El Jonás que llevamos dentro

El Jonás que llevamos dentro

¿Cómo actuamos cuando aquellos que pensamos que no cambiarían, de pronto los vemos restaurados y sirviendo a Dios?

Todas tenemos el llamado a ir por todo el mundo predicando las buenas nuevas de Cristo (Mt. 28:19-20). Es decir, el llamado a hablarle a todo aquel con quien tengamos contacto físico, y ahora, de manera virtual también. Y sé que, aunque a muchos se nos dificulta más que a otros compartir el evangelio, lo hacemos y confiamos en que Dios hará su obra en aquellos quienes nos escuchan o leen. Nos sentimos bien, pues es un privilegio poder hablar con otros acerca de la salvación, acerca de la Palabra de Dios, acerca de quién es Él.

Pero ¿qué hay de aquellos con quienes no tenemos buena relación? ¿Vamos con ellos con el mismo entusiasmo como con la ama de casa que necesita escuchar de Cristo? ¿Y qué si Dios nos envía a ellos, se arrepienten, y Dios los perdona? ¿Cuál es nuestra respuesta? 

¿Por amor o compromiso?

Leía el breve libro de Jonás y encontré joyas hermosas que no había visto antes, quizá porque uno se acostumbra a que es una historia que se les narra a los niños en la escuelita dominical, y como nos la sabemos de memoria, olvidamos que todo lo que se escribió en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió (Ro. 15:4). 

Lo increíble, para mí, no fue que Jonás haya estado tres días y tres noches en la ballena sin morir, sino lo tremendamente parecido que es su corazón con el mío. Y esto especialmente a la hora de ir a predicar el mensaje de arrepentimiento a aquellos que me han hecho mal. O a aquellos de quienes, por el testimonio de su vida, quiero salir huyendo también, en lugar de querer acercarme.

Recordamos que Dios le habló a Jonás para que fuese a Nínive, que era la capital del Imperio asirio. Esta era una ciudad pagana, llena de maldad, y cruel. Pero Dios, a pesar de la maldad de ellos, envía a Jonás para hacerles saber que nada de lo que hacían estaba oculto a sus ojos.

Cuando Dios habla, nosotras tenemos que obedecer. Él es Dios, no nosotras. Él es quien reina, no nosotras.

Y ¿cuál es la respuesta de Jonás? ¡Huir de Dios!, como si eso fuera posible (Sal. 139:7-12). Él quería irse lo más lejos posible del lugar de donde Dios le había hablado (Jon. 1:3). Y nosotros quizá no nos movamos de ciudad, país o continente, pero sí tratamos de huir de la instrucción de Dios, quizá haciendo oídos sordos, quizá evitando a toda costa encontrarnos con esas personas a quienes no queremos ir. En fin, podemos poner mil y un argumentos para no obedecer a Dios y creer que estaremos “a salvo”. 

Sin embargo, cuando Dios habla, nosotras tenemos que obedecer. Él es Dios, no nosotras. Él es quien reina, no nosotras. Cuando Dios ha determinado que nos usará para hacer algo, Él hará lo que sea necesario para que cumplamos con su plan. Podemos decir que tememos y amamos a Dios, y con nuestros hechos demostrar lo contrario (Jon. 1:9). Hay consecuencias por desobedecer su mandato o instrucción, y no solo para nosotras, sino que también es muy probable que afectemos a otros que están alrededor nuestro (Jon. 1:7-11).

Y ¿cuántas veces preferimos las consecuencias de nuestra desobediencia antes de arrepentirnos y en humildad obedecer a Dios? “Échenme al mar”, dijo Jonás (Jon. 1:12), y las aguas se calmaron, los marineros creyeron en Dios, temieron su Nombre, y ofrecieron sacrificios a Él. Actuaron con más devoción ellos que Jonás, quien decía temer a Dios. Que Dios nos ayude a tener un corazón que siempre le tema, le honre, y le dé gloria a Él en cualquier circunstancia. 

¿Cuántas veces preferimos las consecuencias de nuestra desobediencia antes de arrepentirnos y en humildad obedecer a Dios?.

Jonás se enojó por la misericordia que Dios tuvo para con los de Nínive, y nosotras, ¿cómo actuamos cuando aquellos que pensamos que no cambiarían, de pronto los vemos restaurados y sirviendo a Dios? 

Es muy sencillo tener compasión por aquellos que no conocemos, los que no nos sacan de nuestra comodidad, pero los cercanos, los que nos llevan al límite de nuestra paciencia por ser difíciles y que no sentimos amarlos, ¿nos compadecemos y oramos por ellos? ¿O nos enojamos cuando Dios los transforma e incluso usa más que a nosotras? 

Dios usa a quién Él desea usar

En solo 48 versículos Dios nos muestra cómo Él usa lo que desea usar para cumplir con sus propósitos. 

  • Usó una tormenta para recordarle a Jonás que Él era el Señor de los cielos, y usó esa misma tormenta para que los marineros paganos creyeran en Él (Jon. 1:14-16). 
  • Usó el gran pez para recordarle a Jonás quién es el que guarda y preserva la vida (Jon.1:17-2:10).
  • Usó a Jonás y su predicación para que miles de personas se volvieran del mal camino y pusieran su fe en Dios (Jon.3:5-10).
  • Usó una calabacera para mostrarle a Jonás y a nosotras lo fácil que es crear ídolos de cualquier cosa siempre y cuando estemos cómodas (Jon. 4:6-7).
  • Y usó un pequeño gusano para derribar ese ídolo y sacar a relucir la ira, resentimiento, y falta de misericordia que había aún en el corazón de Jonás (Jon. 4:8-11).

Marineros y miles de personas pusieron su confianza en Dios, y se arrepintieron de sus malos caminos. Ofrecieron sacrificios al Dios eterno delante de los ojos de Jonás, y él permaneció indiferente. Su corazón seguía duro a pesar de ser él quien experimentó en carne propia la maravillosa gracia y misericordia de Dios (Jon. 2:6-9). 

Quizá nuestro corazón se ha acostumbrado a la comodidad de la vida cristiana. Quizá hemos hecho del caminar cristiano una rutina en lugar de un estilo de vida. Cuando somos enviados o somos testigos de la gracia y misericordia de Dios para con otros, ya no nos causa alegría, sino que nos da lo mismo si se convierten miles o si esos miles se van al infierno. Al final, “la salvación es del Señor” puede ser un lema que enmascara nuestra falta de misericordia por los perdidos. 

Dios usa a quien Él desea usar, sea grande o pequeño, para cumplir su voluntad. Pero ¡oh qué gran privilegio es que nos use a nosotros! No cerremos nuestro corazón al clamor de la gente, ni seamos apáticos al dolor que provoca el pecado de otros. Recordemos que nosotros tuvimos la gracia de escuchar de Cristo a través de alguien más, recordemos que estamos de paso en esta tierra, y que en el pasado fuimos tan pecadores y difíciles para alguien más.


Imagen: Lightstock.
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