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“Hace tiempo, pero no hace mucho…”, decía él. Estudiábamos juntos en la escuela dominical. A mis 26 años, yo era quien enseñaba. A sus 71 años, él era quien aprendía.

El grupo estaba compuesto por jóvenes, adultos, y ancianos. Llevábamos a casa un material estudiar y tomar notas, y nos reuníamos una vez por semana para enriquecernos unos a otros sobre el tema aprendido. Al final de la clase, teníamos un pequeño examen escrito.

Los jóvenes preguntando, los adultos respondiendo, y —al principio— los ancianos en silencio. Ancianos que querían aprender la verdad del evangelio; que humildemente decidieron escuchar al joven adulto de 26 años al frente. No querían hablar primero, ni opinar hasta que alguien más ya lo hubiera hecho.

Yo estaba confundido. Quise tratarlos como a los demás. Al principio creí que quizá no tenían una actitud participativa. Los exámenes escritos eran lo más complicado para ellos: se quedaban hasta el final con la hoja en blanco, sin contestar.

Compartí con otro maestro mis observaciones, y me animó a buscar una mejor manera de ayudarles. Empecé a aplicar sus exámenes de manera oral, reuniéndome con un grupo de solo adultos mayores y ancianos.

Caminando con propósito

Me di cuenta que en realidad ellos no solo estaban aprendiendo la verdad del evangelio, sino también compartiéndola. Hablaban de ella principalmente en su casa, con sus hijos y nietos, con su nuera y su yerno. Se podía ver que el proclamar lo que estaban aprendiendo acerca de Dios los llenaba de vigor y de fortaleza. Sus hijos decían que veían en sus padres nuevas ganas de vivir.

Cuando Dios es el propósito de tu vida, el camino está verdaderamente lleno de metas y sentido… sin importar la edad que tengas. Estos ancianos encontraron en el evangelio de Jesucristo la razón para no desperdiciar su vida simplemente esperando sentados en una mecedora. Ellos escucharon la misión que Dios tiene y a la cual los invitó a participar.

Ellos habían vivido para sí mismos, para el deporte, la escuela, el trabajo, los hijos y nietos. Habían experimentado los placeres de este mundo. Pero reconocieron que todo eso fue vanidad, sin sentido, sin valor. Yacían fuera de su casa en una mecedora, bajo un árbol, tratando de no estorbar a la siguiente generación.

Pero Dios, que los escogió desde antes de la fundación del mundo, les concedió el arrepentirse. Y ya no están simplemente esperando el tiempo de partir: están invirtiendo cada minuto que les resta para llevar la verdad del evangelio a donde quiera que van. Unos mientras venden frutas, otros mientras cuidan a su familia, otros que no salen de hospitales, otros que dirigen grupos para la tercera edad. En cada uno de estos lugares, ellos viven para un propósito eterno.

El tiempo pasado ya es suficiente

Ese hombre de 71 años apenas empezaba a vivir. Le dije, “Hace tiempo, pero no hace mucho, usted vivía una vida totalmente muy diferente”. Él sonrió, me abrazó, y siguió su camino.

Como dijo el apóstol Pedro, “Porque el tiempo ya pasado les es suficiente para haber hecho lo que agrada a los Gentiles”, 1 Pedro ‭4:3‬.

Vivamos pues el tiempo que resta por su gracia para la voluntad de Dios. No importa si eres joven o anciano; siempre que estés con vida podrás hacer el propósito de Dios en esta tierra, mientras rindas tu voluntad a la de Él.


Imagen: Lightstock
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