Tú no eres Dios, y eso es algo bueno

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“Ciertamente no morirán… ustedes serán como Dios”.

Génesis 3 llega como un balde de agua fría. En los primeros dos capítulos de la Biblia vemos a un Dios glorioso, que no tiene necesidad de nada y aun así se regocija en crear. Con su voz, Él llama al universo a existencia; con sus manos forma al hombre de la tierra. Pero esta maravillosa historia se arruina demasiado pronto. Para Adán y Eva la perfecta comunión con Dios no fue suficiente… ellos desearon ser iguales a Dios.

Es fácil decir que, en su lugar, nosotros no hubiéramos probado el fruto. Jamás hubiéramos creído la mentira. Lo difícil es admitir que, en realidad, creemos esa misma mentira todos los días.

“Los seres humanos que fueron creados para llevar la imagen de Dios quieren llegar a ser como Dios. Fuimos diseñados para reflejar Su gloria, pero escogemos competir con ella” (p. 21).

Dios es eterno, yo no. Dios es soberano, yo no. Dios es infinito, yo no. Es fácil decir: “¡Amén!”. Lo difícil es reconocer que todo esto es algo bueno. Lo difícil es reconocer cómo esto me lleva a adorar a Dios en medio de mi incapacidad. Lo difícil es descansar en el Señor al saber que yo no estaré siempre para mis hijos. Lo difícil es admitir que no puedo controlar cada detalle en un importante proyecto y recibir con alegría los imprevistos. Lo difícil es clamar en oración a Dios y pedir ayuda a mi prójimo cuando reconozco que mis fuerzas ya no alcanzan.

En su libro Nadie como Él, Jen Wilkin nos recuerda 10 maneras en que Dios es distinto a nosotros. No solo eso: Wilkin también nos muestra por qué el ser diferentes al Señor es algo bueno.

“Nos encanta pasarnos de la raya, exceder los límites y saltarnos la valla porque llevamos en nuestro interior la creencia distorsionada de que nuestro Padre celestial quiere privarnos de algo que es necesario o placentero. Aun cuando disfrutamos de Sus bendiciones, somos muy concientes de los límites que ha establecido, y cuestionamos su validez” (p. 20).

Muchos de nosotros estamos familiarizados con la idea de que los seres humanos fuimos creados a imagen de Dios (Gn. 1:26-27): fuimos hechos para reflejar al mundo su carácter. Sabemos que debemos ser transformados cada vez más para ser como Él: amorosos, compasivos, justos, santos, buenos, y misericordiosos. Lo que a veces se nos olvida es que, aunque fuimos creados para reflejar su gloria, no fuimos hechos para recibir la gloria.

“Debemos recuperar la verdad que fue oscurecida por la serpiente: en lugar de ser como Dios en Su divinidad ilimitada, somos llamados a ser como Dios dentro de los límites de nuestra humanidad. La única forma en que podremos llevar su imagen apropiadamente es aceptando nuestros límites” (p. 23).

¿De cuáles límites humanos estás consciente hoy, en medio de tus dificultades? ¿Cómo adorarás a Dios en medio de ellos? 


Imagen: Unsplash
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