Miedo y melancolía | Reflexión

Miedo y melancolía

Una persona que no supo manejar sus miedos delante del Señor y vive en melancolía espiritual quedará reducida a sus recuerdos vagos, sin capacidad de reacción ante los nuevos desafíos de Dios.

Salmos 75-78 y Hechos 2-3

Me acuerdo de Dios, y me siento turbado;
Me lamento, y mi espíritu desmaya.
Has mantenido abiertos mis párpados;
Estoy tan turbado que no puedo hablar.
He pensado en los días pasados,
En los años antiguos.
De noche me acordaré de mi canción;
En mi corazón meditaré,
Y mi espíritu indaga:
¿Rechazará el Señor para siempre?
¿No mostrará más Su favor?
¿Ha cesado para siempre Su misericordia?

¿Ha terminado para siempre Su promesa?
(Sal. 77:3-8)

En su libro Intelligent Fear or How to Make Fear Work for You [Miedo inteligente, o cómo hacer que tu miedo trabaje para ti], Michael Clarkson comparte datos estadísticos muy interesantes: “Cada persona en promedio tiene 66.000 pensamientos al día, y dos tercios de ellos son negativos o basados en el miedo, aunque mucho de lo que temen nunca sucede… Nosotros sentimos temores unas 30 o 40 veces al día, los cuales nosotros eliminamos como mero nerviosismo. El miedo empieza después que el despertador suena, y tenemos el primer sobresalto, convirtiéndose en nuestra primera reacción miedosa del día”.

Nuestros miedos tienen diversos orígenes y están relacionados con situaciones reales o imaginarias. Nuestros temores se basan en nuestra preocupación por cuidar a nuestros familiares, nuestro trabajo o nuestra salud, y también tienen que ver con la necesidad de nuestro ego de mantenerse intachable. Por ejemplo, sentimos miedo de fallar o de perder el control. También muchos de nuestros mayores temores tienen que ver con lo que otras personas puedan pensar de nosotros. Lamentablemente, aun los temores infundados generan reacciones en nuestros cuerpos y almas, dejándonos muchas veces agotados y desesperanzados; con músculos agarrotados de tensión, la boca seca, la mente sobrecargada, y el alma desgarrada con una profunda melancolía.

¿Qué es la melancolía? El diccionario la define como, “Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada”.

La melancolía espiritual también es producto de nuestros miedos. Estos miedos son variados y dispares, pero muchas veces tienen que ver con el concepto que tenemos del Señor. A veces lo percibimos como un Dios que aparece delante nuestro con el ceño fruncido, siempre demandante, nunca cercano, como si estuviera esperando nuestra caída para decirnos “te lo advertí…”. Es entonces que la vida cristiana deja de ser “vida” para convertirse en “obligación”, sin más deseo que olvidarnos de nuestra insignificancia. Sus resultados son desastrosos, ya que terminamos teniendo una relación con el Señor que siempre será dolorosa, espeluznante, sufrida; en vez de ser luminosa, llena de amor, y gloriosa.

Las personas con esta melancolía siempre andan pensando en lo bueno que fue su relación con Dios en el pasado, siendo incapaces de mirar con gozo y esperanza su presente espiritual. Sus glorias espirituales quedaron atrás, y por alguna razón (pecados, fracasos, desalientos, decepciones, falta de involucramiento y muchas otras razones) creen que Dios los ha desechado y nunca volverá a ser el mismo. Para algunos, estos temores suponen una actitud doliente y pseudo humilde que glorifica el fracaso o el desaliento melancólico. Una persona que no supo manejar sus miedos delante del Señor y vive en melancolía espiritual quedará reducida a sus recuerdos vagos, sin capacidad de reacción ante los nuevos desafíos de Dios.

¿Cuál es la solución?

El mismo Asaf nos entrega su receta personal para salir de la melancolía espiritual:

1. “Entonces dije: ‘Este es mi dolor…’” (Sal. 77:10).  Dios no cambia, sigue siendo el mismo ayer, hoy y siempre. Si Dios es inmutable, entonces debemos empoderarnos de nuestro problema, sea cual sea. Asaf explica la realidad de su problema con mucha sinceridad: “… En la noche mi mano se extendía sin cansarse; Mi alma rehusaba ser consolada. Me acuerdo de Dios, y me siento turbado; Me lamento, y mi espíritu desmaya” (Sal. 77:2b-3). Sus miedos alimentaban su melancolía y ella alimentaba de nuevo sus temores en un círculo vicioso sin solución. Las palabras del encabezado hablan de insomnio (“Has mantenido abiertos mis párpados”), retraimiento (“Estoy tan turbado que no puedo hablar”), y pensamientos negativos (“¿Rechazará el Señor para siempre?”). ¿Creen ustedes que alguien podrá llegar a alguna parte con estos pensamientos? Por eso, lo primero que necesitamos hacer para combatir la melancolía espiritual, es reconocer que nosotros mismos estamos alimentando temores y sembrando esa melancolía sin que haya un solo intento de buscarle solución. Aceptar que el problema es nuestro es un excelente primer paso.

2. “Me acordaré de las obras del Señor” (Sal. 77:11a). Al parecer, Asaf había olvidado o minimizado la autoridad y soberanía de Dios, pues se estaba dejando llevar por sus miedos y una melancolía espiritual que le daba la espalda a un Dios inmenso, desconociendo que ese Dios tiene poder para cambiar lo que sea que esté viviendo producto de su inmenso amor. Un buen antídoto contra la melancolía espiritual es leer las Escrituras como los hechos posibles de nuestro Dios inmutable, y no como los hechos gloriosos de un Dios ajeno y del pasado.

Las Escrituras son Palabra viva de un Dios que es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Por eso, el testimonio bíblico no son las memorias de un extraño, sino la realidad de un Dios que diseñó un plan para liberarnos de nuestra propia esclavitud a través de su Hijo Jesucristo, nos ha declarado como sus hijos, que se presenta como nuestro propio Padre y cuya Palabra está viva y permanece para siempre.

Asaf, al recordar quién era en realidad su Señor, puede decir: “Oh Dios, santo es tu camino; ¿Qué Dios es grande como nuestro Dios?” (Sal. 77:13). Los judíos tenían una práctica saludable que los cristianos hemos olvidado y que sería bueno que la recuperemos. Ellos pasaban mucho tiempo “recordando” lo que Dios había hecho en el pasado para ahuyentar los miedos o la melancolía del presente y enfrentar con fe un futuro en el cual Dios sigue siendo Rey y Señor.

3. “Meditaré en toda Tu obra, Y reflexionaré en Tus hechos” (Sal. 77:12). La melancolía espiritual también es producto de reducir al Señor y su obra sólo a conceptos aislados vinculados a nuestras áreas de interés espiritual. Dios es más grande que todo lo que sabemos de Él, todo lo que nuestra iglesia hable de Él, y todas las experiencias que hayamos tenido con Él. De allí que nuestra meditación bíblica debe basarse en “todas” las obras de Dios. En gran parte, el miedo y la melancolía espiritual se convierten en un mal permanente cuando no somos capaces de observar lo que el Señor hace más allá de las fronteras de nuestras propias vidas. En consecuencia, debemos tratar de tener ojos dispuestos y oídos afinados para meditar en todo el consejo de Dios, tratando de confrontar esa realidad con nuestra propia experiencia espiritual.

Al final de cuentas, Asaf reconoce nuevamente la grandeza de Dios alrededor suyo y toda esa melancolía malsana se disipa: “Tú eres el Dios que hace maravillas, Has hecho conocer Tu poder entre los pueblos” (Sal. 77:14). Si ustedes se dan cuenta, el salmo 77 solo trata el problema interior desde la perspectiva de la actitud del corazón. La gran lucha de Asaf fue al interior de sí mismo porque los miedos y la melancolía espiritual tienen que ver más con nuestra actitud para con Dios y como percibimos que el Señor debería estar obrando o no en nuestras vidas.

Es por eso que quisiera compartir brevemente un esbozo de un grupo de cristianos saludables que nos pueden ayudar a meditar en las características de un cristianismo sano. Se trata de nuestros hermanos que vivieron en los albores de la iglesia. De ellos se dice que, “Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos” (Hch. 2:46-47).

Estas son sus características fundamentales anti-melancolía espiritual:

1. Perseverancia. Esta es una característica verdaderamente espiritual. Perseverar es “Mantenerse constante en la prosecución de lo comenzado”. Es triste reconocerlo, pero muchas vidas espirituales son solo deseos frustrados por la inacción. Una persona que ha nacido de nuevo debe encontrar en su vida los espacios para nutrirse en medio de la familia de Dios. Estos espacios nunca serán producto de nuestro tiempo libre, sino de la intención decidida de darle a su vida espiritual tiempo y espacio para que pueda crecer. ¡Basta ya de melancólicos que suspiran desde su pasividad!

2. Unanimidad. No hay bendición mayor que la unidad. El cuerpo de Cristo debe vivir en armonía, glorificando todos al mismo Señor que nos ha dado una misma Palabra. Estar unánime es lo opuesto a sentir que soy “diferente” a los demás. Por el contrario, la unanimidad es buscar tener un mismo parecer, una misma voluntad, un mismo sentimiento. Queremos todos imitar a Jesucristo, Él es nuestro modelo, queremos ser como Él y solo como Él. Debemos luchar por esto, motivándonos unos a otros en ese estándar unánime. Jesús oró por esa clase de unidad activa y con propósito, y el apóstol Pablo nos instó a una unidad espiritual que habla la verdad y se exhorta en amor.

3. Comunión social. No debemos permitir que solo los rituales religiosos nos vinculen. No se trata solo de vivir mi espiritualidad y mi comunión cristiana los miércoles por la noche y los domingos hasta el mediodía. Somos familia de Dios, y debemos relacionarnos a profundidad, más allá de las cuatro paredes de un templo y más allá de los horarios de nuestra vida religiosa. Si permitimos a otros cristianos vincularse con nosotros en todas las áreas de nuestras vidas, estaremos menos propensos a vivir dobles vidas que nos lleven a la melancolía espiritual.  

4. Alegría y sencillez de corazón. El pasaje citado de Hechos no habla de grandes poderes, verbos cautivantes, personalidades arrolladoras o tareas prodigiosas. Simplemente había satisfacción mutua, gozo y contentamiento íntimo. La sencillez era la manifestación con la que Dios reviste a su pueblo que ya lo encontró todo en su Señor.

5. Adoración. La vitalidad espiritual se demuestra en la adoración. Mientras más cerca esté de Él, más grande será mi reconocimiento de todo lo que Él es y más fuerte elevaré mi voz para que todos oigan las grandezas del Señor que me ha salvado y ha transformado mi corazón.

6. Buen testimonio delante de los demás. De nada sirve golpearse el pecho los domingos, si con el mismo puño estoy golpeando a mi prójimo de lunes a sábado. Una vida que ha dejado atrás la melancolía espiritual deja de ser pasiva en su relación con Dios y, como consecuencia, en su relación con los demás. Si ha percibido el amor y el obrar de Dios por gracia en su propia vida, ¿cómo no expresarlo de la misma manera con los demás?

7. Crecimiento natural. Al final de cuentas, no puedo ser melancólico espiritual porque el Señor es el que atrae a los que son salvos, no nosotros. Él es soberano aun de nuestra salvación, atrayéndonos eficazmente a sus Brazos de Amor por la obra de Jesucristo en la cruz del calvario.

¿Recuerdan la definición de melancolía? “Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada”. Ahora yo les pregunto, ¿Qué clase de causas físicas o morales nuestro buen Dios no podría superar? Te invito a que ahora puedas leer el Salmo 78 para que puedas ver, una vez más, que el Señor de ayer, hoy y siempre, nunca desamparó a su pueblo, ni tampoco lo dejará solo por los siglos de los siglos.


Imagen: Lightstock.
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