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Ya no se puede dar por sentado que los credos históricos del cristianismo tengan un significado perdurable más allá de ser meras reliquias del pasado. Al caminar entre las ruinas humeantes de la cristiandad occidental, es probable que encontremos fragmentos de estos credos, tal vez incluso en forma completa. Nos resultan algo familiares, pero no sentimos ninguna conexión orgánica con ellos.

Como cristianos evangélicos, creemos en los credos. A veces los recitamos para recordarnos que creemos en ellos. Pero su poder se está desvaneciendo. Puede que nos sintamos avergonzados cuando los recitamos colectivamente, no porque ya no creamos en ellos, sino porque creemos en ellos de una manera diferente.

Para muchos, los credos ya no son evidentes, al igual que muchas otras creencias religiosas que solían mantener unida a la sociedad. Las personas que los rechazan ya no nos parecen irracionales o fuera de lo común. Hemos degradado los credos al estatus de hipótesis.

Pero, en contra de las corrientes culturales predominantes y a pesar de su naturaleza contextual, los credos deben retener una posición central en la vida de la iglesia.

Superando los credos

Charles Taylor explicó el sutil cambio en nuestra relación con nuestras propias creencias en términos de lo que él llama «secularidad 3», un cambio en el modo de creer. En un mundo globalizado, es casi imposible mantener las opiniones religiosas propias como evidentes. La presencia de una confusa diversidad de teologías nativas, especialmente en partes del mundo donde la iglesia está creciendo rápidamente, hace que los credos históricos parezcan realmente pequeños.

Un doble movimiento ha ido haciendo que los credos pierdan relevancia poco a poco.

1. El auge de la conciencia histórica

En Occidente, el pasado ya no se ve como un depósito de verdades eternas, sino como algo que solo tiene interés para los anticuarios. La famosa declaración de Leopold von Ranke en 1824 es relevante aquí: «A la historia se le ha asignado la función de juzgar el pasado, de instruir al presente en beneficio de las generaciones futuras. Esta obra no aspira a tan alta función: solo quiere mostrar lo que realmente ocurrió». Pero lo que realmente ocurrió no tiene relación directa con las verdades eternas y necesarias de la razón, que no pueden ser respaldadas por las verdades contingentes de la historia.

El efecto de la historización queda plasmado en los comentarios de Robin G. Collingwood sobre Johann Gottfried Herder, el primer intelectual en describir la conciencia histórica: «Herder, hasta donde yo sé, fue el primer pensador en reconocer de manera sistemática que […] la naturaleza humana no es uniforme, sino diversificada. La naturaleza humana no era un dato, sino un problema».

Lo natural es, en última instancia, temporal: solo puede reconocerse en el tiempo, longitudinalmente, nunca de forma sincrónica. El tiempo y la historia son los reveladores fotográficos que permiten descubrir los patrones naturales. Devaluar el pasado lleva a cuestionar nuestro sentido de lo que es natural, del mismo modo que examinar muy de cerca la forma de una palabra la desfamiliariza, haciéndola extraña y arbitraria. Dividir el tiempo crea el espacio en el que descubrimos una gran variedad de creencias. Un corte transversal de la historia revela detalles dispares sin un medio claro para relacionarlos.

2. Disipación global de la verdad

Mientras que el enfoque longitudinal de la conciencia histórica separa la naturaleza del pasado y la convierte en un problema en lugar de un dato, la visión lateral de un enfoque en la globalización relativiza la naturaleza a diversos contextos. La verdad se convierte en algo local y, aunque otras verdades locales puedan ser interesantes, a menudo no tienen ningún valor fuera de sus contextos originales.

Esto incide directamente en los credos, como indica el teólogo afroamericano James Cone: «Respeto lo que ocurrió en Nicea y Calcedonia y la aportación teológica de los Padres de la Iglesia sobre la cristología […]. Pero la cuestión de la homoousia no es una cuestión afroamericana».

Cone se queja de una tendencia unificadora en la teología cristiana que también reconocen W. A. Dyrness y Oscar García-Johnson: «El problema inherente a la “cristiandad” era su capacidad para imponer una uniformidad que ignoraba o suprimía puntos de vista alternativos. […] Como mínimo, a veces proponía formulaciones teológicas que eran difíciles de encajar en otros marcos culturales, donde, por ejemplo, no habían existido conversaciones previas sobre “personas” y “sustancia”».

En contra de las corrientes culturales predominantes y a pesar de su naturaleza contextual, los credos deben retener una posición central en la vida de la iglesia

En la medida en que los credos operan con un supuesto lenguaje metafísico —y algunos credos son más metafísicos que otros (p. ej., comparar el Credo de los Apóstoles con el de Calcedonia o el Credo Atanasiano)—, resultan menos interesantes fuera de sus contextos originales. Cada contexto, tanto a lo largo de la historia como en todo el mundo, presenta retos y cuestiones únicos.

Los movimientos gemelos del historicismo y la globalización están haciendo que los credos resulten desagradables, como si se pidiera a los niños que disfrutaran de la música y las películas de sus abuelos o se esperara que un inmigrante rumano en Estados Unidos abrazara la música country.

Credo y contexto

Muchos sugieren ahora que la propagación del evangelio requiere reconocer la fertilidad de diversos contextos. Del suelo de las culturas brotan preguntas, intuiciones y conceptos religiosos que ya proveen un terreno fértil para el evangelio. Los credos, particularmente en su lenguaje metafísico, son innecesarios para comprender el evangelio en estos contextos.

Por ejemplo, Stephen B. Bevans y Roger Schroeder argumentan que la historia del cristianismo no debe verse como «la expansión de una institución, sino como el surgimiento de un movimiento, no simplemente como la propagación de una doctrina ya establecida, sino como el descubrimiento constante de la “traducibilidad infinita” del evangelio y la intención misionera». Los significados «infinitos» del evangelio se ponen de manifiesto a través de la interacción creativa con conceptos nativos, como fue el caso de los credos históricos y su empleo de categorías filosóficas (platónicas).

La fuerza de estos argumentos es innegable. Sin embargo, todavía me gustaría presentar dos razones por las que los credos históricos siguen siendo esenciales para la difusión del cristianismo, tanto dentro como fuera de Occidente. El primer argumento es histórico; el segundo pertenece a la teología.

1. Argumento histórico

Los credos surgieron del encuentro del evangelio con un contexto cultural más amplio, a través de la expansión misionera. El desarrollo de la doctrina, como señala Alister McGrath, se debió «en parte debido a la necesidad de interactuar con un lenguaje y un marco conceptual que no se habían diseñado teniendo en cuenta las necesidades específicas de la teología cristiana». La doctrina y los credos surgen de la necesidad de explicar y defender el mensaje del evangelio frente a desafíos intelectuales y religiosos, tales como el politeísmo, el gnosticismo o el dualismo.

Donald Fairbairn ha señalado recientemente la urgente necesidad de la iglesia primitiva de aclarar el significado de su fe trinitaria en el encuentro con las culturas politeístas, algo que la Biblia ya hace en contraste con las religiones del mundo antiguo. Escribe: «El llamado de la iglesia a la evangelización y a la amplia labor misionera hizo que esta necesidad fuera aún más apremiante».

Los credos históricos siguen siendo normativos porque representan la aclaración y explicación orgánica del evangelio

Cuando la iglesia rechazó estas distorsiones del mensaje apostólico, recurrió a los conceptos filosóficos disponibles. La terminología nunca se adoptó sin crítica, y la carga metafísica de los credos (desde Nicea hasta Calcedonia) es mínima. El debate se reduce al lenguaje de la sustancia y las personas. Como señalan Fairbairn y Ryan M. Reeves, los credos entraron en un proceso de estandarización en el siglo IV, por lo que «los credos que conocemos hoy en día han sido acordados por una amplia franja de la iglesia cristiana. Son de carácter universal, aunque no debemos olvidar sus orígenes locales y contextuales».

2. Argumento teológico

La verdad no es una realidad espiritual sin cuerpo. La Ilustración había intentado inicialmente extraer verdades eternas de acontecimientos y figuras históricos positivos. Sin embargo, debemos rechazar los extremos tanto de la verdad atemporal como del historicismo. La encarnación demuestra que en la carne judía de Cristo «toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en Él» (Col 2:9). La concreción encarnada de la revelación divina, en la plenitud de los tiempos en Jesucristo, es el contenido de la enseñanza apostólica y misionera de la iglesia.

La iglesia declara el significado de estos misterios revelados. Así como estos misterios se revelan de manera encarnada, la iglesia —como cuerpo de Cristo— proclama estos misterios de una manera cultural y lingüística concreta. Sin embargo, es un lenguaje atraído hacia la órbita del lenguaje primario de las Escrituras y de la cabeza del cuerpo, Cristo.

Por qué los credos son normativos

Los credos históricos siguen siendo normativos no porque carezcan de contexto o de un cuerpo, sino porque representan la aclaración y explicación orgánica del evangelio. Son, por tanto, norma normans, una norma normada. Dependiendo de la interpretación confesional que cada uno haga de las Escrituras, algunos credos serán más normativos que otros.

La propagación del evangelio se produce de forma orgánica, a través del movimiento exterior de personas y grupos, y principalmente a través del crecimiento del cuerpo desde la cabeza, Jesús (Col 2:19). Esto significa que los credos solo tienen valor siempre que expliquen la verdad encarnada de Israel y Cristo. Nunca se debe permitir que alcancen la velocidad de escape, sino que deben permanecer en la órbita de las Escrituras.

Los credos son universales porque representan un momento en el crecimiento y desarrollo orgánicos de un cuerpo concreto de Cristo, Su iglesia

Esto es un reconocimiento de que el evangelio se propaga en círculos concéntricos, «del judío primeramente y también del griego» (Ro 1:16). El teólogo afroamericano J. Kameron Carter subraya acertadamente que «estar en sintonía con las armonías divinas es tocar la canción del pacto de Israel». Para acceder a las verdades divinas, hay que remontarse a la historia del pacto con el pueblo judío. Pero, al mismo tiempo, es un reconocimiento de que «el drama de Israel no es, por consiguiente, insular, ya que se desarrolla de tal manera que envuelve a las naciones en su drama».

El misiólogo Andrew Walls ha denominado a esto el «principio peregrino», que es universalizador:

Todos los cristianos de cualquier nacionalidad, por adopción, se ven inmersos en varios milenios de historia ajena, con todo un conjunto de ideas, conceptos y presuposiciones que no necesariamente concuerdan con el resto de su herencia cultural […] La adopción como parte de Israel se convierte en un factor «universalizador», que une a cristianos de todas las culturas y edades a través de una herencia común […], aportando a la sociedad de cada uno algún tipo de referencia externa.

En resumen, los credos son universales no porque sean verdades sin cuerpo y atemporales —esta es la concepción de la verdad de la Ilustración—, sino porque representan un momento en el crecimiento y desarrollo orgánicos de un cuerpo concreto de Cristo, Su iglesia.

Jaroslav Pelikan sugiere que podemos pensar en estos credos y tradiciones como padres. Así como la vida solo está disponible para nosotros en un conjunto particular de padres, la verdad universal, para nosotros los seres humanos, solo está disponible en una encarnación particular. Él escribe:

Sin embargo, es a las tradiciones de Atenas y Jerusalén a las que sus descendientes espirituales deben volver una y otra vez, no para quedarse allí permanentemente, sino para encontrar allí, para cada generación de descendientes, lo que nosotros, por nuestra parte, no reconoceremos en ningún otro lugar (aunque ciertamente esté en otros lugares, si Dios es uno, como confiesan el Shemá del judaísmo y el credo niceno de la ortodoxia cristiana) a menos que lo hayamos visto primero allí.

La vida de la iglesia global, al igual que la vida de la iglesia occidental, solo se encuentra en su cabeza judía y en sus Escrituras judías, cuyas semillas florecen en los credos.

Para un evangélico protestante, no todos los credos tendrán la misma normatividad. Algunos credos serán como el tío raro del árbol genealógico de una persona. Los credos que marcan la línea espiritual de una tradición concreta serán más prominentes. Pero el hecho de que sean antiguos y extranjeros no debería restarles vitalidad y poder aquí y ahora.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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