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Que nuestros hijos estén esperando un bebé es de suma alegría. Quizá los padres esperaron por mucho tiempo. La emoción de convertirnos en abuelos es para muchos un verdadero sueño. Sin embargo, hay casos donde esta noticia no es honrosa. ¿Qué pasa cuando nuestro hijo o hija se encuentran en medio de un embarazo no planeado? ¿Qué debemos hacer en esta situación? ¿Qué pasa con nuestro ministerio en caso de ser pastores?

Este tema es delicado y debemos tratarlo con prudencia a la luz del consejo bíblico. Cada contexto es distinto y no hay una sola forma de tratar esta situación que aplique en todos los casos. Por eso toda persona debe considerar varios factores al momento de tratar este asunto.

Estos tres son principios generales que podrían aplicarse a diferentes casos de consejería:

1) Analiza el pecado

Cuando alguno de nuestros hijos espera un bebé sin estar casado, es importante analizar el origen de esta situación. El problema no está en encontrar respuestas a preguntas como estas: ¿Ahora qué harás con tu vida? ¿No pensaste en la vergüenza que vas a pasar? ¿No creerás que yo te voy a mantener?

Los padres muchas veces reaccionamos antes de evaluar lo que está pasando. El problema de un embarazo fuera del matrimonio es el resultado de un proceso pecaminoso de mucho tiempo. En palabras de Santiago, el proceso de pecar no comienza cuando el pecado es consumado:

“Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte”, Santiago 1:14-15.

El problema con tu hija solo está comenzando y podría continuar en un espiral agravante y destructivo. Nuestra labor como padres, cuando nuestros hijos incurren en pecados sexuales, es llevarlos a la reflexión y comprensión del evangelio. Nuestros hijos necesitan reconocer que son transgresores de la ley, no porque esperan un bebé —ya que Dios no castiga con hijos—, sino por pecados cometidos a lo largo de determinado tiempo (Stg. 2:10-11).

Tu hija necesita entender que el pecado no confesado trae más y peores pecados. También debe comprender que el único pecado no fue las relaciones sexuales premaritales. Su pecado va mucho más allá de ese momento y consistió en descuidar la relación con Dios: no leer las Escrituras, no creer, no obedecer, y otros factores, contribuyeron a que el pecado fuese consumado.

2) Atiende al pecador

Una vez que has llevado a tu hija al evangelio, el proceso de ayuda solo ha comenzado. No abordaré qué hacer después del nacimiento del bebé. Si tu hija decide casarse o no, y preguntas particulares de cada situación, no pueden discutirse en este breve artículo. Te animo a acudir con tu pastor o consejero bíblico para encontrar respuestas a preguntas precisas sobre tu caso.

Sin embargo, aquí hay algo que sí aplica a toda situación: tu labor es amar a tu hija de manera incondicional. No es lo mismo encubrir su pecado que amarla a pesar de que es pecadora. En realidad, siempre lo ha sido, solo que ahora su pecado es evidente. Muéstrale que el amor de Cristo es para todos los pecadores. No es momento de humillarla, dejarle de hablar, o exponerla como una criminal.

Si tu hija que ha profesado la fe está en pecado y no muestra arrepentimiento, la Biblia aconseja sobre los pasos para la disciplina. Pero aún cuando alguien está en pecado, Pablo nos recuerda: “… no lo tengan por enemigo, sino amonéstenlo como a un hermano” (2 Ts. 3:15).

Esto no se trata de “consentirla” o minimizar la seriedad del pecado. Ante las consecuencias de un embarazo no deseado, sé consciente de que hay una marcada diferencia entre sacar a tu hija de tu vida y buscar “sacarla” del pecado. Habla con ella continuamente, sé un evangelista (2 Ti. 4:5), ayúdale a ver las terribles consecuencias de su error (Gá. 6:7), pero muéstrale también que en Dios hay gracia y perdón (1 Jn. 1:9).

3) Admite si has pecado

En cada embarazo no planeado, los padres de los responsables deben examinar sus corazones. Ante estas situaciones nos escandalizamos sin poder asimilar lo que pasa. En un sentido, es peor cuando somos pastores, ya que podríamos afirmar: ¿Qué van a decir de mí? ¡Mira cómo arruinaste mi ministerio! Pero quiero pedirte que te detengas por un minuto. No permitas esos pensamientos.

Tienes que darte cuenta de la posibilidad de tu propio pecado. De nuevo, un hijo generalmente no sale a cometer pecados como este de la noche a la mañana. Hay un largo y lento proceso para que esto suceda. Evalúa de qué forma tu proceder permitió esta situación en tu familia y haz cambios para evitar que vuelva a suceder. Y cuando pienses en esto, recuerda que en Cristo está la gracia que necesitamos para dejar nuestras fallas atrás, mirar hacia adelante creciendo más a su imagen, y ser agentes de restauración a nuestro alrededor.

Querido lector, esta no es una situación sencilla, pero necesitamos que Dios limpie nuestros corazón para que podamos ayudar al que está débil (Gá. 6:1). Solo si admitimos nuestros errores y experimentamos la gracia de Dios que perdona todo pecado, y creemos en su poder para restaurar vidas, entonces podemos extenderla a nuestros hijos en todo tiempo.

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