Lo que aprendí en 65 años de ministerio

El Señor me llamó a predicar en 1951. Prediqué mi primer sermón una semana después en la Primera Iglesia Bautista de Mixon, Texas. Carol Ann y yo fuimos llamados a nuestra primera iglesia cuatro semanas después de casarnos, en 1956. Mi abuelo, L. M. Keeling, predicó durante 54 años antes de morir. Mi padre, James T. Draper, predicó durante 36 años antes de morir. Estos dos gigantes espirituales implantaron en mí principios que han demostrado ser herramientas efectivas para el ministerio que Dios me ha dado en los últimos 65 años. Mi padre a menudo me decía: “La deuda que tenemos con el pasado es dejar el futuro en deuda con nosotros”. Predicar el evangelio ha sido parte de mi vida desde que me enfrenté al llamado de Dios a la edad de 14 años. Permíteme compartir algunas de las cosas que mi padre y mi abuelo me enseñaron sobre el ministerio y el servicio al Señor. Eso es lo que debo al pasado.

1. Siempre ministra con un fuerte sentido del llamado de Dios en tu vida. Predicar es una vocación terrible, ¡pero también maravillosa!

2. Recuerda que tu primera línea de ministerio es a tu propia familia. No cuides la familia de los demás y termines perdiendo la tuya. Tu familia es la familia prototípica para aquellos que lideras, y debe demostrar ser una imagen precisa de lo que debe ser cada familia cristiana. Honra a tu esposa. Lleva a tus hijos a honrar al Señor en sus vidas.

3. Cuando dejes de ponerte nervioso al predicar, ¡es hora de dejar de hacerlo! El mensaje que nos han dado es el mensaje de Dios, y para tener el privilegio de declarar: “Así dice el Señor”, debes manejar con cuidado y fidelidad la Palabra de Dios. Siempre debemos estar conscientes de que estamos ministrando el mensaje de Dios. Eso nos mantiene siempre de rodillas y dependiendo del Señor y su unción. Nuestra confianza está en Él y no en nosotros mismos.

4. Dondequiera que estés sirviendo, asume que pasarás el resto de tu vida allí. Probablemente no lo harás, pero le habrás dado un esfuerzo de por vida cuando te vayas.

5. Valora a las personas. Trata a cada persona con respeto. Trabaja duro para construir relaciones con la gente, que sepan que los amas y que quieres lo mejor de Dios para ellos. Si saben que los amas, seguirán tu liderazgo.

Dirige como un hombre herido liderando personas dolientes.

6. Sé amable con todos, porque todos están pasando por dificultades. Dirige como un hombre herido liderando personas dolientes. Todos luchamos contra el dolor de la debilidad humana, y todos necesitamos bondad y liderazgo que nos ayude a comprender el amor que Dios tiene para cada uno de nosotros.

7. Entiende que el liderazgo bíblico es un liderazgo de servicio. No tenemos autoridad en nuestra posición. Nuestra autoridad está en la Palabra de Dios que proclamamos. Tanto Jesús (Lc. 22:27) como Pablo (1 Co. 3:5) se describieron a sí mismos como “siervos”. Ambos eligieron la palabra diakonos para describirse a sí mismos. Esa es la palabra para “diácono”, y significa alguien que está dispuesto a hacer lo que sea necesario para servir. El líder de Dios es aquel que sirve a los que él dirige. Somos salvos por gracia y servimos por gracia. No hay lugar para la arrogancia en el ministerio.

8. Cuando cometas un error, admítelo y no cometas el mismo error dos veces. La gente responde a la integridad. Ninguno de nosotros es perfecto, así que no hay necesidad de pensar que siempre estarás en lo correcto.

9. Sé accesible y mantente disponible para aquellos que lideras. Recuerda sus nombres. Presta atención cuando conozcas a alguien para que puedas llamarles por su nombre cuando los veas después. Eso te hará querer a todos a quienes sirves.

10. Siempre devuelve las llamadas y contesta el correo electrónico. La forma más rápida de decirle a alguien que no te importa es ignorándolos.

11. Deja que tu predicación fluya siempre de la Palabra de Dios. Poco antes de la muerte de mi abuelo, lo visité y pasé una semana con él. Uno de sus amigos cercanos tenía un programa de radio diario y me pidió que predicara para que mi abuelo me oyera predicar. Cuando volví de hacer la transmisión en vivo, me dijo: “Ese es el mismo evangelio que he estado predicando durante 54 años”. Mientras nos sentábamos y conversábamos, me preguntó: “¿Te gustaría saber dónde encontrar un buen sermón?”. Había predicado durante varios años, y siempre buscaba un buen sermón, así que respondí que sí. Tomó su Biblia y la acunó en sus brazos como una madre sosteniendo a un bebé recién nacido y dijo: “Desde Génesis hasta Apocalipsis”. De él y de mi papá aprendí la necesidad de predicar la Palabra de Dios. ¡Dios ha prometido bendecir su Palabra!


Publicado originalmente en For the Church. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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