¿Estás obedeciendo el llamado a estar quieto?

“Creo que el diablo se ha propuesto monopolizar tres elementos: el ruido, la prisa, y las multitudes, ya que él está muy consciente del poder del silencio” — Jim Elliot.

De niño me gustaba quedarme recostado por horas en el parque que estaba a la vuelta de mi casa. A las cuatro de la tarde había un silencio profundo allí. Me quedaba mirando cada nube sobre mí. Así descubrí que se movían y cambiaban de forma, y que todo se hacía más gris cuando una nube cubría el sol.

En ratos así, yo podía estar muy consciente de cómo el cielo se oscurecía y cómo la luna aparecía al mismo tiempo que el sol apenas se estaba marchando. Podía escuchar al viento soplar y acariciar cada árbol del parque. Podía prestar atención a los gritos de alegría de los niños que iban de vuelta a casa luego de un día de escuela, y a las aves que volvían a sus nidos a alimentar a sus pichones que producían un sonido tan agudo como dulce.

En uno de esos momentos recordé las palabras de mi maestra de escuela dominical, quien me enseñó sobre la realidad de Dios, el creador de todas las cosas. Así tuve certeza, por primera vez, de que Él era real. Esto no fue algo que busqué, pero así sucedió. Y todo esto fue posible porque yo estaba quieto. No tenía distracciones. Solo quietud y silencio.

Un mundo de distracciones

Algo así suena muy extraño hoy. En la actualidad, todo a nuestro alrededor está hecho para distraernos o entretenernos. El ruido que nos rodea y la abundancia de responsabilidades nos han robado el silencio y la quietud que Dios quiere que tengamos en Él.

El ruido que nos rodea y la abundancia de responsabilidades nos han robado el silencio y la quietud que Dios quiere que tengamos en Él.

Incluso el sueño es difícil de conciliar para muchos. Tengo varios amigos que no pueden dormir en silencio. Necesitan el ruido del televisor para eso. Se han acostumbrado al ruido de tal manera que el silencio les incomoda porque trae a flote todas sus preocupaciones y así no pueden dejar de pensar en las urgencias del día siguiente.

Encontrar silencio y quietud parece más complicado que encontrar oro. Hoy vivimos para solucionar lo urgente dejando de lado lo importante. Detenernos es una locura que atenta contra la productividad. Pero… ¿y si Dios nos llama a estar quietos en su presencia? ¿Y si detenernos por un momento es lo más razonable que podemos hacer?

Un llamado a estar quietos

El salmo 46 es un himno glorioso que celebra la liberación ante pueblo enemigo e incluye un serio llamado para los redimidos de Dios.

En medio de los temores y las preocupaciones que tenía Israel ante las naciones enemigas, lo más seguro a la vista del hombre era moverse, comenzar a hacer algo, actuar, poner manos a la obra. Pero el salmista deja en claro qué es lo primero que Dios quiere de su pueblo: “Estén quietos, y sepan que Yo soy Dios; exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra” (Sal. 46:10). En las dificultades y obligaciones, debemos reconocer que dependemos de Él.

¿Te has puesto a pensar cuán difícil era para el pueblo estar quieto? Sin embargo, puedes ver el valor de esto en las historias de los profetas en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, Elías se apartó al monte Horeb para estar en silencio (1 R. 19:8), y Habacuc se mantuvo de pie atento, como un centinela en su puesto para escuchar lo que Dios decía (Hab. 2:1).

Mira también a Pablo solo en Arabia y Damasco antes de comenzar su ministerio (Gá. 1:17-18), y principalmente el ejemplo de nuestro Señor Jesús, quien siempre se apartaba de las multitudes para tener un tiempo a solas con su Padre (Mr. 1:35).

Dios quiere que estemos quietos en su presencia. ¿Estamos obedeciendo de esta manera?

Dios nos habla en el silencio

Cuando examinamos nuestros corazones, podemos llegar a ver que la razón por la que no tomamos tiempos en quietud para contemplar el poder y la bondad infinita de Dios es nuestro afán por hacer las cosas en nuestras fuerzas. Pensamos que si no nos encargamos de nuestros asuntos, nadie podrá solucionarlos. La prisa, el ruido, y las multitudes son herramientas que el diablo usa para llevarnos a una vida sin descanso y esperanza.

No podremos escuchar a Dios en medio de la prisa de nuestros días si no tomamos tiempos para estar quietos.

Sin embargo, así como es seguro que tendremos aflicciones y problemas en esta vida, también es seguro que tenemos a Dios de nuestro lado. Él nos sustentará, y un día nos llevará a su gloria que no tiene comparación con las aflicciones de este mundo (Ro. 8:18). Pero no podremos escuchar a Dios en medio de la prisa de nuestros días si no tomamos tiempos para estar quietos.

Las verdades más hermosas y alentadoras que Dios quiere decirte en su Palabra serán dichas en suaves susurros que necesitan quietud y silencio para ser escuchadas, como nos recuerda la experiencia de Elías en el monte Horeb. Él no vio a Dios en el poderoso viento que destrozaba los montes y quebraba las peñas. Tampoco lo vio en un fuerte terremoto y en el fuego. El profeta escuchó al Señor en el susurro de una brisa apacible (1 de R. 19:11-13)

¿Has pensado en cuanto perdemos por andar siempre en movimiento? ¿Cuánto ganaríamos si nos detenemos por un rato? ¿Hay algún momento en tu día en el que puedas estar quieto y en silencio?

Recuerda que no hay reunión más importante que la que puedes tener hoy con tu Padre que te conoce, te ama, y se quiere dar a conocer.


Imagen: Lightstock.
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