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Nota del editor: 

Este artículo es un fragmento adaptado del ebook Tres días que cambiaron la historia: Del huerto a la tumba vacía, escrito por el pastor Sugel Michelén. Descarga gratis este recurso haciendo clic en el enlace.

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Jesús fue crucificado a la hora tercera (Mr 15:25), es decir, a las nueve de la mañana según la forma en que los judíos contaban las horas. Fue alrededor de las doce del mediodía, cuando el sol está en su punto más alto, que «hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena» (v. 33). Esta expresión puede significar todo el planeta, o de manera más particular toda la tierra de Israel, que creo es la opción más probable aquí.

Esto no fue un eclipse solar, porque en el tiempo de la Pascua había luna llena y este tipo de eclipses solo se producen cuando hay luna nueva (además, ningún eclipse natural dura tres horas). Esta fue una oscuridad sobrenatural. Fue causada por Dios para mostrarnos a través de un fenómeno visible lo que sucedía a nivel espiritual cuando nuestro Señor Jesucristo daba Su vida en la cruz. ¿Qué es lo que Dios quería mostrar a través de estas tinieblas?

En las Escrituras, la oscuridad muchas veces se asocia con el juicio de Dios contra el pecado. Jesús se refiere al infierno como «las tinieblas de afuera» (Mt 8:12). Hay muchos textos de la Biblia donde vemos esa conexión entre la oscuridad y el justo juicio de Dios por causa del pecado. Hablando del día del Señor, que es un día de juicio y castigo para el mundo incrédulo, el profeta Amós dice: «¡Ay de los que ansían el día del SEÑOR! ¿De qué les servirá el día del SEÑOR?… ¿No será tinieblas el día del SEÑOR, y no luz, oscuridad, y no resplandor?» (Am 5:18-20). Sofonías también declara: «Cercano está el gran día del SEÑOR, cercano y muy próximo… Día de ira aquel día, día de congoja y de angustia, día de destrucción y desolación, día de tinieblas y densas sombras, día nublado y de densa oscuridad» (Sof 1:14-15).

Dios cubrió la tierra con este manto de oscuridad para mostrarnos en una forma física lo que ocurría a nivel espiritual en esa cruz

Tal vez la conexión más significativa en las Escrituras, con estas tinieblas que arroparon la tierra durante la crucifixión, es la que encontramos en el éxodo, cuando Dios juzgó al faraón y a todo Egipto por medio de diez plagas. Antes de la muerte de los primogénitos, Dios envió una densa oscuridad sobre toda la tierra de Egipto que duró tres días (Ex 10:21). Es justo después de ese tiempo de oscuridad que Dios estableció la fiesta de la Pascua, en la que los judíos debían sacrificar un cordero «entre las dos tardes» (Ex 12:6, traducción literal), es decir, alrededor de las tres de la tarde. Ese cordero era el sustituto a través del cual era preservada la vida de los primogénitos que habrían de morir esa noche.

Así que el tiempo de tres horas de oscuridad en el calvario está relacionado íntimamente con las tinieblas que cubrieron la tierra de Egipto por tres días, en ese momento en que el verdadero Cordero Pascual fue inmolado y sacrificado en el altar de la cruz. De hecho, Marcos nos dice más adelante que nuestro Señor Jesucristo expiró a la hora novena, es decir, alrededor de las tres de la tarde, a la misma hora en que era sacrificado el cordero de la Pascua. Dios cubrió la tierra con este manto de oscuridad para mostrarnos en una forma física lo que ocurría a nivel espiritual en esa cruz. Cristo estaba allí como nuestro sustituto, recibiendo todo el peso de la justa ira de Dios que merecían nuestros pecados para que pudiéramos ser absueltos en el tribunal de Dios.

Es por eso que Juan el Bautista se refiere al Señor como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1:29). Cristo fue a la cruz para ser sacrificado como un Cordero. Él fue hecho pecado por nosotros (2 Co 5:21). «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz» (1 P 2:24). Esa es la esencia del evangelio: «que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (1 Co 15:3).

Dios anunció esto con cientos de años de anticipación, para no dejar ninguna duda sobre la identidad mesiánica de Jesús. Considera lo que algunos han llamado el «Evangelio según Isaías», en Isaías 53, escrito setecientos años antes del nacimiento de Cristo. No solo describe con detalle la agonía del calvario, sino que también nos ofrece la mejor exégesis en las Escrituras de lo que realmente sucedió en esa cruz. Él «fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades… Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero el SEÑOR hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros» (vv. 5-6).

Nuestro Señor y Salvador bebió la copa de la ira santa y justa de Dios, sin una gota de misericordia, para que los creyentes podamos disfrutar de la copa de la salvación, sin una gota de ira

No fue por Sus iniquidades que Jesús fue a la cruz, porque no tenía ninguna. Él era inocente, pero aún así Dios quiso «quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento… Por Su conocimiento, el Justo, Mi Siervo, justificará a muchos, y cargará las iniquidades de ellos» (v. 10-11). Él era un Siervo justo, pero aún así tenía que ser quebrantado y sometido a padecimientos para poder justificar a muchos cargando con sus pecados (v. 12). Eso fue lo que sucedió este viernes en la tarde, cuando la tierra se cubrió de oscuridad. El Cordero de Dios fue inmolado en el altar de la cruz; sufrió en esas tres horas el infierno eterno de todos aquellos que habrían de ser salvos a través de la historia. Cristo, nuestra pascua, fue sacrificado por nosotros (1 Co 5:7).

Dios no estaba ausente del Calvario. Él estaba allí como el Juez del universo, juzgando y castigando nuestros pecados en la cruz. Al mismo tiempo, daba una muestra de amor incomprensible hacia todos aquellos que Él eligió para salvación desde antes de la fundación del mundo. Como dice John Stott: «El amor divino triunfó sobre la ira divina mediante el propio sacrificio divino. La cruz fue un acto simultáneamente de castigo y amnistía, de severidad y gracia, de justicia y misericordia».

Nuestro Señor y Salvador bebió la copa de la ira santa y justa de Dios, sin una gota de misericordia, para que los creyentes podamos disfrutar de la copa de la salvación, sin una gota de ira. Él sufrió el desamparo del Padre para que podamos disfrutar hoy la bendición de ser recibidos y adoptados en la familia de la fe.

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