El primer funeral

Nada es tan desconcertante para un pastor novato que tener que oficiar su primer funeral. A la vez, nada es tan seguro en el ministerio pastoral como el hecho de que hemos de oficiar decenas de funerales, muchos de ellos hasta trágicos.

Aunque dolorosas, es en estas ocasiones en las que el pastor tiene la oportunidad de pastorear a su congregación trayendo dirección y consuelo bíblicos.

Vivimos en un mundo caído

Por la misericordia de Dios no tuve que oficiar un funeral durante los primeros 10 años de mi ministerio. Los primeros 7 años servía como pastor asociado, y el pastor titular se encargaba de esa tarea. Los siguientes 3 años no tuvimos ningún deceso debido a la relativa juventud promedio de la congregación.

Pero el cáncer ataca inesperadamente y tuvimos que despedir a una joven hermana soltera que había sido de los primeros miembros de nuestra iglesia. Su enfermedad la fue destruyendo y debilitando hasta que murió en su casa rodeada de sus padres, hermanos, y algunos de nosotros. Su servicio funerario fue muy sentido y compartí un mensaje sobre el Vivir y morir en fe, basado en Hebreos 11:13-15. Despedíamos a una hermana que terminaba su peregrinaje en esta tierra, y había ese sentido de unidad y hasta gozo entre los hermanos. Eso fue hace más de 15 años, pero debí suponer que las cosas no serían siempre así.

Tan solo un año después, enfrentamos la tragedia del asesinato brutal de un hombre mayor, miembro de la iglesia, padre y abuelo en una de las familias más queridas de la iglesia. Era la primera sacudida de lo que sería una constante en mi vida como pastor. De ahí hemos tenido que despedir a hermanos que han muerto en accidentes, por enfermedades, víctimas de la violencia y el crimen, o que simplemente mueren por vejez. También hemos tenido que sepultar a bebés que murieron a días de haber nacido, y padres que han muerto de manera repentina, dejando huérfanos a sus hijos.

Durante el tiempo de crimen y violencia en la ciudad, las funerarias nos llamaban con la esperanza de que pudiéramos traer algún consuelo a los familiares de personas ejecutadas o víctimas del crimen organizado. Hasta hemos tenido que traer palabras de dirección y consuelo a familiares de personas que se han suicidado. No hay manera de estar preparado de antemano para enfrentar todo este tipo de circunstancias dolorosas. Pero sí hay algunos principios básicos que un joven pastor debe tomar en cuenta para poder responder de manera efectiva a lo que de seguro tendrá que enfrentar.

Principios básicos

1. Prepara a la congregación.

Primero que nada, es nuestra responsabilidad preparar a la congregación para enfrentar el sufrimiento y la muerte. Un sano fundamento doctrinal debe traer esperanza y seguridad en la soberanía, sabiduría, y bondad de Dios (1 Tes. 4:13). No podemos afirmar el amor de Dios en el funeral de una muerte trágica ocasionada por un brutal crimen sin que hayamos establecido en la gente la seguridad del amor de Dios evidenciado en la cruz de Cristo Jesús (Jn. 3:16).

¿Cómo podemos dar razón de que Dios es bueno y sabio si permite la muerte de una joven madre que deja a sus tres niños huérfanos? No será sencillo, a menos que la congregación haya estado cimentada en las verdades del evangelio de la gracia de nuestro Señor; en los atributos gloriosos de bondad (Sal. 86:15), soberanía (Dn. 4:35), justicia (Dt. 32:4), y sabiduría (Is. 55:9) de nuestro Dios, y en la esperanza segura de nuestro destino eterno (1 Cor. 15:21).

2. Enseña la realidad del dolor.

La congregación no necesita que intentemos redirigir su corazón hacia un gozo ficticio. La muerte produce tristeza, y es una realidad que debemos enfrentar y lamentar, aunque nuestra esperanza sea la vida eterna con Cristo Jesús. ¡Jesús mismo lloró (Jn. 11:35)!

Hay que dar oportunidad a que la gente experimente y exprese su duelo. Nunca es sabio tratar de convencer a alguien que ha perdido un hijo a que deje su dolor, porque seguramente él o ella ya está con Cristo. Lo que la gente necesita saber es que ese dolor que experimentan es real y válido, pero que la gracia y consuelo de nuestro Señor Jesucristo está disponible para ayudarles a sobrellevarlo.

3. Prioriza las necesidades del momento.

Aunque los funerales son oportunidades para compartir el evangelio con los no creyentes, un pastor sabio sabrá dar la debida prioridad a las necesidades específicas de los oyentes.

Antes de conocer a Cristo escuché a mis padres comentar de la insensatez de un pastor que, queriendo exaltar el gozo que tienen los cristianos por su salvación, ignoró por completo a la familia doliente, y así alienó a los demás oyentes con su insensibilidad. En un funeral hay que hablar cuidadosamente y con consuelo primero a aquellos en duelo, luego a los creyentes de la congregación, y finalmente a los no creyentes.

4. Confía en el Espíritu.

Frecuentemente te preguntarás, “¿Qué puedo decir ante esto?”. Humanamente, no tenemos la capacidad de traer un mensaje que sea efectivo para aliviar todo dolor. Eso me ha llevado a confiar aún más en la ayuda del Espíritu Santo.

Para empezar, usualmente no tienes mucho tiempo para preparar el mensaje. Podrás cumplir tu ministerio si te dispones servir a los que se duelen y muestras a Cristo, dependiendo de la guía del Espíritu Santo. Nadie es apto para este trabajo, y el dolor o la tragedia nos lo hace bien evidente.

5. Apunta al evangelio.

Seremos llamados a oficiar funerales de personas que sabemos o al menos sospechamos que no son creyentes. ¿Qué decir en esos contextos? Estos son los funerales más difíciles, y hacen que los funerales de los hermanos fieles sean verdaderamente dulces.

No puedes dar esperanzas falsas y decir que la persona ya se encuentra disfrutando del cielo. Pero tampoco es ocasión para decirle a los familiares que su ser querido pasará el resto de la eternidad en el infierno. Usualmente, lo mejor es empezar hablando de los atributos de nuestro Dios, de la grandeza de su compasión y misericordia (Sal 103; 116), para poder luego encomendar al difunto a las manos de ese justo y buen Dios. No podemos ya hacer nada por el difunto, pero debemos saber que será Dios el que en su perfecta sabiduría, justicia, y bondad defina el destino eterno de la persona.

Luego, puesto que no hay una base firme para hablar de esperanza, es necesario hacer una transición para hablar de los que nos quedamos aquí. Por ejemplo, varias veces he referido el texto de Eclesiastés 7:1-3 para llevar a la gente a reflexionar sobre su propia vida, a que piensen: ¿Qué es lo que el difunto nos diría si pudiera volver (Lc. 16:19-31)?

Enfrentar la muerte de una persona debe llevarnos siempre a la reflexión sobre lo ineludible de nuestra propia muerte, y esa es la oportunidad que tenemos de presentar la buena noticia del evangelio de la gracia de nuestro Señor Jesucristo.

Un testimonio poderoso

La muerte de un miembro de la congregación debe ser un testimonio poderoso al mundo de nuestra fe inconmovible en un Dios a quien no vemos, pero amamos.

En el 2004, dos jóvenes que salían de su reunión semanal sufrieron un terrible accidente automovilístico que les arrebató la vida a unos trescientos metros de haber salido de la congregación. Varios de sus compañeros fueron testigos de la tragedia.

En el funeral doble había cerca de 1000 personas, muchas de ellas no creyentes. Ese fue uno de los servicios más dolorosos que he tenido que enfrentar como pastor. No podía contener las lágrimas, y tuve que hacer breves pausas para poder terminar mi mensaje basado en la muerte de Lázaro en Juan 11. Cristo podía haber evitado el accidente, de la misma forma que podía haber evitado la muerte de su amado Lázaro. Pero no lo hizo, y eso rompía nuestro corazón.

Con lágrimas terminé haciendo mención de que Cristo resucitó a Lázaro, y sin lugar a dudas resucitaría a nuestros hermanos que habían muerto. No hice un llamado evangelístico (ni siquiera lo pensé); solo pensé en el dolor de las familias y de la congregación. Pero nuestra congregación cambió ese día. Ante el dolor y desconcierto, la iglesia se reunió en amor y fe a despedir a dos hermanos queridos, y Cristo fue exaltado y adorado.

Hay varios miembros de la congregación que se convirtieron y unieron como resultado de ese servicio. El testimonio masivo de unidad y fe inconmovible en un Dios que muchas veces nos desconcierta al probar nuestra fe, fue lo que impactó la vida de esas personas que aún no conocían a Jesús.

Por ello, creo que los funerales son una de las oportunidades ministeriales más importantes que se nos conceden. Son la oportunidad de exaltar a nuestro Señor y Salvador al afirmar nuestra fe y esperanza en sus promesas.

No se trata solamente de intentar aliviar el dolor, sino de traer un mensaje que señale la grandeza de nuestro Dios, a pesar de Él que es inescrutable, con la esperanza de que puedan ver su gloria y su gracia, y corran a Él en medio del dolor y la tristeza.


Imagen: Lightstock
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