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Nuestras mentes nunca están en silencio. Todo el día nos estamos escuchando y, lamentablemente, en la mayoría de los casos, aquello a lo que decidimos prestarle atención está muy lejos de las verdades de la Palabra de Dios.

Podemos encontrarnos en medio del sufrimiento y mantenernos con la idea en nosotras de que no hay propósito alguno en medio de nuestras aflicciones y, peor aún, de que a Dios no le importa o que Él no nos ama porque de lo contrario no estaríamos sufriendo.

En medio de nuestro pecado podemos estar dudando de la fidelidad de Dios. Pensamos: “Esta vez ya Dios no me va a perdonar. No importa qué tanto me arrepienta, esto es demasiado grande para alcanzar el perdón de Dios”.

También podemos terminar levantando ídolos y buscando la satisfacción que nuestras almas tanto necesitan en cualquier cosa creada que nuestros corazones anhelen, y nos engañamos a nosotras mismas diciéndonos que cuando tengamos “eso” estaremos completamente satisfechas.

Los ejemplos de las voces que se hacen fuerte en nosotras, y a las que con frecuencia decidimos escuchar, pudieran continuar sin descanso. Pero lo interesante —y a la vez complicado— de cada uno de estos pensamientos en nuestras mentes es que, en la mayoría de los casos, no vienen de alguien más, sino de nosotras mismas.

Resolver este problema no es tan sencillo como prohibirle a alguien en particular que nos escriba o decirle que dejemos de reunirnos. Eso no puede resolver este problema porque esos pensamientos son nuestros y de nadie más. Es como si un lado oscuro de mí misma estuviera todo el tiempo hablándome palabras que no son de vida.

Cada pensamiento, cada acción, cada decisión, cada circunstancia debe ser vista a través de la verdad del evangelio

Martyn Lloyd Jones escribe en su libro Depresión espiritual que “gran parte de las insatisfacciones de nuestras vidas vienen porque nos escuchamos más de lo que nos hablamos”.1

Todo el tiempo estamos escuchándonos, y eso que escuchamos moldea nuestras mentes y corazones; determina nuestras reacciones, emociones y decisiones. Lo más peligroso de todo es que esas voces a las que damos atención moldean también nuestra visión de Dios. En vez de ver a Dios conforme a lo que Él dice que es en su Palabra, comienzo a verlo en base a lo que siento, en función de lo que me escucho decir a mí misma sobre Dios.

No te escuches, ¡háblate!

Hace muchos años escuché una frase de Martín Lutero que se quedó grabada en mi mente: “Yo no puedo evitar que un ave vuele sobre mi cabeza, pero sí que haga un nido sobre ella”.2

No solo necesitamos el evangelio para ser salvos, sino también para que moldee toda nuestra vida

Definitivamente, así como no podemos controlar el vuelo de un ave sobre nosotros, tampoco podemos evitar que algunos pensamientos lleguen a nuestras mentes porque nuestra naturaleza pecaminosa sigue presente. Lo que sí podemos evitar es que esas ideas contrarias a la Palabra hagan un hogar en nosotras y dirijan nuestras vidas.

¿Cuál es la forma bíblica de evitar esto? Hablarnos en lugar de escucharnos.

El libro de los Salmos presenta con frecuencia este ejemplo de hablarle a nuestras almas. A veces vemos que el salmista se habla para exhortar a su alma para que deje de lado algún sentimiento o visión contraria a Dios. En otras ocasiones, se habla a sí mismo para llevar a su alma hacia algo bueno:

“¿Por qué te desesperas, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarlo otra vez por la salvación de Su presencia” (Sal 42:5).

“Bendice, alma mía, al SEÑOR, y bendiga todo mi ser Su santo nombre. Bendice, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de Sus beneficios” (Sal 103:1-2).

“Alma mía, espera en silencio solamente en Dios, pues de Él viene mi esperanza” (Sal 62:5).

Cada uno de estos versos nos muestran la necesidad de traer nuestras almas y pensamientos a donde deben estar, al lugar correcto. ¿Y cuál es ese lugar? El evangelio.

El evangelio no es simplemente la puerta de entrada de nuestras vidas a la fe; el evangelio es nuestro hogar. El evangelio es la gloriosa verdad de que el perfecto y santo Dios se hizo hombre en la persona de Jesucristo.

Él cargó nuestros pecados, siendo perfecto al no haber caído o cometido ninguno de ellos, y nos entregó su justicia sin que nosotros la mereciéramos, al morir en una cruz y resucitar con poder: “Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él” (2 Co 5:21).

La única manera en la que podremos identificar una mentira que llega a nuestras mentes es conociendo bien la verdad

No solo necesitamos el evangelio para ser salvos, sino también para que moldee toda nuestra vida. Cada pensamiento, cada acción, cada decisión, cada circunstancia debe ser vista a través de la verdad del evangelio.

¿Qué necesitamos?

Hablarnos en lugar de escucharnos no es algo que hacemos una sola vez y luego lo dejamos de lado porque no lo volvemos a necesitar. Por el contrario, es algo que debe convertirse en un estilo de vida mientras estemos de este lado de la gloria.

Para desarrollar esta manera de vivir quisiera mencionarte algunas de las cosas que necesitamos:

1) Conocer las Escrituras

No puedo hablarme aquello que no conozco. La única manera en la que podremos identificar una mentira que llega a nuestras mentes es conociendo bien la verdad. El ingrediente esencial para poder hablarnos a nosotras mismas la verdad, en lugar de escucharnos, es que estemos saturadas de la Palabra de Dios y la manejemos con precisión.

Conocer la Biblia, hasta el punto en que quede fija en nuestras mentes y corazones, es algo que vamos desarrollando a lo largo de nuestro caminar cristiano. Sin embargo, esto debe ser hecho de forma regular, no anecdótica o circunstancial. Nuestros acercamientos inconsistentes a la Palabra nunca llenarán el banco de nuestras mentes con recursos suficientes y no tendremos con qué contrarrestar las mentiras cuando ellas se asomen.

Hablarnos la verdad en vez de escuchar mentiras requiere que Su Palabra habite en nosotras y digamos como el salmista: “¡Cuánto amo Tu ley! ¡Todo el día es ella mi meditación!” (Sal 119:97).

2) Creer en las Escrituras

El conocimiento sin fe no me llevará a ningún lado. No solo necesitamos conocer bien la Palabra; también debemos creer que las verdades que ella proclama son ciertas. Una vida que aprenda a hablarse en lugar de escucharse requiere fe. Requiere creer que lo que Dios dice es verdad, independientemente de lo que yo sienta y aun de lo que vea, porque la vida del creyente se vive por fe y no por vista (2 Co 5:7).

No solo necesitamos conocer bien la Palabra; también debemos creer que las verdades que ella proclama son ciertas

Si bien la duda no es necesariamente un pecado en sí mismo, el pecado comienza cuando nuestras dudas toman el control y nos llevan a una acción contraria a lo que Dios establece en su Palabra. Cuando la incredulidad gobierna por encima de la fe y servimos de manera activa a su falsedad, terminamos comprometiendo la verdad.

Necesitamos pedirle al Señor que nos ayude a aumentar nuestra fe. Que podamos clamar como el padre del endemoniado: “Creo; ayúdame en mi incredulidad” (Mr 9:24).

No en tus fuerzas, sino en las de Él.

Guardar nuestras mentes, cultivar una vida que aprenda a hablarse en lugar de escucharse, no es una tarea fácil. Lo bueno es que Dios no espera que hagamos esto en nuestras fuerzas.

Él nos ha dejado su Espíritu Santo, que habita en nosotras y obra poderosamente en nuestro interior dirigiéndonos a actuar como debemos y siendo el timón que conduce nuestra mente a toda verdad (Jn 8:36; 16:13).

No estamos solas en la batalla por nuestros pensamientos. Hacemos lo que tenemos que hacer, pero lo hacemos todo en el poder del Espíritu, depositando toda nuestra confianza en su dirección y protección.


1 Martyn Lloyd-Jones, Spiritual Depression (HarperCollins Publishers, 1998), 20.
2 Martín Lutero, Luther’s Explanation of the Lord’s Prayer, Sixth Petition, párrafo 161.
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