Keller sobre los tiempos de reflexión, el misticismo y la invaluable recompensa de la oración

La oración. ¿Habrá algo en el mundo menos glamoroso y más importante?

En su nuevo libro, La oración: Experimentando asombro e intimidad con Dios (B&H Español), Tim Keller condensa décadas de experiencia y sabiduría bíblica en una guía teológica y práctica para la vida de rodillas. Mezclando conocimiento sociológico, teológico, devocional y metodológico, él ha producido un regalo para cualquiera que desee «contemplar la hermosura del Señor» (Sal. 27:14), hacerle peticiones con humilde audacia y verlo responder con un amor infinitamente sabio.

Una vida de oración vibrante es muchas veces agotadora y rara vez conveniente. Se gana con esfuerzo y vale la pena por completo. Nada se compara con la experiencia de conocer y venerar y disfrutar y recibir del Rey del universo —lo cual, como demuestra Keller, está disponible para nosotros a través de la oración—.

Le pregunté al pastor de Redeemer Presbyterian Church (Iglesia Presbiteriana Redentor) en la ciudad de Nueva York acerca del misticismo, el problema con los tiempos de reflexión, cómo le ha enseñado a su congregación a orar, consejos para los distraídos y más.

Usted defiende un «misticismo radicalmente bíblico» a la John Owen y Jonathan Edwards; o lo que John Murray llamó un «misticismo inteligente». ¿Cómo deberíamos ver la intersección entre teología y experiencia al estar de rodillas?

La meditación bíblica significa, primero, pensar nuestra teología en alto. (Esto significa tenerla de manera clara en nuestra mente. Saber lo que creemos). Segundo, significa trabajar en nuestra teología. (Esto significa comunión con uno mismo, hablarse a sí mismo. Por ejemplo: «¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí?». Es preguntarse: «¿Cómo sería diferente si me tomara esta verdad teológica en serio? ¿Cómo cambiaría yo, mis acciones, si en realidad creyera esto desde lo profundo de mi corazón?»). Tercero, significa orar nuestra teología. (Esto significa convertir nuestra teología en oración, permitirle que incite adoración, confesión y súplica). Haga estas cosas y su teología se cruzará con su experiencia.

¿De qué maneras es nuestro concepto evangélico de un «tiempo de reflexión» deficiente?

La mayoría de las concepciones evangélicas de un «tiempo de reflexión», por lo menos en la instrucción que yo recibí, tendían a enfocarse más que todo en un estudio inductivo de la Biblia. Así que, eran más motivadas por la información y menos orientadas hacia la comunión con Dios. Sin embargo, como reacción, vemos a muchas personas hablando acerca de la lectio divina —que se puede definir de muchas maneras—. Pero muchas veces he escuchado que la describen como leer la Biblia no por su verdad teológica, sino para escuchar un «mensaje personal de Dios». El problema es que podemos escuchar lo que Dios nos está diciendo en cualquier lugar al discernir el significado teológico del texto. No podemos estar seguros de que cualquier cosa que nos ocurra ese día es Dios hablándonos a través de la Biblia. Ahora, si uno pasa todo su tiempo devocional usando comentarios y otros textos para descifrar un pasaje, esto se toma todo el tiempo y la energía, y el tiempo de oración es usualmente superficia.

He concluído que la mayoría de la gente debería separar tiempo de manera regular para estudiar la Biblia y buscar entender su significado. Entonces, a partir de este estudio, deberíamos escoger pasajes en los cuales meditar durante nuestro tiempo de oración. Martín Lutero y John Owen creían (correctamente) que antes de orar era importante meditar en verdades bíblicas hasta que nuestras afecciones y corazones estuvieran tan profundamente involucrados como fuera posible. Encuentro que sus instrucciones para la comunión con Dios no se corresponden, ni con el típico «tiempo de reflexión» evangélico ni  el nuevo énfasis en la lectio divina.

¿Cómo le ha enseñado a su congregación a orar?

He predicado series de sermones acerca de la oración seis o siete veces y algunos años he entrenado a mis líderes en la oración. También hemos tenido temporadas de oración congregacional. Por último, espero que mis oraciones pastorales, especialmente las que no escribo, sean de instrucción. Oraciones espontáneas en público pueden revelar mucho acerca de la vida privada de oración de una persona. De esta manera, puedo ser un modelo. Habiendo dicho todo esto, no creo que yo haya sido bueno, de manera particular, enseñándole a mi iglesia a orar.

Usted recuerda recibir convicción al darse cuenta de que el apóstol Pedro «asumió que una experiencia de gozo, a veces abrumadora, era normal en la oración» (1 Ped. 1:8). ¿Cómo perseguimos alcanzar de manera correcta ese gozo, especialmente cuando parece más elusivo de lo normal?

Solo debemos ser fieles y regulares en la oración. La mayoría de nosotros busca gozo en la oración, no lo obtiene, y deja de orar. Pero, como solían decir los Puritanos: «Ocúpese de su trabajo, no de su salario». La oración es un deber —aun, si no obtenemos mucho emocionalmente, se la debemos a Dios—. Los cristianos creemos inevitablemente que dependemos de Dios en todo; un cristiano que no ora, entonces, es una contradicción de términos. Si hay un secreto en esto, puede estar aquí. Cuando buscamos a Dios por Él mismo y no por un beneficio emocional, y cuando desarrollamos hábitos regulares de oración, es más probable que el sentido de gozo y de su presencia vengan y vengan más a menudo.

¿Por qué es crucial orar en el nombre de Jesús? ¿De qué maneras oramos, en cambio, en nuestro propio nombre?

Orar en el nombre de Jesús significa reconocer que solo tenemos acceso a la atención del Padre y gracia a través del trabajo mediatorio de nuestro salvador. Solo usar las palabras «en el nombre de Jesús» no es suficiente. Usamos las palabras para reforzar la actitud y la motivación requerida. Orar «en el nombre de Jesús» es venir ante Dios en humildad (sabiendo que no merecemos la ayuda de Dios) y confianza (sabiendo que estamos vestidos en la justicia y mérito de Cristo), así como también con gozo y agradecimiento.

Orar en el nombre de Jesús, entonces, es estar consciente de la gracia del evangelio como la base de la oración, y que nuestra actitud de oración sea sumamente enriquecida; humilde y exaltada. Cuando, consciente o inconscientemente, esperamos que Dios escuche nuestras oraciones porque estamos relativamente libres de pecado público o por nuestro servicio o esfuerzo moral, estamos orando en nuestro propio nombre.

¿Qué consejo le daría a aquellos que luchan con la distracción y perder su línea de pensamiento mientras oran?

Martín Lutero sugirió la meditación. Por ejemplo, si usted parafrasea el Padre Nuestro, como aconseja Lutero, esto lo forza a concentrarse. Casi cualquier método de meditación puede enfocar la mente y afectar las afecciones para que cuando usted vaya a orar no se distraiga. No debería ser necesario decir —pero lo voy a decir— que lo que quiero decir con «meditación» no es ninguna de las prácticas contemplativas que buscan ir más allá de las palabras o del pensamiento racional a una pura consciencia de nuestra unidad con Dios. La meditación bíblica, en cambio, es llenar la mente con la Escritura y entonces «cargar el corazón» (para usar la frase de John Owen) con ella, hasta que afecte no solo las emociones, sino toda nuestra vida.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition.
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