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Recuerdo la primera vez que leí 2 Samuel, capítulo 6. Allí encontré la historia de la muerte de Uza al tocar el arca del Señor cuando ella era trasladada a Jerusalén. Fue un pasaje que tuve que releer una y otra vez porque me costaba entenderlo, al preguntarme la razón de la muerte de este hombre:

“David y toda la casa de Israel se regocijaban delante del Señor con toda clase de instrumentos hechos de madera de abeto, y con liras, arpas, panderos, castañuelas y címbalos. Pero cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió la mano hacia el arca de Dios, y la sostuvo porque los bueyes casi la volcaron. Y se encendió la ira del Señor contra Uza, y Dios lo hirió allí por su irreverencia; y allí murió junto al arca de Dios” (2 Samuel 6:5-7).

Esta breve historia no está para que la pasemos por alto. Ella sirve como una señal de “pare” en una intersección congestionada. En su contexto, en el que David por fin es rey, parece que el narrador del relato quiere que nos detengamos y nos preguntemos sobre la ira de Dios contra Uza.

Recordando lo que Dios habló antes

A primera vista, nos puede resultar fácil cuestionar primero el obrar del Señor, antes de cuestionar y condenar el obrar de Uza. Por esa razón necesitamos tener en mente la adoración que se narra en el resto del pasaje y lo que el Señor habló antes a su pueblo.

En 2 Samuel 6, Israel por fin recupera el arca de Dios y “toda la casa de Israel se regocijaba delante del Señor con toda clase de instrumentos…” (2 Sam. 6:5). Podríamos decir que tenían un servicio de adoración en donde se gozaban en Dios. En ese contexto, el narrador nos da a entender que lo que sigue está conectado con la adoración al Señor que el pueblo realiza.

Si ellos están adorando a Dios mientras mueven el arca, tiene sentido que antes de hacer cualquier cosa ellos se pregunten si Él les ha dado instrucciones sobre cómo debe ser adorado, lo que cual hizo por medio de Moisés (Núm. 1:51; 4:1–33).

Pensamos que debemos decirle a Dios cómo debe ser adorado, en vez de adorarle como Él ha dicho.

Israel debía saber que solo los hijos de Coat podían llevar sobre sus hombros el arca de Dios al trasladarla (Núm. 7:6–9). Estos hombres tenían que ser santificados para eso (como hicieron más tarde en 1 Cr. 15:13–15). El rey David también debía saber estas instrucciones (Deut. 17:18–20).

Conociendo eso, sabemos que Uza pecó al tocar inapropiadamente el arca de Dios y desobedecer el mandato del Señor. Dios no se enoja o responde con ira sin dar primero instrucciones a su pueblo. Nuestro problema es que pensamos que debemos decirle a Dios cómo debe ser adorado, en vez de adorarle como Él ha dicho. Dios había dicho cuáles manos podían sostener el arca, ¿qué llevó a Uza a pensar que sus manos serían más limpias que la tierra del arca caer al suelo?

Aquí se nos enseña que la verdadera adoración es conforme a la Palabra de Dios. En esta historia vemos la santidad de Dios que trasciende todo lo creado porque Él es Perfecto y no puede tolerar el pecado.

Una historia para pensar en la santidad de Dios

La historia de Uza nos debe llevar a pensar en actitudes y acciones que consideramos “buenas”, pero que delante de la santidad de Dios no lo son. Por ejemplo, ¿cómo controlamos nuestros impulsos que a primera vista pueden ser correctos, pero cuando nos detenemos a evaluarlos nos damos cuenta de que no están conforme a la voluntad del Dios santo?

La misma santidad que nos separa de Dios, es la que ha hecho que Él se acerque a nosotros en su Hijo Jesús.

La buena noticia es que la misma santidad que nos separa de Dios, es la que ha hecho que Él se acerque a nosotros en su Hijo Jesús. Todos los creyentes venimos a Dios sabiendo que Él es Santo y que hemos pecado contra Él por querer vivir nuestra vida conforme a nuestros planes y no los suyos. ¡Cuán misericordioso es Dios, que en Cristo nos libra de toda su santa ira!

Junto a la obra redentora de Jesús, tenemos la Palabra de Dios para vivir conforme a ella en el poder que ahora reside en nosotros por medio del Espíritu Santo. Venimos ante Dios en Cristo, su Palabra nos informa cómo vivir para Él, y el Espíritu toma la Palabra y la aplica en nosotros para nuestra santificación (Juan 17:17). Así vivimos ante la santidad de Dios.


Imagen: Lightstock.
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