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Mis momentos pastorales como médico de enfermedades infecciosas

La habitación del hospital es un caleidoscopio de máquinas, tubos y peluches. En el centro hay  un niño muy enfermo. No se percata de que entré a su habitación; los sedantes corren por su torrente sanguíneo, evitando que tire del tubo de respiración que lleva aire a sus pulmones llenos de líquido. Me detengo a los pies de su cama, examinando la escena.

Jacob: hace una semana estaba perfectamente sano. Sin embargo, aquí estamos.

¿Cuándo podré tener a mi bebé de vuelta?

Al otro lado de la habitación, su madre y su padre se acomodan en sus asientos de manera expectante. Me doy cuenta de que están tratando de entender lo rápido que todo salió mal. En sus mentes, él sigue siendo su chico perfecto y saludable. Esta enfermedad repentina es una intrusión no deseada que están luchando por comprender; no solo por comprender, sino por dejar atrás.

¿Qué le pasa a mi hijo y cuánto tiempo durará? Llevo toda mi carrera tratando de ayudar a los padres a comprender lo que está sucediendo con sus hijos, pero me tomó un tiempo reconocer cuán crucial es esa segunda pregunta. Aun si comprenden lo que salió mal, lo que los padres realmente quieren saber es: ¿Cuándo podré tener a mi bebé de vuelta en casa?

Cuando doy un paso en dirección a los padres, ellos me miran con una mezcla de esperanza y aprensión. “Buenos días, soy el Dr. James”, comienzo. “Soy uno de los médicos especialistas en enfermedades infecciosas”.

En mejores circunstancias, bromeo con los padres de que no soy el tipo de médico que le gustaría que venga a ver a su hijo. Mi presencia generalmente significa que algo anda muy mal. Ese es el caso y los padres de Jacob comunican su tensión con solo una mirada.

Soy una ayuda y un aliado, eso es obvio, pero también soy una amenaza que puede cambiar cualquier estabilidad emocional fugaz que hayan logrado tener hasta este momento. Cuando entro en una habitación bajo esas características, a menudo me encuentro con una mirada suplicante que dice: Por favor, no lo arruines. Soy el portador potencial de malas noticias. Una palabra mía podría enviarlos por un camino aún más oscuro.

Dar falsas esperanzas es una insensatez, y todavía no he conocido a un padre que quiera que le mientan

Empiezo por hacerles saber a los padres que sus médicos de cabecera me han llamado para ayudarlos a encontrar lo que está causando la enfermedad de Jacob y cuál es la mejor manera de tratarla. Todavía no sabemos la respuesta a estas preguntas, pero mucha gente verdaderamente capaz está trabajando arduamente para encontrarla.

En esta etapa inicial, soy sincero sobre lo que hacemos y lo que no sabemos, lo que podemos esperar y lo que no podemos predecir. Los padres de Jacob necesitan que esté tranquilo y confiado, pero si exagero mi valentía o hago afirmaciones que luego no suceden, corro el riesgo de dañar la confianza que necesitamos construir. Dar falsas esperanzas es una insensatez y todavía no he conocido a un padre que quiera que le mientan.

Haciendo una pregunta capciosa

Le pregunto a los padres cómo creen que está Jacob en lo que va de la mañana de hoy. Es una pregunta capciosa. Su precioso hijo yace inconsciente en una cama de hospital, con tubos y cables por todas partes, hinchado hasta el punto de ser irreconocible, incluso para ellos; especialmente para ellos.

¿Qué espero que digan? “Oh, está bien, gracias. ¿Y usted?”.

Pero la forma en que responden a una pregunta como esta me dice mucho sobre cómo entienden la situación. ¿Se dan cuenta de lo enfermo que está? ¿Son optimistas, están esperanzados? ¿Pesimistas y resignados? ¿Están resistiendo o rindiéndose? Esta pregunta capciosa me ayuda a leer el contexto y encontrar la mejor manera de ministrarles en esta situación.

Los padres de Jacob tienen esperanza; son realistas, pero esperanzados. Se dan cuenta de que está muy enfermo, que las cosas pendían de un hilo por un momento. No está mucho mejor ahora, pero al menos ya no se está moviendo en la dirección equivocada.

Mientras los escucho procesar los eventos de la mañana, contemplo los alrededores. No llevan mucho tiempo aquí, pero la sala ya se está llenando de tarjetas y notas de sus seres queridos. Entre ellos, una cartulina con letras en cursiva, el tipo de caligrafía para principiantes que a mi hija le encanta practicar, declara: “El Señor es mi pastor”. Una bolsa de provisiones de la iglesia de la familia se encuentra en la esquina de la cama plegable.

La iglesia da un paso al frente

Cuando un niño está gravemente enfermo, existe una correlación entre el nivel de apoyo que recibe la familia y el bienestar emocional de los padres. Este es uno de esos momentos donde sale a relucir la importancia de la pertenencia. Como seguidor de Jesús, siento un tipo particular de gozo cuando veo a su iglesia actuar de una manera hermosa para apoyar a las familias en duelo.

La familia de Jacob claramente estaba recibiendo la bendición de una familia de fe que eligió sobrellevar las cargas mutuamente (Gá 6:2). Solía ​​entender ese mandato de manera abstracta, pero vivir y trabajar tan cerca de la tragedia me ha permitido verlo encarnado en personas que se aman y se esfuerzan por demostrarlo. Aun en medio de circunstancias dolorosas, la familia de la iglesia de Jacob estaba demostrando claramente el amor de Dios y sus padres se sienten alentados a través de ellos.

Las personas quieren médicos que caminen por el valle con ellos, pero si flaqueamos mientras estamos allí no seremos de ayuda

A medida que continúo mi conversación con la familia de Jacob, percibo que están abordando esta horrible situación desde una perspectiva espiritual. Sus palabras están mezcladas con un vocabulario que habla de dependencia de Dios. Es vital que yo pueda captar pistas espirituales como estas para poder entender cuál es la mejor manera de ayudarlos. Cuando los padres traen a sus hijos a verme, quieren que sus preocupaciones sean escuchadas y, frecuentemente, sus preocupaciones subyacentes no son físicas, sino psicológicas, emocionales y espirituales.

Examino a Jacob y comienzo a concluir mi conversación con sus padres, hablándoles de las pruebas pendientes y los tratamientos actuales. Les hago saber que ajustaremos su tratamiento en función de cómo evolucione y lo que muestren sus pruebas. Están ansiosos pero agradecidos. Me dicen que mantienen la esperanza.

Es un regalo hablar con padres que tienen una esperanza genuina; pero dado la gravedad de las enfermedades con las que trabajo, no culpo a los padres desesperanzados. Una madre escuchó en silencio mis actualizaciones y respondió a mis preguntas mientras yo examinaba a su bebé, pero sus ojos tristes me decían que sabía que ninguno de nuestros esfuerzos estaba funcionando y que para ella esta sería la última noche que tomaría la mano de su bebé.

La impotencia es contagiosa y la suya me golpeó como un golpe en el estómago. La absorbí lo mejor que pude en un esfuerzo por encontrar ese equilibrio esquivo entre la empatía y el temple. Las personas quieren médicos que caminen por el valle con ellos, pero si flaqueamos mientras estamos allí no seremos de ayuda.

Recuerde al pastor

En cuanto a los padres de Jacob, están tambaleándose, pero parecen estar bebiendo de un profundo pozo de esperanza. Creo que sé lo que es. Volviéndome para irme, les señalo el letrero escrito a mano: El Señor es mi pastor.

“Les mantendré informados tan pronto como sepa algo más. Mientras tanto, creamos eso”.

Conduciendo a casa más tarde ese día, mi mente pensaba en Jacob: pruebas pendientes, posibles causas, mejores tratamientos, el animalito de peluche encajado bajo su brazo inmóvil, el dolor en los ojos de sus padres. Estas cosas se me quedan grabadas. Al doblar la esquina hacia mi vecindario, hago un esfuerzo consciente por cambiar mi enfoque mental.

Jacob y sus padres necesitan que yo haga mi mejor esfuerzo para ayudarlo a mejorar, pero mi familia necesita que esté completamente presente cuando estoy en casa. Reestructuro mis pensamientos y oro, como siempre lo hago al entrar en el estacionamiento de mi casa: Señor, no permitas que lleve a mi casa la oscuridad que encontré hoy.

Nosotros también somos vulnerables

Cerca de la hora de dormir, me acurruco para leer con mi hija menor. Estamos leyendo un libro juntos, y mientras nos turnamos para leer en voz alta, no puedo evitar pensar en Jacob. Ella no es mucho más joven que él. Ella está perfectamente sana, pero también lo estaba Jacob la semana pasada. Por lo general, no soy propenso a imaginarme los peores escenarios posibles, pero en este momento, mientras leemos juntos, tengo que deshacer la idea de ella acostada en una cama de hospital como Jacob.

No sé si ese día llegará alguna vez para uno de mis hijos. Oro que esto no suceda, pero no puedo negar la realidad que atraviesan los padres de Jacob en este momento. Podríamos ser nosotros, esforzándonos al máximo por permanecer en tierra firme mientras el mundo se siente como si se estuviera derrumbando.

Pero aun mientras lucho con ese pensamiento oscuro, hay un destello de luz. Lo vi en los ojos de los padres de Jacob, asomándose por detrás de su dolor. Era esperanza, la máxima esperanza. Me recordaron que el dolor es real, pero no definitivo. En este mundo caído, tenemos que lidiar con la enfermedad y la muerte, pero esto no siempre será así.

El Señor es nuestro Pastor. Ya ha vencido a la muerte y nos lleva a verdes pastos. Esta semana, esos pastos verdes pueden tomar la forma de un diagnóstico oportuno y un antibiótico eficaz que salve la vida de Jacob. En otra ocasión, el Pastor puede tener en mente un pasto más duradero, un pasto donde “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Ap 21:4).

Quiero pasar mi vida luchando por ese primer pasto y preparando a la gente para el segundo.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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