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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Una vida fiel (Grupo Nelson, 2020), por John MacArthur.

Pablo (Saulo de Tarso) era un rabino muy respetado, con educación formal, nacido en familia de fariseos de quienes heredó sus tradiciones. Él era ciudadano romano, experimentado viajero, distinguido erudito legal que nació en Tarso; fue educado en Jerusalén a los pies de Gamaliel (Hch. 22:3),[1] y estaba lleno de celo; era un hebreo de hebreos (Fil. 3:4).

Antes de su encuentro con el Cristo resucitado, Saulo de Tarso despreciaba cualquier desafío a las tradiciones de los fariseos. En su primera mención, la Biblia lo describe como “un joven” reacio y hostil a la fe de los seguidores de Jesús que preside el apedreamiento de Esteban, primer mártir cristiano (Hch. 7:58).

Pablo: fiel al llamado de su Señor

Al dar su testimonio años después, Pablo confesó cómo atacó a la iglesia (Hch. 26:10-11). Que él tuviera voto en tales asuntos sugiere que era miembro del Sanedrín. Sin embargo, después de su conversión, Pablo fue un hombre distinto. Él rechazaba cualquier pretensión de superioridad o que la sabiduría humana pudiera añadir valor a la predicación del evangelio. Se oponía a cualquier sugerencia de que la elocuencia y la erudición pudieran mejorar el poder inherente del evangelio (1 Co. 2:1-5).

Pablo rechazaba cualquier pretensión de superioridad o que la sabiduría humana pudiera añadir valor a la predicación del evangelio

En Filipenses, Pablo enumera algunos de sus logros para refutar las afirmaciones de algunos falsos maestros, y después añadió: “… [ese cúmulo de logros] lo tengo por basura (literalmente, estiércol), para ganar a Cristo” (Fil. 3:7-8). Aun así, el sobresaliente intelecto de Pablo es obvio en el modo en que trabajaba y en lo que escribía. Todo lo hacía para honra de su Señor (1 Co. 10:31).

Pablo: fiel defensor de su Señor

Pablo dialogó con los filósofos de la élite en Atenas y también se mantuvo firme en tribunales de la realeza, donde su vida peligraba. Él deseaba estar ante el trono del Capitolio Romano, dar su testimonio en presencia de César, y así predicar el evangelio al gobernador más poderoso del mundo.

De todos los apóstoles, Pablo era el más decidido en guardar la pureza, la precisión, y la claridad del mensaje del evangelio. Cristo lo designó de modo único para ese propósito: “la defensa y confirmación del evangelio”, y él aceptó ese papel. Pablo escribió: “estoy puesto para la defensa del evangelio” (Fil. 1:7, 17).

Cuando Pablo hablaba del evangelio con frecuencia se refería a él como “mi evangelio” (Ro. 2:16; 16:25; 2 Tim. 2:8). Pablo de ninguna manera se estaba apropiando de mérito alguno por el evangelio ni declarando una posesión privada de él; nunca se le ocurrió cuestionar el origen divino del evangelio.

Pablo confrontó enérgicamente la sugerencia de que haya más de un evangelio. Él instruyó con firmeza a las iglesias en Galacia (Gá. 1:8); y para enfatizar, repitió la maldición en la siguiente frase: “Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno les predica diferente evangelio del que han recibido, sea anatema” (Gá. 1:9).

Pablo: fiel predicador del evangelio

Cada una de las epístolas de Pablo en el Nuevo Testamento defiende y aclara algún punto crucial de doctrina pertinente al mensaje del evangelio. La verdad del evangelio impregna todo lo que Pablo escribió. El evangelio estaba en el centro de sus pensamientos en todo momento y eso era deliberado. Él escribió:

  • “Me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Co. 9:16).
  • “Pues me propuse no saber entre ustedes cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (1 Co. 2:2).
  • “Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo” (Gá. 6:14).
  • “Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciarles el evangelio” (Ro. 1:15).

La verdad del evangelio impregna todo lo que Pablo escribió. El evangelio estaba en el centro de sus pensamientos en todo momento y eso era deliberado

Sin menoscabar el ministerio de los personajes del Nuevo Testamento, nadie hizo más que Pablo para difundir el evangelio por todo el Imperio romano. Lucas hizo una crónica detallada de los tres viajes misioneros de Pablo en el libro de Hechos. Comenzando en Hechos 13, Pablo se convierte en la figura central, y el registro que hace Lucas del ministerio de Pablo es impresionante.

La influencia de Pablo era profunda. Predicó el evangelio, plantó iglesias, y dejó nuevos creyentes tras su estela sin importar dónde fuera: desde la tierra de Israel, por todo el Asia Menor, en Grecia, pasando por Malta, Sicilia, y finalmente Roma. Y a la vez que hacía todo eso escribió más epístolas del Nuevo Testamento que cualquier otro autor.

Pablo: fiel hasta el fin

Si Pablo no hubiera sido un hombre de fe tan profunda, podría haber muerto sintiéndose solo y abandonado. Es probable que él no llegara a entender cuán profunda sería su influencia. Pero no murió desalentado; sabía que la verdad del evangelio triunfaría al final. En el ocaso de su vida, él escribió:

“Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida”, 2 Timoteo 4:6-8.

Según la tradición, no mucho después de haber escrito esas palabras, los soldados romanos llevaron a Pablo a un lugar de ejecución donde sería decapitado por causa de Cristo. Incluso en la muerte, el apóstol triunfó. Él sabía que estar ausente del cuerpo es estar presente con el Señor (2 Co. 5:8). Al terminar su estadía en esta tierra, con el destello de una espada romana, Pablo fue conducido a la presencia de su Salvador. Allí fue sin duda recibido con estas palabras: “Bien, buen siervo y fiel. Entra en el gozo de tu Señor”.


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[1] En aquel tiempo no había un erudito hebreo más venerado que Gamaliel, y Saulo de Tarso recibió formación a sus pies; por lo tanto, las credenciales académicas del apóstol eran impresionantes en todos los aspectos.
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