Fracaso | Reflexión

Lamentaciones 1-2 y 1 Timoteo 1-2

“¡Ay, cuán desolada se encuentra la que fue ciudad populosa! ¡Tiene apariencia de viuda la que fue grande entre las naciones! ¡Hoy es esclava de las provincias la que fue gran señora entre ellas!” (Lamentaciones 1:1 NVI)

Hace unos años atrás The Japan Times trajo como noticia de portada, un 15 de octubre, la vuelta a casa de cinco japoneses que a finales de los setenta fueron secuestrados por espías de Corea del Norte para que les sirvan como intérpretes o maestros de japonés a sus servicios de inteligencia. Las cinco personas, que para ese momento ya estaban al final de los 40s, fueron recibidas por sus familiares en el aeropuerto de Tokio en medio de profundas expresiones de alegría.

Fukie Hamamoto, después de reconocer a sus parientes, se echó a llorar sobre los hombros de su hermano mayor, Yuko, de 73 años, quién la abrazaba y sonreía mientras le decía: “Nosotros no vamos a pensar en el pasado. Hoy todos tus ocho hermanos te damos la bienvenida con alegría”. Los cinco japoneses viajaron luego a sus ciudades, en donde compartieron con sus familiares antes de emprender el viaje de regreso a Corea del Norte en donde los esperaban las familias y los hijos que tuvieron mientras estuvieron secuestrados. Lamentablemente, no todas las historias tienen un final feliz. Por ejemplo, Megumi Yokota, quien fue secuestrada en 1977 cuando solo tenía 13 años, habría muerto en un hospital para enfermos mentales en 1993 después de haber caído en un profundo cuadro de depresión.

Cuán indolentes podemos llegar a ser como seres humanos. A estos cinco japoneses se les robó más de veinte años de sus vidas, se les usó como esclavos, y tuvieron que vivir existencias muy distintas a las que ellos hubieran deseado. Me imagino lo doloroso que debe haber sido para estas personas el no poder comunicarse con los suyos, el pensar que era muy posible que sus parientes los daban por muertos. Cuántos años de incertidumbre y angustia, al no saber qué les deparaba el mañana, viviendo en medio de un pueblo que no era el suyo y viendo los años pasar sin que haya la más mínima esperanza de volver a sus familiares. Ese mismo sentimiento debe haber sido el de aquellos que fueron llevados por Nabucodonosor al exilio, encadenados y derrotados. Los judíos habían caído y solo una amarga desesperanza estaba poblando sus corazones.

Con mucha razón, Jeremías, el profeta desoído, escribió sus Lamentaciones al compartir con sus compatriotas las desventuras de una derrota ampliamente anunciada pero que ellos se negaron a oír. Peor aún, se negaron a cambiar de actitud ante la Palabra de Dios. El canto del profeta señala el profundo dolor por la devastación de Judá, cuyo símbolo era la ciudad de Jerusalén. La ciudad de David, el hogar del Templo de Dios, estaba en ruinas. Para los judíos, esos lugares eran ya solo recuerdos de una época de libertad y prosperidad que pronto había pasado.

¿Cuál fue la causa de su caída y fracaso? Jeremías lo menciona con elocuentes palabras: “Sus enemigos se volvieron sus amos; ¡tranquilos se ven sus adversarios! El SEÑOR la ha acongojado por causa de sus muchos pecados. Sus hijos marcharon al cautiverio, arrastrados por sus enemigos” (Lm. 1:5 NVI). Para Jeremías, la caída de Jerusalén no es un problema político o militar. Es simplemente de índole espiritual. Por eso el profeta se coloca como interlocutor y reconoce en primera persona que no hay más culpables que ellos mismos: “El SEÑOR es justo, pero yo me rebelé contra sus leyes. Escuchen, ustedes los pueblos; fíjense en mi sufrimiento. Mis jóvenes y mis doncellas han marchado al destierro” (Lm. 1:18a NVI).

Los judíos del exilio se parecen mucho más a nosotros de lo que quisiéramos aceptar.

Los hombres y mujeres encargados de buscar, cumplir, y hacer cumplir la voluntad de Dios estuvieron haciendo su propia voluntad, siguiendo las opiniones de sus propios corazones. No fueron capaces de percibir la verdad de las palabras de Dios en la evidencia tangible de las circunstancias por las que estaban atravesando. No pudieron percibir que su ingenua y vacía religiosidad ya se oponía a la milenaria ley que Dios había establecido para el bienestar de su pueblo. Ellos no se dieron cuenta de que los fuertes cimientos de Jerusalén estaban carcomidos en la mismísima base. Estaban tan enceguecidos y sordos que no fueron capaces de ver y oír con entendimiento las nefastas consecuencias de sus acciones. En definitiva, ninguna de sus estrategias ni los buenos deseos de sus gurús populares surtió efecto para evitar su propia caída: “Tus profetas te anunciaron visiones falsas y engañosas. No denunciaron tu maldad; no evitaron tu cautiverio. Los mensajes que te anunciaban eran falsas patrañas” (Lm. 2:14 NVI).

Al final, el Señor simplemente cumplió su Palabra. No sucedió nada sorpresivo, tampoco de un plumazo, ni de la noche a la mañana, sino que Él tomó la precaución de ir advirtiendo, notificando y señalando cada paso que Él daba y cada consecuencia que los actos de Judá traían consigo. Dios los amó, pero su amor no podía dejar de ser justo. Judá no aprendería sin justicia ni libertad, por lo que Jeremías lamenta: “El SEÑOR  ha llevado a cabo sus planes; ha cumplido su palabra, que decretó hace mucho tiempo. Sin piedad, te echó por tierra; dejó que el enemigo se burlara de ti, y enalteció el poder de tus oponentes” (Lm. 2:17 NVI).

Sin embargo, el llanto del profeta no es solo por lo que se hizo, sino también por lo que sus compatriotas no hicieron. ¿Qué es lo que Judá no hizo? Ellos no se arrepintieron. No cambiaron de actitud y suplicaron por misericordia, sino que más bien forzaron a su profeta a que se callara a pesar de que el mundo se les desintegraba ante sus pies. Por eso Jeremías canta con angustia: “Levántate y clama por las noches, cuando empiece la vigilia nocturna. Deja correr el llanto de tu corazón como ofrenda derramada ante el Señor. Eleva tus manos a Dios en oración por la vida de tus hijos, que desfallecen de hambre y quedan tendidos en las calles” (Lm. 2:19 NVI).

La gracia de Dios es efectiva y poderosa, capaz de transformar a un vicioso en un virtuoso.

Lo que más me sorprende es que el resultado de una vida que se desvía del consejo oportuno de Dios, es una vida que nos desconcierta al ver cómo puede caer o desintegrarse una existencia que en algún momento parecía sólida y estable. De seguro podemos estar tentados, como Jeremías, a levantar los ojos al cielo para preguntarle al Señor si es que no ha sido demasiado drástico, demasiado radical, con la forma en que está tratando a sus criaturas: “Mira, SEÑOR, y ponte a pensar: ¿A quién trataste alguna vez así? ¿Habrán de comerse las mujeres a sus hijos, fruto de sus entrañas? ¿Habrán de matar a sacerdotes y profetas en el santuario del Señor?” (Lm. 2:20 NVI).

El lamento de Jeremías podría quedar lleno de desconcierto e inconcluso sin la revelación que, con respecto al mismo tema del fracaso, nos entrega el Nuevo Testamento. El Señor ya no está trabajando con pueblos, sino con individuos a los que sigue llamando amorosamente para evitarles la esclavitud de su propio destierro. De hecho, el apóstol Pablo también dio testimonio de su propia devastación: “Anteriormente, yo era un blasfemo, un perseguidor y un insolente; pero Dios tuvo misericordia de mí porque yo era un incrédulo y actuaba con ignorancia” (1 Ti. 1:13 NVI). ¿Pueden ustedes notar cuál es la diferencia de este judío con sus antepasados exiliados en Babilonia? Pues la diferencia estriba en que Pablo no se negó a ocultar su realidad espiritual como lo hicieron sus antecesores: “Este mensaje es digno de crédito y merece ser aceptado por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero precisamente por eso Dios fue misericordioso conmigo, a fin de que en mí, el peor de los pecadores, pudiera Cristo Jesús mostrar su infinita bondad. Así vengo a ser ejemplo para los que, creyendo en él, recibirán la vida eterna” (1 Ti. 1:15-16 NVI).

Mientras no reconozcamos que nuestros “lindos y delicados vicios” son pecados delante de Dios, nunca podremos deshacernos de ellos.

Los judíos del exilio se parecen mucho más a nosotros de lo que quisiéramos aceptar porque se caracterizan por no permitirse ningún cambio personal y reconocer algún tipo de defecto. Somos expertos justificadores de nuestras propias manías y debilidades. Seguramente, al igual que yo, debes haber escuchado (o pronunciado) frases como estas: “Mira, yo sé que soy un gran ocioso y no pienso cambiar…”, “nadie mejor que yo para conocer lo tremendo de mi vocabulario, pero tienes que aceptarme como soy…”, “nunca negaría que no sé perdonar, soy rencoroso lo admito…”, “soy por naturaleza muy desordenada y así es como tienes que quererme”, y muchas otras justificaciones similares. Hoy en día tendemos a alabar esta supuesta “sinceridad”, pero lo malo de estas frases es que actúan como cuñas y barreras que impiden eliminar los malos hábitos, para más bien aceptarlos y aprobarlos como parte de una personalidad inconmovible que no debe ser cuestionada, sino, por el contrario, aceptada y hasta alabada.

Es por esa razón que Pablo confiesa delante de su querido y joven discípulo, Timoteo, que todo lo que ha conseguido cambiar en su vida es producto de la gracia de Dios, una gracia efectiva y poderosa que es capaz de transformar a un vicioso en un virtuoso. Declararnos cristianos no es declarar nuestra perfecta imperfección y menos nuestra pureza personal sino todo lo contrario; ser cristiano es reconocer que Jesucristo encontró solo en su gracia soberana razones suficientes para ir a la cruz y morir en nuestro lugar. Si siendo cristianos justificamos nuestras deficiencias y falencias personales, estamos negando el poder de Jesucristo y la razón de su obra sustitutoria. El Señor vino a salvar a los pecadores, no a excusarlos. Por eso alguien dijo con justa razón que la sangre de Jesús lo único que no puede limpiar son las excusas.

La Palabra de Dios es semilla de vida para construir un futuro seguro, y una poderosa herramienta para levantarnos de nuestro propio fracaso.

Mientras no reconozcamos que nuestros “lindos y delicados vicios” son pecados delante de Dios, nunca podremos deshacernos de ellos. Pero lo peor aún es que, si nos decimos cristianos, y estamos viviendo una devastación personal producto de una conducta equivocada, entonces, estamos diciéndole al mundo que Jesucristo aprueba nuestra conducta y no tiene el poder para cambiarnos o socorrernos. El mayor porcentaje de personas que abandonan las iglesias no lo hacen por la liturgia o la doctrina, sino porque los “cristianos mayores” pisotean con sus vidas la liturgia y desconocen con sus hechos la doctrina.

¿Cuáles serán nuestros posibles fracasos futuros producto de nuestras rebeldías presentes? ¿Hasta qué punto estamos desoyendo la voz de Dios y, por lo tanto, desviándonos del camino seguro? ¿Cuál porcentaje de las decisiones de nuestra vida son tomadas a la luz de la Palabra de Dios, y cuál porcentaje a la luz de los consejos humanos o la voz de nuestra propia opinión? Escucha la voz de Dios. Ella es semilla de vida para construir un futuro seguro, y una poderosa herramienta para levantarnos de nuestro propio fracaso.


Imagen: Lightstock.
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