Lealtad sin vergüenza: Un tributo a R. C. Sproul

El impacto de R.C. Sproul en mi vida y ministerio se debe a una combinación incomparable de su lealtad desvergonzada a la soberanía absoluta y centralidad de Dios, su devoción total a la inerrancia y relevancia radical de las Escrituras cristianas, su atención seria y rigurosa al texto de las Escrituras en la formación de sus puntos de vista, y sus poderosas formulaciones de la verdad bíblica en relación con la realidad contemporánea.

Déjame ilustrar esto. Recuerdo la habitación misma en la que estaba parado cuando esta combinación incomparable aterrizó sobre mí por primera vez. Era en un cuarto trasero de nuestra casa, escuchando una cinta de cassette en un Walkman, mientras hacía algunas tareas. El texto que R.C. estaba predicando era Lucas 13:1-5.

Había elegido escucharlo porque me llamó la atención el título del mensaje impreso en el videocasete: “El lugar equivocado del asombro” (luego volvió a ser predicado en como “El lugar del asombro“). No tenía idea de lo que quería decir. Incluso cuando pensé en el contenido de Lucas 13: 1-5, no tuve la sabiduría para discernir a qué se referiría. Entonces comencé a escuchar. Y como sucede a menudo al escuchar sus mensajes expositivos, estaba fascinado.

Nuestro asombro desubicado

Algunas personas habían acudido a Jesús y lo habían confrontado con el horror de que Pilato había matado a algunos galileos y mezclado su sangre con sus propios sacrificios. Curiosamente, aquellos que vinieron a Jesús no hicieron ninguna pregunta. Simplemente expresaron asombro. Pero dentro de su asombro estaba una pregunta: ¿Qué horrible pecado cometieron estos galileos que hizo caer tal juicio?

Jesús respondió, “¿Piensan que estos Galileos eran más pecadores que todos los demás Galileos, porque sufrieron esto? Les digo que no; al contrario, si ustedes no se arrepienten, todos perecerán igualmente” (Lc 13:2-3). Y para asegurarse de que sabían que él veía tales horrores en el mundo, agregó esto: “¿O piensan que aquellos dieciocho, sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Les digo que no; al contrario, si ustedes no se arrepienten, todos perecerán igualmente” (Lc. 13:4-5).

Entonces R.C. hizo una devastadora —poderosa— observación. Dijo que estas multitudes, que estaban tan sorprendidas de que algunas personas habían sido juzgadas por su pecado, habían puesto su asombro en el lugar completamente equivocado — “un lugar desubicado de asombro”. Se sorprendieron de que algo horrible les hubiera sucedido a unos pocos galileos. Lo que les debería haber sorprendido es que algo igual de horrible no le ha sucedido a todos en Jerusalén — de hecho, R.C. agregó, a todos en el mundo.

“El les respondió: ‘¿Piensan que estos Galileos eran más pecadores que todos los demás Galileos, porque sufrieron esto? Les digo que no; al contrario, si ustedes no se arrepienten, todos perecerán igualmente’” (Lc. 13:2-3).

El significado de estas calamidades que le sucedieron a otros es que yo debería arrepentirme. Lo sorprendente es que no estoy ahora, en este momento, en el infierno por mi pecado. Poderoso.

Combinación incomparable

Con el paso del tiempo, me di cuenta de que el impacto de tal predicación se debía a la combinación incomparable de lealtades de R.C.

Primero, él tenía una atención seria y rigurosa al texto de las Escrituras. Él no estaba expresando sus puntos en general, como si su sermón flotara en una niebla sobre el texto. Él estaba leyendo el texto. Estaba metiendo mi nariz en las cláusulas. Él me estaba mostrando lo que realmente está allí. Las impactantes realidades fueron reales porque estaban realmente en el texto.

Segundo, con el tiempo, cuando escuchabas a R.C. hacer este tipo de cosas repetidamente, te dabas cuenta de que una atención tan seria y rigurosa al texto se debía a su total devoción a la inerrancia y la relevancia radical de las Escrituras. Él no creía que el mensaje de los textos bíblicos fuera inocuo y poco estimulante, y que por lo tanto necesitado de refuerzos verbales artificiales para hacer estallar el trueno. Oh no. Si tomas el texto en serio y te das cuenta de que es la palabra misma de Dios, puedes esperar que su relevancia sea repetidamente impactante.

Esta era la meta de R.C.: un corazón que es aturdido y humillado y cautivado por la grandeza y pureza trascendentes de Dios.

En tercer lugar, por lo tanto, las poderosas formulaciones de la verdad bíblica que se rociaban tan liberalmente a través de la predicación y la escritura de R.C. no se inventaron artificialmente para añadir efecto, sino que se eligieron estratégicamente para expresar la realidad. Y él diría que las expresiones conmovedoras, son más que nada insuficientes para expresar, en lugar de exagerar, la realidad del texto.

Cuarto, emergiendo de la exégesis, y surgiendo en mi corazón, había una lealtad desvergonzada a la soberanía absoluta de Dios para mostrar misericordia o juzgar de acuerdo con su sabiduría infinita. Esta era la meta de R.C.: un corazón que es aturdido y humillado y cautivado por la grandeza y pureza trascendentes de Dios.

Dios santo, hombre humilde

Considera otra ilustración de este tipo de poderosa exposición. El rey David decidió traer el arca de Dios de Quiriat-jearim a la ciudad de David. Pero contrario a la ley de Dios, fue llevado en un carro tirado por bueyes, no en palos por los sacerdotes (Nú. 4:15). Los bueyes tropezaron, el arca se inclinó, Uza extendió su mano para sostener el arca, y Dios lo mató (1 Cr. 13:10).

R.C. sugirió que el problema aquí era más profundo que no seguir las estipulaciones de la ley mosaica. Fue un fracaso para ver la profundidad de la contaminación humana. ¿Por qué, preguntó, debería Uza presumir que sus manos estaban más limpias que el suelo sobre el cual el arca estaba a punto de caer? El suelo es solo ceremonialmente sucio. Las manos de los hombres pecadores son moralmente y espiritualmente inmundas, una inmundicia mucho más grave.

A la objeción de que esto parece duro, R.C. respondió que, de acuerdo con la tradición judía, hay 23 infracciones de la ley que reciben la pena capital en la ley mosaica. Esta es una limitación absolutamente asombrosa y misericordiosa por parte de Dios, ya que, al comienzo de la historia humana, ¡todos pecados eran castigados con la muerte!

Una y otra vez, lo escuché extraer observaciones tan poderosas de las Escrituras, todo ello al servicio de magnificar la santidad de Dios y la humildad del hombre. Me maravillé. El efecto fue hacerme querer manejar la Biblia con seriedad, someterme a ella absolutamente, predicarla fielmente, y proclamar sin vergüenza la grandeza de la gracia soberana de Dios.

Para mí, fue esta fidelidad a los textos bíblicos, y esta alta visión de la soberanía y santidad de Dios, lo que hizo que la lucha de R. C. por la imputación de la justicia de Cristo fuera tan creíble y convincente. Cuanto más grande, más central, más soberano, y más santo Dios es a nuestros ojos, más vemos con claridad nuestra desesperada necesidad de justificación solo por la fe.

Algún día, cuando se escriba la biografía oficial y se hagan los mejores estudios de su vida y ministerio, creo que surgirá un cuerpo notablemente coherente de verdad y devoción. Nunca se permitió descender por agujeros de conejo marginalmente importantes (¡excluyendo aberraciones como una devoción a los Pittsburgh Steelers!). Se mantuvo cerca de las grandes doctrinas de las Escrituras y su profundo impacto en la vida, el ministerio, la iglesia, y las misiones. Estas han sido las vigas desde las cuales ha construido una cosmovisión coherente y centrada en Dios.

“Yo amo la silla”

Cierro con un último recuerdo personal que hizo de R.C. alguien muy querido para mí de una manera especial. Me había invitado a Orlando para ser parte de una de las conferencias de Ligonier. Tenía que predicar después de que él acabara de predicar sobre el significado de la fe. En su mensaje, imaginó una silla en la plataforma e ilustró que si confías en la silla, no lo dices, te sientas en ella. Eso es lo que es la fe.

En el transcurso de mi mensaje después del suyo, me atreví a decir que había más en la fe que eso: que debemos amar la silla, encontrar la silla hermosa y preciosa. Debemos atesorar la silla, no solo sentarnos en ella, no solo usarla. Después del mensaje, salí por la parte de atrás con prisa para tomar mi avión a casa. R.C. había estado mirando en un monitor desde el camerino. Me agarró del brazo, susurró su agradecimiento, sonrió y dijo: “Yo amo la silla”.

Mi reverencia por la santidad de Dios y la verdad de su Palabra no sería la misma sin su influencia.

Con qué facilidad podría haberse molestado. Pero él no era ese tipo de hombre. Su sonrisa, su risa, y su afirmación fueron reales y profundas. No fueron frívolas. Debemos abrazar a Cristo no solo como útil para sostenernos, sino también como precioso para ser nuestro Tesoro que nos satisface por completo.

Amo a R.C. Sproul. Estoy seguro de que le debo más de lo que puedo recordar. Mi reverencia por la santidad de Dios y la verdad de su Palabra no sería la misma sin su influencia. Lo extrañaré (por un corto tiempo).


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Josué Barrios.
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