemos vivir en paz.

Creer en el juicio final nos impide ser demasiado pasivos o demasiado violentos en nuestra búsqueda de la verdad y la justicia.

La doctrina del juicio final nos advierte que no tenemos ni el conocimiento para saber exactamente lo que la gente merece, ni el derecho de aplicar castigos cuando nosotros mismos somos pecadores (Ro. 2:1-16, 12:17-21). Así que creer en el juicio final nos impide ser demasiado pasivos o demasiado violentos en nuestra búsqueda de la verdad y la justicia.

Pero el consuelo más profundo para quienes sufren se encuentra al otro lado del juicio final. Peter van Inwagen escribe:

“Llegará el momento en que no habrá más sufrimiento inmerecido, y así será por toda la eternidad: esta oscuridad presente, ‘la era del mal’, será recordada como un breve parpadeo al comienzo de la historia humana. Todo mal hecho por los malvados a los inocentes se habrá vengado, y cada lágrima habrá sido enjugada”.

No tenemos una explicación totalmente satisfactoria que muestre por completo por qué Dios está justificado al permitir el mal. Sin embargo, la doctrina cristiana de la resurrección y la renovación del mundo (cuando todas las promesas e implicaciones bíblicas son sopesadas y comprendidas) se acerca más que cualquier explicación que tengamos. La resurrección del cuerpo significa que no solo recibiremos un consuelo por la vida que hemos perdido, sino que esa vida será restaurada. No solo obtenemos los cuerpos y las vidas que tuvimos, sino los cuerpos y las vidas que deseábamos pero que nunca antes habíamos recibido. Obtenemos una vida gloriosa, perfecta e inimaginablemente plena en un mundo material renovado.

A menudo podemos ver cómo las cosas malas “ayudan a bien” (Ro. 8:28, RV60). El problema es que solo logramos verlo en ocasiones, en un número limitado de casos. Pero ¿por qué no podría ser que Dios haya permitido el mal porque nos conducirá a una gloria y a un gozo muy superiores a los que hubiéramos obtenido de cualquier otra manera? ¿No es posible que la gloria y la alegría que experimentaremos en el futuro sean infinitamente mayores a lo que hubieran sido si no existiera la maldad? ¿Y qué si ese mundo futuro de alguna manera fuera mejor por haber sido quebrantado? Si tal es el caso, eso realmente significa la completa derrota del mal. El mal no sería simplemente un obstáculo para nuestra belleza y dicha, sino que las habría mejorado. El mal lograría lo contrario de lo que pretendía.

¿Cómo podría suceder esto? En el nivel más elemental, sabemos que solo puede haber valentía si hay peligro. Y, fuera del pecado y el mal, nunca contemplaríamos la valentía de Dios, ni el asombroso alcance de su amor, ni la gloria de una deidad que deja de lado su gloria y se dirige a la cruz. En esta vida, la idea de la gloria de Dios nos parece bastante remota y abstracta. Pero debemos percatarnos de que los mejores deleites que hemos tenido alguna vez —en la belleza de un paisaje, en el placer de la comida, o en un abrazo amoroso— son como gotas de rocío en comparación con el océano de alegría infinita que tendremos al ver a Dios cara a cara (1 Jn. 3:1-3). Eso anhelamos, nada menos. Y según la Biblia, nuestro disfrute de esa gloriosa belleza es infinitamente mayor gracias a que Cristo nos ha redimido del mal y de la muerte. Se nos dice que los ángeles anhelan contemplar el poder del evangelio, maravillados de lo que Jesús hizo en su encarnación y expiación (1 P. 1:12).

La resurrección del cuerpo significa que no solo recibiremos un consuelo por la vida que hemos perdido, sino que esa vida será restaurada.

Pablo dice de forma misteriosa que nosotros, los que conocemos a Cristo y el poder de Su resurrección, también “[participamos] en sus sufrimientos” (Fil 3:10-11). Alvin Plantinga menciona las enseñanzas de los teólogos reformados pasados, como Jonathan Edwards y Abraham Kuyper, quienes creían que gracias a nuestra caída y redención logramos un nivel de intimidad con Dios que no se puede recibir de ninguna otra manera. Y eso hace que los ángeles nos tengan envidia. ¿Y qué si en el futuro nos percatáramos de que así como Jesús no pudo haber mostrado esa gloria y ese amor de otra manera que no fuera a través de su sufrimiento, nosotros tampoco habríamos podido experimentar esa gloria, alegría y amor de otra manera que no fuera a través de un mundo de sufrimiento?

¿Y por qué no podría ser que nuestra gloria futura fuera tan grande que llegue a “devorar” el mal del pasado, no solo impidiendo que el recuerdo del mal oscurezca nuestros corazones, sino hasta usándolo para incrementar nuestra felicidad? La historia de fantasía de C. S. Lewis sobre el cielo y el infierno, El gran divorcio, describe al infierno y a todas las personas que lo habitan como microscópicamente pequeñas. Dice que cuando las personas están en la tierra creen que “ninguna bienaventuranza futura puede compensar” un caso particular de sufrimiento, “sin saber que el cielo, una vez alcanzado, convertirá esa agonía en gloria”. Es la misma idea que quiso transmitir J. R. R. Tolkien cuando visualizó ese momento en el que “todo lo triste se vuelve irrealidad”. Esta es una manera en que la realidad del juicio final y la restauración de todas las cosas nos da consuelo y valor.


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Imagen: Lightstock.
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