Lutero y compañía

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero hizo algo notablemente no revolucionario: publicó una lista de “tesis”, una práctica común en los círculos académicos del siglo XVI. Comunicó a la comunidad académica los asuntos que habían de ser discutidos.

Ni siquiera el contenido de estas tesis era, a primera vista, particularmente controversial. Los énfasis temáticos familiares de la Reforma —sola fe, sola gracia, solo Cristo, en la autoridad decisiva de solo las Escrituras, la gloria solo para Dios— aún no se habían articulado completamente.

Sin embargo, en retrospectiva, marcamos este momento como el comienzo de la Reforma protestante. La esencia de su convicción viene en la primera proposición de Lutero:

“Cuando nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo: ‘Arrepiéntanse”, su intención era que la vida entera del creyente fuera de arrepentimiento”.

Lutero estaba convencido de que la Iglesia romana se había apartado de un entendimiento bíblico del arrepentimiento. En vez de entenderlo como un cambio radical de vida, lo identificaba con la penitencia, es decir, comportamientos prescritos hechos para reparar el pecado.

Lutero y compañía

Lutero no fue ni la primera ni la única persona en descubrir algunas enseñanzas bíblicas que habían sido oscurecidas por la tradición humana. Cien años antes, Juan Hus (c. 1369-1415) había argumentado que las Escrituras, en lugar de los papas o los concilios, deberían tener autoridad final. Como si esa idea no fuera lo suficientemente polémica, Hus además desafió la política que tenía la Iglesia católica sobre predicar y enseñar en latín, argumentando que tanto la transmisión histórica del mensaje evangélico, como la propia naturaleza de la encarnación de Jesús, subrayaban el principio de la traducción, ideas que había aprendido del teólogo y traductor británico John Wycliffe (m. 1384).

Jesús hablaba arameo, Pablo hablaba griego. Por lo tanto, no había ningún motivo para que Hus no predicase en checo, y fue quemado en la hoguera en 1415 por ello.

Cuando fue acusado en Heidelberg en 1518 y en Leipzig en 1519 de ser un “husita”, Lutero contestó que Hus (y Wycliffe) tenía razón, y a pesar de las advertencias continuas de las autoridades papales, algunos de los primeros esfuerzos de Lutero fueron traducir la Biblia y los servicios de domingo a su alemán nativo. Sus contemporáneos comenzaron a llamarlo “el Hus sajón”. En 1530, Lutero escribió sobre estos esfuerzos de reforma:

“Esto que se ha comenzado durante mi vida se completará después de mi muerte. San Juan Hus profetizó de mí cuando escribió desde la prisión en Bohemia: ‘Ahora quemarán un ganso (porque «Hus» significa «ganso»), pero después de cien años oirán cantar un cisne, y no lo podrán silenciar’. Y así será, si Dios quiere” (Obras de Lutero, t. 34, 104).

La Reforma no comienza ni termina con Lutero. Wycliffe preparó el camino para Hus. Hus preparó el camino para Lutero. Melanchthon lideró el camino al lado de Lutero en Wittenberg, y continuó al frente después de la muerte de este. Zuinglio y Bullinger corrieron una carrera similar en Suiza. Por supuesto, está Calvino en Ginebra, y Teodoro de Beza después. Y Cranmer, Knox, Latimer, y Ridley en Inglaterra. Y ni siquiera hemos mencionado a las notables mujeres de la Reforma: Wibrandis Rosenblatt, Katharina von Bora, Marie Dentière, Juana Grey, y muchas otras.

Cientos de hombres y mujeres estuvieron con Lutero en la defensa de la suficiencia y autoridad de la Escritura: curas y campesinos, muchachas y metalurgistas, religiosas y ricos. Tal vez no sabremos cuántos eran hasta el nuevo cielo y la nueva tierra.

Esforcémonos por recordar

Sin embargo, sabemos de docenas de estas personas, y vale la pena recordarlas. De hecho, la Escritura nos ordena a recordar ejemplos piadosos, considerar el destino de sus vidas, e imitar su fe (He. 13:7). Esto sirve para recordarnos tanto los buenos ejemplos (He. 11) como los malos (Jos. 24).

Al recordar, evocamos la obra de Dios en el pasado para su gloria y para el bien de su pueblo. Recordamos para no repetir tontamente los pecados de nuestros antepasados. Miramos intensamente el pasado para poder hablar sabiamente de nuestro presente.

“Necesitamos un conocimiento íntimo del pasado”, escribe C. S. Lewis,

“No es que el pasado tenga magia; más bien, la razón es que no podemos estudiar el futuro, y sin embargo, necesitamos contraponer algo al presente, para recordarnos que las suposiciones básicas han sido muy diferentes en diferentes períodos, y que mucho de lo que parece seguro para los incultos es simplemente una moda temporal. No es probable que un hombre que ha vivido en muchos lugares sea engañado por los errores locales de su pueblo natal; asimismo, el erudito que ha vivido en muchas épocas por lo tanto está, hasta cierto punto, inmune a la gran catarata de tonterías que se derrama en la prensa y el micrófono de su propia época”.

Sigamos reformando

En 1517, Lutero pidió que la Iglesia católica recordara el evangelio: que solo Dios puede quitar la culpa de un pecador, y que Dios lo hizo por la cruz de Cristo sin ninguna obra nuestra. Lutero y muchos otros reformadores recurrieron a las Escrituras para recordarles a los cristianos que la vida de fe implica un proceso constante de recordar a Dios, su palabra y sus caminos, apartándose de las falsas promesas del pecado y volviéndose a las verdaderas promesas de Dios en Cristo.

Aquí estamos a una distancia de medio milenio de ese momento común pero extraordinario en Wittenberg, y todavía hay un trabajo reformador por hacer. Al honrar las vidas de Lutero y compañía, y recordar la Reforma que celebra su aniversario 500, que Dios nos despierte a los sutiles errores de nuestra época, y que nos conceda el arrepentimiento y la fe para estar siempre reformando.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Rachel Jobson.
Imagen: Lightstock.
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