Nada que perder | Reflexión

Jueces 8 – 9   y   Efesios 2 – 3

Una vez los árboles fueron a ungir un rey sobre ellos, y dijeron al olivo: “Reina sobre nosotros.” Mas el olivo les respondió:”¿He de dejar mi aceite con el cual se honra a Dios y a los hombres, para ir a ondear sobre los árboles?” Entonces los árboles dijeron a la higuera: “Ven, reina sobre nosotros.” Pero la higuera les respondió:”¿He de dejar mi dulzura y mi buen fruto, para ir a ondear sobre los árboles?” Después los árboles dijeron a la vid: “Ven tú, reina sobre nosotros.” Pero la vid les respondió:”¿He de dejar mi mosto, que alegra a Dios y a los hombres, para ir a ondear sobre los árboles?” Dijeron entonces todos los árboles a la zarza: “Ven tú, reina sobre nosotros.” Y la zarza dijo a los árboles: “Si en verdad me ungís por rey sobre vosotros, venid y refugiaos a mi sombra; y si no, salga fuego de la zarza y consuma los cedros del Líbano”, Jueces 9:8-15.

Sin dudar creo que el faraón más conocido por todos nosotros es Tutankhamón. Sin embargo, su fama es más producto de la coincidencia que de los logros del egipcio. Cuando Howard Carter encontró su milenaria tumba en 1922, se sorprendió al encontrarla intacta, lo que la convirtió inmediatamente en uno de los tesoros egipcios más célebres de la antigüedad. Pero, ¿qué sabemos de la persona y gobierno de Tutankhamón? Casi nada. Nació el 1354 a.C., ascendió al trono a los nueve años y murió muy joven a los dieciocho años. En su reinado no se cuentan acontecimientos ni obras relevantes. Peor aún, algunos egiptólogos concuerdan que murió producto de complicaciones provocadas por su obesidad, aunque otros aseguran que fue asesinado por su jefe militar. Toda la gloria del joven monarca estaba en su tumba y su vida parece que poco dejaba para desear.

En el texto del encabezado vemos a modo de fábula el reclamo de Jotam ante Israel por haber puesto a Abimelec por jefe. El olivo, la higuera y la vid, son árboles nobles y útiles, pero estaban tan ocupados en sus propios asuntos que difícilmente se podían ocupar del gobierno bosqueril. La zarza, en cambio, es un arbusto espinoso de corta vida, crece en lugares desérticos y no sirve para nada, y en tiempos de calor se seca y se enciende por auto-combustión… y paremos de contar sobre su desabrida existencia. Por eso, con tamaña propuesta… ¡la zarza no tenía nada que perder y mucho que ganar!… aunque los demás no ganen nada con ella.

La filosofía del “nada que perder” puebla todo el espectro de nuestras relaciones. En una sociedad que ha privilegiado los derechos a los deberes, estamos buscando siempre que se cumpla, en todo lo que hacemos, la “ley del mínimo esfuerzo”. Y como el que pide y pide poco está loco, entonces, nuestra poca o nada virtud debe proveer, por supuesto, el más grande beneficio. Pero (siempre hay un pero), esto actitud no es cristiana.

El Señor Jesucristo enseñó hasta la saciedad que seguirle a Él no era consecuencia del “nada que perder”, sino del entregarle todo a Él. Cualquiera que piense lo contrario no ha leído los Evangelios.  Pero (siempre hay otro pero), esta entrega es recíproca, ya que es producto de que Él mismo nunca nos consideró como algo que podía simplemente perder, sino como hombres y mujeres que eran valiosos para Él. Así lo testifica el apóstol Pablo: ” Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo…”, Efesios 2:4-5. La historia bíblica de redención del hombre nos cuenta que Jesucristo, siendo Dios, desestimó gobernar desde las alturas para venir en búsqueda de los que se estaban perdiendo. Él tenía “mucho que perder”, pero su ganancia estaba en el cumplimiento del deber y no en el reclamo de sus derechos. Por eso, “… y con El nos resucitó, y con El nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes riquezas de su gracia por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”, Efesios 2:6-7.

Muchos cristianos de hoy en día deberían ser recordados más como Tutankhamones que como cristianos. Desde sus “tumbas” hacen gala de sus tesoros, pero en sus vidas no hay nada relevante. Se les recuerda porque “ya no hacen esto o aquello” (como verdaderos muertos). Pero (aunque digan por allí que “no hay pero que valga”), en positivo no se les recuerda por nada que hayan hecho, o harán (total, están felizmente muertos). Son tan cristianos que quizás tienen “mucho que perder” si se alejan un centímetro de su metro cuadrado, piensen en lo que les pasaría si se les arruga el “traje de madera”.

Sin embargo, Jesucristo nos rescató cuando nosotros no teníamos ya más que perder. Estábamos condenados en nuestros propios fracasos y en nuestra rebeldía contra Dios, allí sí completamente muertos. Pero hubo un momento en que descubrimos su amor, y bebimos de él, y fuimos transformados y renacidos. Pero ese amor fue tan potente, que le hizo una brecha a nuestro corazón, para que se derrame (a través de nosotros) también ese mismo amor en la vida de otros.

Comprender el amor de Cristo es tarea fundamental en nuestro reflexionar como cristianos. Él no se quedó en la tumba y tampoco quiere que nosotros nos quedemos en ella. El Santo Sepulcro puede ser un lugar de peregrinación o de curiosidad cristiana, pero es la única tumba visitada en que el muerto todavía vive, y ¡vive y reina para siempre!

No vivamos ornamentando nuestra muerte, sino haciendo de nuestra vida un cántico de alabanza a la vida eterna y gloriosa que el Señor, por su amor, nos permite vivir aquí en la tierra. Es más fácil el “nada que perder” de los muertos que “dar el todo” de los vivos. Por eso, tomemos la oración de Pablo y hagámosla nuestra para pasar de Tutankhamón a Cristiano:

Por esta causa, pues, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra, que os conceda, conforme a las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior; de manera que Cristo more por la fe en vuestros corazones; y que arraigados y cimentados en amor, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que seáis llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios.

Y a aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a El sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén”, Efesios 3:14-21.

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