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A primera vista, puede ser un texto extraño para colgar en tu habitación:

“Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande, porque así persiguieron a los profetas que fueron antes que ustedes”, Mateo 5:11-12.

Mientras otros preferirían tomar agua de otras fuentes antes que esta, Susannah Spurgeon enmarcó las palabras de Jesús para recordarle a su esposo, Charles, la perspectiva única de Jesús. Cuando sus discípulos enfrentan una amarga oposición por su causa, la respuesta apropiada debe ser gozo.

Digamos con Spurgeon: ‘Considero mi propio carácter, popularidad, y utilidad como el pequeño polvo en la balanza en comparación con la fidelidad al Señor Jesús’

Cuando consideramos a este gigante bautista, cuando leemos sus conmovedores sermones, cuando recordamos que el trabajo de toda su vida le ganaba al de cien hombres, cuando leemos de los avivamientos y de la ganancia de un sinnúmero de almas para Criso, podemos imaginarnos al príncipe de los predicadores disfrutando nada menos que un éxito inquebrantable. Comparado con muchos de nuestros ministerios, el suyo pareció llegar muy alto. Rara vez consideramos, como afirma Ian Murray, a Spurgeon: Un príncipe olvidado, el Spurgeon que necesitaba tener colgado en su pared a Mateo 5:11-12.

Un príncipe olvidado

El Spurgeon olvidado se mantuvo de pie entre las grandes tormentas de diversas controversias en sus días. Su protesta en contra del arminianismo, su disgusto por la regeneración bautismal, y su resistencia a una unidad evangélica basada en fragmentos de la doctrina cristiana (conocida como la controversia de Downgrade) lo hizo el blanco de muchos dardos.

Este Spurgeon, especialmente al principio y al final de su ministerio, tenía razones para verse a sí mismo como “la basura del mundo” (24-25). El nombre Spurgeon, al cual nosotros le tenemos mucho respeto, era, por estimación de su usuario “pateado por las calles como una pelota de fútbol” (28). En un sermón una vez comentó: “Casi no pasa un día sobre mi cabeza en la que el abuso más vil, la difamación más atrevida no es dicha en mi contra tanto en privado como en la prensa publica, cada maquinaria ha sido puesta en marcha para rebajar al ministro de Dios; cada mentira que el hombre pueda inventar es lanzada hacia a mi” (63).

Este Spurgeon fue difamado en los periódicos, ridiculizado por sus opositores, y censurado por muchos ministros evangélicos quien pensó podrían ser sus aliados. Este Spurgeon fue un ejemplo vivo del hombre de Dios que es bienaventurado, pero a menudo odiado, a quién Jesús le habla en el Sermón del monte.

Sin transigir 

¿Qué podemos aprender de este Spurgeon olvidado?

Este Spurgeon puede enseñarnos a manejar las controversias de manera varonil y sin transigir. Sus convicciones, que mantuvo hasta el día de su muerte, le costaron mucho. No practicó ese vicio contra el cual tan claramente predicó: “Creo que no hay un hombre o una mujer cristiana que haya podido ir hasta el cielo y, sin embargo, esconderse en silencio y correr de arbusto en arbusto, merodeando hacia la gloria. ¿Cristianismo y cobardía? ¡Qué contradicción en términos!” (Habla por ti mismo: un desafío, en inglés).

Si desecháramos la tentación de caminar sigilosamente hasta la gloria, y pudiéramos ser de verdadero beneficio para el nombre de Cristo en este mundo, Spurgeon nos enseña que haríamos bien en: resistirnos a amar nuestros propios nombres, sentirnos cómodos en la minoría, y reconocer (y rechazar) falsa unidad.

1. No te enamores de tu propio nombre.

“¡Que mi nombre perezca, pero que el nombre de Cristo dure para siempre! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Corónenlo, Señor de todos!” (43).

Spurgeon nos advierte sobre enamorarnos de nuestra propia reputación e influencia. Identificó que el amor propio es un ingrediente principal que deshace lo mejor de nosotros. Él expone los pasos en los que transige la persona que es inicialmente utilizada por Dios:

“La tentación es ser tan cuidadoso con la posición que ha alcanzado, que no hace nada para ponerla en peligro. Este hombre, recientemente un hombre fiel de Dios, cede a los mundanos, y para calmar su propia conciencia inventa una teoría por la cual tal transigencia es justificada e incluso elogiada. Recibe las alabanzas de ‘los juiciosos’; él, en verdad, se ha ido con el enemigo. Toda la fuerza de su vida anterior ahora respalda el lado equivocado” (170).

¿Cuántas veces hemos visto o experimentado esta deriva?

Primero, de alguna manera somos exaltados para un uso especial. Luego comenzamos a notarlo silenciosamente y disfrutamos la atención. Enamorándonos del reconocimiento, ejercemos mayor control de nuestras plataformas por temor a perderlas. Después calculamos lo que decimos, filtrando todo lo que pueda debilitar nuestra influencia, incluyendo las verdades desfavorables de las Escrituras. Y finalmente, frente a lo que solíamos llamar compromiso, inventamos razones para apoyar en lo que nos hemos convertido: por qué hemos convertido la espada en una reja de arado (Is. 2:4).

Cuando comenzamos a compartir la verdad en función de qué tan bien se recibirá esa verdad, estamos a medio camino de transigir

Un amor feroz por objetos indignos convierte a los cristianos en cobardes. Si hemos comenzado a amar la música de nuestro propio nombre, administrar nuestra marca, o considerar nuestra popularidad como necesaria para el avance del reino de Cristo, hemos comenzado a construir nuestros propios reinos. Digamos con Spurgeon: “Considero mi propio carácter, popularidad, y utilidad como el pequeño polvo en la balanza en comparación con la fidelidad al Señor Jesús” (219). Es a Cristo a quien proclamamos, no a nosotros mismos (2 Co. 4:5).

2. Estar cómodo en la minoría

“Hace mucho tiempo que dejé de contar cabezas. En este mundo malvado, la verdad suele estar en la minoría. Tengo fe en el Señor Jesús por mí mismo, una fe impregnada en mí como con un hierro caliente. Doy gracias a Dios; lo que creo, lo creeré aún si lo creo solo” (146).

¿Alguna vez has sentido la tentación de contar cabezas, o seguidores, cantidades de “me gusta” y de “compartidos”, para ver lo que debes o no debes decir? Yo sí. Cuando comenzamos a compartir la verdad en función de qué tan bien se recibirá esa verdad, estamos a medio camino de transigir. Spurgeon nos aconseja considerar el costo de antemano: la verdad es a menudo minoritaria; afirmarla significa que puedes estar solo.

Sin embargo, aquellos que defienden la verdad de Cristo nunca están realmente solos. Puedes ir como Ester ante el rey sin parientes a tu lado, resuelto que si pereces, perecerás; puedes predicar como Esteban, mientras las multitudes te presionan, cerrando sus oído, y arrojando piedras; puedes solo reprender el adulterio del rey Herodes o decir con Pablo: “En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado” (2 Ti. 4:16), pero Cristo estará contigo, aún hasta el fin de los tiempos (Mt. 28:20). Y si tu causa es verdadera encontrarás, como Elías, que no eres el único que no dobla sus rodillas ante Baal (1 R. 19:14,18).

3. Reconocer la falsa unidad

“Es, por supuesto, más fácil para carne y hueso tratar las generalidades, denunciar el sectarismo, y afirmar ser de espíritu ultra católico. Sin embargo, aunque rudo y resistente, se requiere que el sirviente leal del Rey Jesús mantenga todos sus derechos de la corona y defienda cada palabra de sus leyes. Los amigos nos reprenden y los enemigos nos aborrecen cuando somos muy celosos del Señor Dios de Israel, pero ¿qué importan estas cosas si el Maestro lo aprueba?” (18). 

El error ama la ambigüedad.

Como en los días de Spurgeon, tenemos una fuerte tentación de tolerar todas las posturas y de aceptar todas las perspectivas sobre la verdad. Se nos dice que trazar líneas es prejuicioso, estrecho, e incluso poco cristiano. Pero para Spurgeon, promover un tipo de “unidad cristiana” cuyo denominador común se hunde más bajo que el cristianismo genuino en primer lugar es inaceptable. La unidad del judío y gentil en un nuevo hombre se compra con la sangre de Cristo; la unidad de la verdad del evangelio y la falsedad del evangelio es la unidad producida por Satanás.

El cristianismo ortodoxo, argumentó, es diferente. No todas las opiniones pueden ser ciertas. Cuando el único estándar que queda es que todos los del rebaño tengan cuatro patas, los lobos y las cabras se sienten cómodos entre nosotros. La tendencia hacia un evangelicalismo no doctrinal, ateo, y sin forma, la cual comenzó en los días de Spurgeon y parece ir madurando en los nuestros, es una de las formas más rápidas de transigir nuestra fidelidad a Cristo y testimonio.

La verdad es a menudo minoritaria; estar de pie con ella significa que puedes estar solo

Al decir esto, Spurgeon no tenía la intención de ser divisivo sobre todas las diferencias teológicas posibles; no sea que cada hombre sea una isla en sí mismo. Pero Spurgeon se irritó cuando, a expensas de minimizar el celo y la verdad cristiana, unieron teologías contrastantes y mezclaron el liberalismo con el cristianismo histórico. Podemos ser llamados particulares o dogmáticos, pero ¿qué importa si lo que promovemos es la verdad del Maestro?

Aunque caigan los cielos

“Es tuyo y mío el hacer lo correcto aunque caigan los cielos, y seguir el mandato de Cristo sin importar cual sea la consecuencia. ¿Dices que ‘esa carne es dura de tragar’? Sean hombres fuertes, entonces, y aliméntense como corresponde” (171).

Su amada esposa, quien colgó a Mateo 5:11-12 en su habitación, dijo después de su muerte a la edad de 57 años: “Su lucha por la fe… le costó la vida”. Peleó la buena batalla de la fe, mantuvo la fe, terminó la carrera (2 Ti. 4:7), afirmando antes de su muerte: “Mi trabajo está hecho” (173). Vivió para su Señor, y ahora se regocija en su presencia.

Para aquellos de nosotros que se que nos quedamos rezagados, atravesando nuestro tiempo con todos sus desafíos y oportunidades, tentaciones, y trabajos, considera su tan citado himno a medida que continuamos en nuestra carrera de la fe:

Lucharon otros por la fe,

¿Cobarde yo he de ser?

Por mi Señor batallaré

Confiando en su poder.

Es menester que sea fiel,

Que nunca vuelva atrás;

Que siga siempre en pos de Él:

Su gracia me dará.

Aunque los cielos caigan, aunque la tierra ceda, aunque la controversia y las tentaciones de transigir espiritualmente se nos presenten, prestemos atención a este Spurgeon olvidado, colguemos Mateo 5:11-12 en nuestros corazones, y vivamos ante hombres y demonios con el coraje y la valentía que solo Cristo nos da.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
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