Lo que la historia de David y Goliat nos enseña de los gigantes

La victoria de David contra Goliat narrada en 1 Samuel 17 es sencillamente emocionante. ¡Qué final! ¡Cuánta valentía en este joven!

Imagina al pueblo de Israel saltando de alegría, con nuevos bríos para luchar contra los filisteos. Imagina a los villanos —los filisteos—, ahora desanimados, pensando en que si un pequeño israelita pudo con su gran gigante, ¿qué les quedaría a ellos? El pastor débil y joven terminó trayendo la victoria al pueblo. Y ahora, en su victoria, todo Israel sería libre.

Y tú que conoces la historia y tienes un gigante económico, un gigante de salud, o un gigante de pecado delante, lo miras y dices: “Yo tengo que ser como David. Yo tengo que ser valiente, confiar en Dios, y enfrentar a mi gigante con todas mis fuerzas”. Y al pensar así, perdemos de vista la mejor y más hermosa enseñanza del pasaje.

No me malinterpretes. Es bueno ver a David como ejemplo. Él era un hombre de fe que procuraba ver las cosas cómo Dios las veía y glorificarlo en todo. Pero el propósito del autor del relato no es que pienses que eres David. Es que entiendas que necesitas a un David.

¿Tratas de vencer a tu gigante?

Verás, todos tenemos un enemigo adelante. De hecho, hay un ejército completo en contra nuestra. Tenemos a la muerte siempre ante nosotros, a una llamada de distancia, a un semáforo de nosotros. El pecado está siempre a la amenaza, listo para destrozar nuestras familias, trabajos, y ministerios. Y Satanás mismo anda como león rugiente buscando a quién devorar (1 P. 5:8).

¿Cómo enfrentar a estos enemigos? Nuestra tendencia es buscar tener o ser un Goliat: buscamos la mayor fortaleza económica, buscamos la mejor salud posible, buscamos ser los mejores en lo que podamos ser y portarnos de la mejor manera que podamos. Nos ponemos la armadura, tratamos de vernos más altos, y con nuestras propias fuerzas vamos a luchar.

David venció al gigante terrenal a través de su debilidad; Jesús venció al gigante de la muerte a través de su muerte y selló su victoria para siempre.

Pero también tenemos una tendencia a responder como un “Goliat espiritual”. Decimos: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. “No importa lo que venga, yo tengo a Jesús y por eso avanzo hacia adelante”. Pero eso es usar a Jesús como una armadura. Eso no es más que un toquecito por encima del evangelio de la prosperidad, la idea de que todo te va a salir bien si confías en Dios. Eso es justo lo que hicieron los Israelitas con el Arca del Pacto, que pensaron que con solo llevarla a la batalla iban a ganar (1 S. 4).

El propósito del texto no es que tratemos de ser como Goliat o busquemos ser David. Más bien, nosotros, la Iglesia, ya estamos en esta historia. Somos el pueblo de Israel. Somos los que están asustados, los que se enfrentan a enemigos demasiado grandes, los que no podemos vencer por nosotros mismos.

Tim Keller comenta este pasaje diciendo: “¿Qué les da Dios a su pueblo asustado? No les da un ejemplo, él no les da instrucción: Él les da un Salvador. Él no resuelve sus miedos con inspiración y emulación, sino con sustitución e imputación”.[1] Y eso es justamente lo que Él nos da.

Alguien mejor que David

1 Samuel 17 nos narra la historia más famosa de uno de los personajes más famosos de la Biblia. Pero hay uno más famoso que Él. Solo abre tu Biblia a las primeras palabras del Nuevo Testamento y mira qué dicen: “Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David”.

Amado hermano, así es como la historia de David nos apunta a Jesús:

  • David salvó a su pueblo poniendo en riesgo su vida; Jesús salvó a su pueblo entregando su vida.
  • David pasó por el valle de la sombra de muerte por Israel; Jesús fue al mismo vientre de la muerte por nosotros.
  • David, el ungido, fue despreciado por sus hermanos, siendo inocente; Jesús, el Mesías, fue despreciado por todos, aun sin nunca haber hecho mal.
  • David se desvistió de las vestiduras reales que no le servían; Jesús se desvistió de sus vestiduras reales, que le quedaban perfectas, para vestirse de las ropas de dolor y debilidad que nos pertenecen.
  • David buscó cumplir la voluntad del Señor en valentía; Jesús cumplió cada mandato de Dios hasta su muerte.
  • David sería el mejor rey de la historia de Israel; Jesús es el Rey eterno de toda la creación.
  • David venció al gigante terrenal a través de su debilidad; Jesús venció al gigante de la muerte a través de su muerte y selló su victoria para siempre a través de su resurrección.

Como leemos en 1 Corintios 15:55-57: “‘¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh sepulcro, tu aguijón?’ El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley; pero a Dios gracias, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Confía en Jesús

Nuestro campeón nos da la victoria. Nos regala nuestra libertad, nos otorga nuestra salvación, nos concede paz, nos otorga vida eterna. Nuestro campeón vence a los gigantes por nosotros y ahora, en su victoria, nosotros somos victoriosos.

La historia de David y Goliat no es un llamado a la moralidad, es un llamado a la fe.

Entonces ¿cómo podemos vencer a nuestros gigantes? Nosotros no podemos. Esa es la lección del relato. La historia de David y Goliat no es un llamado a la moralidad, es un llamado a la fe. Es un llamado a confiar en el Dios que da un mediador a su pueblo. Es a dejar de ver al gigante Goliat, o al gigante David, o a la gigante muerte, y ver al único gigante que dio su vida por nosotros: al gigante Mediador, al gigante Jesús.

Hace días yo hablaba con un hermano en la fe acerca de su enfermedad, y él me dijo: “La verdad es que fue el momento más difícil de mi vida. Y gracias a Dios no estuve solo. Recuerdo ver a mis hermanos conmigo, todos los días… Yo recuerdo cómo el confiar en Dios me dio tranquilidad”. Este es solo un ejemplo de cómo Cristo hace toda la diferencia.

Si eres cristiano, y estás ante dificultades que no puedes entender, confía en el Mediador. No confíes en tus fuerzas y riquezas. Pide perdón a Dios por tu deseo de autosuficiencia y protagonismo. Y pide a Cristo que interceda, rindiéndote a Él. Dios no te quiere luchando con goliats. De hecho, Él quiere que bajes tus armas, admitas tu debilidad, y confíes en su Mediador.


1. Timothy Keller, David’s Courage.


Imagen: Lightstock.
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