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Mi abuelita me dijo una vez: «hay que orar por los enemigos mija… a más de alguno le caemos mal. Quizás uno no lo sepa, pero es así y hay que pedir por ellos». Fue tan bueno tener una abuela sencilla y sabia; gracias Señor. Ella tenía razón, así que heme aquí.

Como tantas otras oraciones que no «siento», esta pequeña oración también es una declaración de que te necesito y confío en que Tus maneras son superiores a las mías, por mucho.

Ayúdame a pronunciar estas palabras con honestidad y asombro reverente, pues Tú lo sabes todo y eres el único capaz de hacerme desear el bien de quienes deseo evitar con cada centímetro de mi carne. Solo Tú en mí, Jesús.[1]

¿En qué punto me convertí en esta mujer con algunas relaciones complicadas de finales suspendidos? Hazme más consciente de las pequeñas zorras que arruinan grandes sembradíos.[2]

Señor, hazme más consciente de los trazos divisorios que yo misma dibujé, para asumir mi responsabilidad y darte la gloria cuando tome los pasos prudentes y necesarios hacia la reconciliación. Pero que no olvide que permitir el pecado en cualquiera de sus formas nunca es amor.[3]

Necesito tanto Tu mano sobre mi mente y corazón; solo Tu mano poderosa puede dirigirme hacia el discernimiento. Gracias por darme palabras para nombrar mis experiencias y distinguir lo que estuvo o está mal. ¡Ayúdame! ¡Te lo imploro! Ayúdame a no usar mi dolor para construir armas que hagan más daño del que me hicieron primero.

Mi Señor y Dios, recuérdame que todos tenemos una historia detrás y que la gente que más daño hace es la que, muy posiblemente, más sufrió en manos de quienes debieron protegerlos. Dame Tu corazón y Tus ojos para verlos con compasión y ternura.

Bendice a los que se alegran de mis desdichas y percances; guarda a sus hijos, cuida sus negocios, dales salud en sus cuerpos. Que tus cuidados les enternezcan para que comprendan que ninguno de nosotros merece algo más que la muerte.[4]

Te ruego que los rodees de pequeños ríos de amor que desemboquen en sus vidas hasta inundarlos para que, como sabes hacer, derritas su dureza y obstinación hasta dejarlos transformados, humildes y felices de regresar sobre sus pasos para pedir perdón y restituir lo restituible.

Y vez tras vez, vuelve mi mirada hacia Ti, Jesús, porque Tú eres mi meta. Ayúdame a ver que mi mayor enemigo no está afuera.[5] Te necesito para reconocer que el peligro más fuerte es el que me habita, me ciega, me hace minimizar lo que te ofende, agranda mis razones y me aleja de Tus pies, Señor.

Perdona mi negligencia e indiferencia hacia ese grupo de personas que me has ordenado amar; que me has modelado para amar.[6] Perdona mi incredulidad y mi propia dureza. Bendice a mis enemigos y bendíceme porque seguramente alguien más me ve como enemiga. Bendíceme en lo íntimo del corazón Señor, que es de lo que rendiré cuentas; en lo secreto, hazme conocer sabiduría.[7]

Recuérdame que eres la verdad y la vida.[8] Tú ejecutarás perfectamente toda la justicia necesaria y ese día seremos por fin libres de todo malentendido egoísta.[9]

Gracias por dirigirme hasta el trono de la gracia y calmar mis ardores con Tu ungüento de amor y verdad.10

En el nombre de Jesús, nuestro Señor y salvador, amén.


[1] Col 1
[2] Cnt 2:15
[3] Pr 27:5
[4] Ro 5:10-12
[5] Mr 7:18-20
[6] Mt 5:44
[7] Sal 51
[8] Jn 14:6
[9] Ro 12:19
[10] Heb 4:16
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