La importancia de crear una cultura de sacrificio en la iglesia

Si alguna vez te has hecho un chequeo médico, sabrás que hay ciertos puntos de referencia para determinar si estás sano o no, tales como la presión arterial, la frecuencia cardiaca, el peso, la cantidad de glóbulos blancos, los reflejos; todo se revisa. Te pinchan, te toman la presión, muestras de sangre, y te interrogan con la intención de saber cómo estás de salud.

Un buen médico debe estar capacitado para detectar las señales que indican un buen estado. Si no puede hacerlo, no puede ayudar a sus pacientes.

Si estás llamado a pastorear una iglesia, también debes estar capacitado para detectar sus signos de salud. Un pastor que no sabe lo que es una iglesia saludable encontrará novedades en cualquier viento de doctrina y se volverá un seguidor de modas, a menudo haciendo algo, pero rara vez algo significativo. Pablo describe a este tipo de cristianos como, “…niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error” (Efesios 4:14).

Es irónico, pero para que esté realmente sana, la iglesia necesita existir por algo que vaya más allá de sí misma. En otras palabras, una iglesia saludable es aquella que está comprometida con algo mayor y mejor que sí misma, y que está dispuesta a sacrificarse para obtenerlo. Un buen pastor es aquel que puede guiar a su iglesia a hacer esos sacrificios necesarios para llevarla a lograr su cometido. Por lo tanto, la clave para un ministerio pastoral fructífero está en ayudar a la iglesia a cultivar un corazón sacrificado.

Perder para ganar

Es lógico pensar que la mejor manera de proteger una iglesia es resguardando sus recursos y cuidando al pueblo de Dios de cualquier peligro. Algo como retener a Pablo en Antioquía o mantener juntos a los once discípulos en Jerusalén; construir trincheras, reforzar las defensas, y mantener todo limpio y ordenado. Nos encanta la limpieza y el orden. Alimenta ese deseo de ordenar y proteger lo que se nos ha dado.

Pero debemos recordar que, en el Nuevo Testamento, el evangelio no emigró de iglesias bien establecidas, bien provistas, o bien protegidas. El contexto era la persecución, y había un precio muy alto qué pagar por las misiones. El sacrificio se convirtió en el medio por el cual la misión avanzaba.

Plantar iglesias es parecido a tener hijos, siempre hay buenas razones para esperarse. Después de todo, plantar iglesias es costoso. Podemos estar tentados a pensar: “Le duele a la iglesia madre, ya hay suficientes iglesias, no estamos listos para iniciar otra, plantar iglesias será un obstáculo para nuestra comunión”.

Si bien estas declaraciones pueden tener algo de cierto, he aquí la verdad: Para que una iglesia local se mantenga viva, necesita existir por algo que vaya más allá de sí misma. Si te sientes llamado al ministerio, vuelve a leer esto. Es muy importante recordarlo.

En sus “Cartas y apuntes desde el cautiverio”, Dietrich Bonhoeffer escribió: “La Iglesia solo es Iglesia cuando existe para los demás”. La Gran Comisión es un llamado al sacrificio con el fin de llevar vida a otros.

En una iglesia que dirigí, pasábamos por tiempos difíciles. La congregación estaba molesta, algunos habían decidido dejar la iglesia y existía una apatía generalizada. De hecho, la situación parecía tan grave que creímos que solo una buena dosis de misiones podría resolver el problema. Así que ¡plantamos una iglesia! Los ancianos concluyeron que teníamos que quitar la mirada de nosotros mismos y ponerla en los campos. Nuestra iglesia se recobró, y la plantación de la iglesia dio inicio.

La iglesia existe para multiplicarse a sí misma, y esto solo ocurre cuando se entrega a los demás. La cosecha de la que habló Jesús (Mateo 9:37) requiere de nuestra propia encarnación, de darnos a nosotros mismos, y del autosacrificio. El testimonio del libro de los Hechos es que el evangelio se propaga por el poder de Dios a través de los sacrificios de su pueblo. Los primeros cristianos vendieron sus propiedades y dieron el dinero para la misión de la iglesia (Hechos 4:34); Esteban fue apedreado hasta la muerte por proclamar el evangelio con valentía (Hechos 7:58); Felipe fue a la gente de Samaria (Hechos 8:5), un pueblo que era considerado impuro por los judíos; Pedro bautizó a la familia de un gentil, Cornelio (Hechos 10:47); Pablo fue arrestado, golpeado, apedreado, y continuamente perseguido por predicar el evangelio.

El punto es este: la iglesia se multiplica a través del sacrificio.

El sacrificio de levantar líderes

Curiosamente, uno de mis libros favoritos de la Biblia es Filemón. Me encanta porque ofrece una imagen aislada del liderazgo de Pablo en una situación en particular. Onésimo era un esclavo que pertenecía a Filemón pero que lo abandona, y mediante las maravillosas obras de la Providencia, termina en compañía de Pablo. A través del ministerio de Pablo, Onésimo se convierte a Cristo y se vuelve un valioso compañero del ministerio para Pablo. Pablo mismo dice de Onésimo: “el cual en otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil a ti y a mí” (versículo 11).

Sin embargo, Pablo lo envía de regreso a Filemón.

Ahora, considera detenidamente las circunstancias alrededor de Pablo: Él era un hombre mayor, confinado a prisión; Onésimo se convirtió a través de su ministerio; Pablo lo discipuló a tal punto que se convirtió en un ministro efectivo al cuidado de Pablo. “[Quien] en otro tiempo [le] era inútil” como inconverso (v.11), se vuelve en alguien esencial para Pablo; incluso lo llama, “…mi propio corazón” (v. 12). Onésimo era la mano derecha de Pablo, un miembro clave del equipo.

A pesar de esto, todas estas increíbles ventajas no evitaron que Pablo considerara que podría haber algún tipo de reclamación por Onésimo, o que quizá podría serle más útil a alguien más. Pablo estaba tan comprometido con el evangelio que no dudó en sacrificar a su más valioso elemento.

Una de las realidades más dolorosas/alegres del liderazgo es que la formación de líderes está estrechamente ligada al sacrificio. Esto significa que Dios nos ha llamado a invertir en ciertos hombres para que gente de otra iglesia, de otra ciudad, de otro círculo, de otra parte del mundo reciba ayuda; invertir nuestro tiempo y energía para algo más allá de nosotros mismos. John Piper dijo en cierta ocasión: “Ninguna iglesia local puede darse el lujo de vivir sin el aliento y alimento que vienen por enviar lejos a sus mejores miembros”.

Esta es solo otra forma de decir que una iglesia saludable existe para un propósito que va más allá de sí misma.

¡Onésimo es una representación del sacrificio! Al enviar a Onésimo de vuelta a Filemón, Pablo renunciaba a sus derechos sobre Onésimo. Dejaba ir a uno de sus más valiosos representantes del evangelio. Por el bien de la reconciliación y del avance del evangelio, Pablo renunciaba a uno de sus más preciados compañeros.

La Gran Comisión no nos llama a preguntarnos, “¿Qué es lo mejor para mí?”, sino ”¿Qué es lo mejor para la iglesia y para la expansión del evangelio?”. Pablo estaba dispuesto a sacrificar incluso su propia estabilidad económica con el fin de ver a Onésimo ser usado de la manera más estratégica posible: “Y si te ha perjudicado en alguna forma, o te debe algo, cárgalo a mi cuenta” (versículo 18).

Enviar lo mejor que tenemos a menudo es costoso; se carga a nuestras cuentas, pero Dios usa nuestros sacrificios para traernos salud espiritual.

Como pastor, ¿estás dispuesto a sacrificarte con el fin de obedecer la Gran Comisión? ¿Estás dispuesto a renunciar a tus miembros maduros más valiosos, por ver que el evangelio sea predicado en lugares difíciles? La forma en la que nos relacionamos con estos sacrificios revela mucho acerca de qué tan lejos podemos ver hacia el futuro y qué tan grande es Dios realmente para nosotros.

Un giro fascinante en esta historia es que probablemente con el tiempo Onésimo se convirtió en el obispo de Éfeso. Piensa por un instante, ¿y si Pablo nunca hubiera puesto en libertad a Onésimo para que regresara a Filemón? ¿Y si hubiera pensado solo en su ministerio, sus necesidades, o en sí mismo? Pero no lo hizo. Pablo sabía que Dios era glorificado en aquello que estaba dispuesto a sacrificar.

Para que una iglesia sea saludable, debe existir por algo que vaya más allá de sí misma. ¿Incluye tu visión del ministerio el tipo de sacrificios necesarios para ayudar a la iglesia a cumplir su propósito?


Publicado originalmente en Am I Called? Traducido por Carolina López Ortiz
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