No uses el “llamado” para evitar el servicio

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste una invitación en tu iglesia para servir a un grupo particular de personas? Tal vez este verano hayas escuchado invitaciones para servir en la escuela bíblica de vacaciones para niños; o en el invierno, para servir a personas sin hogar; o en el otoño, para considerar convertirte en maestro juvenil o líder de grupos pequeños.

Cuántos de nosotros hemos escuchado estos llamados para servir en algún área de la iglesia, y hemos pensado: “Oh, yo no tengo talento en esa área o no he sido llamado para servir a esas personas”. ¡Debemos tener mucho cuidado con este tipo de pensamiento!

Si bien existen razones legítimas para decir “no” a una solicitud para servir a un determinado grupo, usar el “llamado” como una excusa puede ser peligroso. Básicamente estamos poniendo nuestra propia percepción del “llamamiento”, por encima del llamado de Dios a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mr. 12:30–31).

Cómo malinterpretamos el llamado

Para muchos cristianos de hoy, el “llamado” se ha convertido en algo sagrado que va más allá de un trabajo o profesión en particular; ahora es una forma de hablar sobre nuestro destino y el propósito último de nuestras vidas. Como resultado, cualquier cosa que no se ajuste directamente a este marco se considera un obstáculo.

Pero en la Biblia, el llamado de Dios a menudo funciona a través de desvíos y giros repentinos. Dios llamó a muchas personas de maneras en que probablemente ellas sentían que sus destinos estaban siendo desarraigados.

En la Biblia, el llamado de Dios a menudo funciona a través de desvíos y giros repentinos.

Abraham vivía feliz con su familia cuando Dios lo llamó para empacar y partir (Gn. 12:1–4). Moisés había huido de Egipto y estaba cómodo como pastor, con una esposa y dos hijos. Luego se encontró con un arbusto en llamas a la edad avanzada de 80 años (Ex. 3:1-6). David era un pastor, hasta que el profeta Samuel vino y lo ungió como rey (1 Sa. 16:11-13). María era una mujer comprometida que quedó embarazada con el Hijo de Dios (Mt. 1:18-19). Pablo persiguió a los cristianos antes de que Dios cambiara su vida, y él mismo fuera perseguido por Cristo (Hch. 9:1-16).

En cada caso, Dios llamó a alguien fuera del camino en el que sentían que estaban. ¿Imaginas si alguno de ellos hubiera dicho: “No, eso no es parte de mi vocación”, en lugar de recibir ese llamado en obediencia?

La gloria de Dios, no la nuestra

El Señor tiene la costumbre de llevar a las personas a donde nunca esperaron que fueran, y no para la gloria de ellas, sino para la de Él. Considera lo que dice Hebreos 10:24-25:

Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.

El autor de Hebreos nos ayuda a entender correctamente la comunidad bíblica. La iglesia no existe para ayudarnos a alcanzar nuestro propósito. No nos reunimos para obtener habilidades claves, y luego agregarlas a nuestro currículum de trabajo. Nos reunimos para alentar y servir.

No somos llamados a usar a personas en nuestra iglesia para nuestra propia gloria, sino a servirles para la gloria de Dios. En lugar de usar la idea de “llamado” y “dones” para poner excusas por las que no podemos servir a un grupo de miembros de la iglesia, deberíamos exhortarnos unos a otros a tomar riesgos al amar y servir a los demás, incluso cuando nos salimos de nuestra zona de confort.

No somos llamados a usar a personas en nuestra iglesia para nuestra gloria, sino a servirles para la gloria de Dios.

Es cierto que esto a veces es más fácil en iglesias pequeñas y nuevas plantaciones, donde los miembros deben usar múltiples “sombreros”, y llenar los vacíos donde abundan las necesidades. Por ejemplo, alguien del equipo de adoración también puede ayudar en el ministerio de niños o grupos pequeños. Todos están dispuestos a poner manos a la obra. Por el contrario, las iglesias más grandes y los ministerios donde abundan los recursos, suelen ofrecer más opciones y variedad de oportunidades de servicio, y a menudo alientan a las personas a servir donde más les apasiona. En estos contextos, la tentación de encontrar el “lugar ideal” para servir es más prevalente.

El valor de servir en la debilidad

El fallecido Jean Vanier, fundador de L’Arche International, pasó la última parte de su vida dedicada a brindar amor y comunidad a las personas discapacitadas que han sido olvidadas por la sociedad. Él dijo esto sobre la comunidad:

La comunidad es el lugar donde descubrimos nuestras propias fragilidades, heridas e incapacidades para amar; donde se nos revelan nuestras limitaciones, nuestros miedos y nuestro egoísmo. No podemos alejarnos de lo negativo en nosotros mismos. Tenemos que enfrentarlo. Entonces, la vida comunitaria trae una revelación dolorosa de nuestras limitaciones, debilidades y oscuridad, y el descubrimiento inesperado de los monstruos dentro de nosotros.

Esto es lo hermoso y lo difícil de la comunidad. Revela nuestras propias limitaciones y debilidades. Pero en lugar de evitar esto utilizando el “llamado” como excusa, quizá deberíamos reconocer que servir en áreas incómodas es nuestra verdadera vocación. Así es como crecemos como siervos cristianos. Servir fuera de tu zona de confort expondrá las debilidades de tal manera que te llevará a presentarte ante el Señor, reconociendo que necesitas desesperadamente de su ayuda. Esto es lo que Dios quiere para nosotros: no ser afirmados en nuestra fuerza, sino depender de la suya. Su fuerza se manifiesta gloriosamente en nuestra debilidad. Cuando podemos servir y ministrar eficazmente, se nos recuerda que no fue por nuestra fuerza, sino por Dios y para su gloria.

Servir fuera de tu zona de confort expondrá las debilidades de tal manera que te llevará a presentarte ante el Señor, reconociendo que necesitas desesperadamente de su ayuda.

Un llamado más alto

Aprendí esta lección recientemente mientras me preparaba para dirigir por varios días el programa de primaria en nuestra iglesia. Siempre evité trabajar con niños pequeños porque nunca me sentí “llamado” a este grupo en particular. Pero no tuve elección esta vez. Me sentí fuera de lugar durante todo el programa de 90 minutos. Preguntas, dudas y oraciones pasaban por mi mente todas las noches: ¿Cómo animo a los niños a cantar sin ningún instrumento? Están acostumbrados a cantar con movimientos de manos, pero no sé ninguno; ¿Debería inventarme algo? Oh Señor, por favor, dame la paciencia para ayudar a este niño –que parece no poder soltarse de mis piernas– a memorizar el pasaje de la Biblia. Tengo que enseñar los Diez Mandamientos; ¿Cómo les explico lo que significa el adulterio?

Pero incluso con esos pequeños momentos de pánico, aprecié cada momento de trabajo con ellos. Necesitaba una medida extra de alegría, paciencia, comprensión, y compasión, pero el Espíritu Santo nunca falló en entregar exactamente lo que necesitaba. En mi debilidad, vi la fortaleza del Señor.

La próxima vez que te pidan que ayudes en un ministerio que parece estar fuera de tu rango de habilidades, o que sirvas a un grupo de personas con las que no te sientes cómodo, no lo ignores simplemente porque piensas que no estás “dotado” o “llamado” para hacerlo. Más bien considéralo como una oportunidad para dar un paso de fe, y acercarte al Señor en tu debilidad. No lo veas como un desvío de tu vocación. Míralo como una invitación a ser usado por Dios en la manera como Él lo considere conveniente; como un llamado mucho más alto de lo que puedas soñar.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Fabio Rossi.
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