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Fuimos creados a la imagen de Dios y hemos de reflejar su naturaleza, pero ¿cuánto le conocemos para poder llevar a cabo ese proceso?

Las autoras de Por amor de su Nombre: Un estudio bíblico de los nombres hebreos de Dios (B&H en Español, 2021), Catherine Scheraldi y Jeanine Martínez, nos hablan de algunas de las características de nuestro Dios.

Estas son 20 frases destacadas que encontré en mi lectura de este recurso:


Cada uno de los nombres de Dios simboliza un aspecto de su carácter multifacético (p. 11).

El-Shaddai es el omnipotente, el único capaz y poderoso para hacer todas las cosas en cualquier tiempo y siempre lo hace bien. Él es majestuoso y Su poder es absoluto (p. 28).

Al referirnos a Dios como El-Elyon, implica que Él es lo más sublime que existe; el soberano de todos los reinos (p. 33).

El señorío no solo significa que Dios es dueño de todo, sino también que Él exige nuestra sumisión total, porque es nuestro Señor (p. 57).

Cuando Dios nos pide hacer algo y nos rehusamos, esto no es una señal de humildad ni una evaluación correcta de nosotras, sino una falta de fe en su Nombre (p. 60).

El significado de Yahvé es «YO SOY EL QUE SOY», el autosuficiente, el que siempre ha existido y existirá, el que se revela sin cesar (p. 73).

Él es nuestro Shaddai, el Todopoderoso. Debemos vivir pendientes de la orquestación de sus planes en medio de lo que nos acontece (p. 77).

Como Elohim estaba presente antes de todo y Él creó todo lo que llegó a ser, puede deducirse, entonces, que Él es eterno (p. 85).

Si confiamos en Cristo para nuestra seguridad eterna, ¿no crees que podemos confiar en Él en nuestra existencia terrenal? (p. 102).

Escuchar Su voz requiere someternos a lo que Él pide, actuar en obediencia y aplicar lo que nos manda, aun si fuera en contra de nuestra voluntad (p. 120).

Conocer y tener la libertad de ser declaradas justas por Dios es lo que nos mueve e inspira a honrarlo por amor y a ser rectas (p. 153).

«El Señor pelea por nosotras»: Un problema con la victoria se da cuando olvidamos quien peleó, quien la logró y a quién le debemos la fidelidad, gloria y agradecimiento (p. 157).

«El Señor es mi estandarte» representa el único lugar seguro, la única identidad segura para el pueblo y los hijos de Dios: Dios mismo (p. 158).

El estándar fue dado y como no podríamos cumplirlo nunca, Dios entrega juntamente la forma de resolver el problema del pecado. Esa forma apuntaba al nombre de Jesús (p. 167).

El nombre santo de Dios es glorificado en la santidad y fidelidad del ser humano (p. 171).

Este Dios que tiene un nombre eterno también promete «ser y estar». Él «es» autoexistente y autosuficiente, nada ni nadie lo sostiene (p. 193).

El celo de Dios, a diferencia del nuestro, no es pecaminoso ni egoísta, sino que se basa en el amor inagotable que tiene por su grey (p. 223).

La omnisciencia y la omnipresencia de Dios lo hacen testigo de todo pecado que ha sido y será cometido sobre esta tierra (p. 233).

Lo que el ser humano piensa para mal Dios lo usa para bien. Toda autoridad terrenal está a Su merced (p. 251).

Cristo es preeminente y Su persona, autosuficiente. Por eso, Él nos puede sostener por su nombre eterno (p. 279).

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