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“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas”, Hechos 17:24-25.

Sabemos de los pastores guardando las vigilias de la noche, y luego los magos de oriente que llegaron a Jerusalén. Sabemos del mesonero que le dijo a María y José que no había espacio, y sabemos del edicto malicioso de Herodes de matar a los bebés varones de Belén.

Pero luego está el pequeño tamborilero, el personaje ficticio de la canción popular de Navidad registrado por primera vez en 1955. Este niño del tambor no está, por supuesto, en la historia bíblica, pero su presencia se ha hecho legendaria en nuestra moderna concepción de Navidad. Y podemos aprender de él.

Así dice la canción

Al escucharla de inicio, sin embargo, la canción es tan simple, y cargada de tantos ro-pom-pom-poms, que no es tan evidente lo que está sucediendo.

La canción inicia, narra el niño del tambor, con los magos reclutándolo para que se uniera a su viaje para ver a Jesús. Los pastorcillos quieren ver a su Rey, le traen regalos en su humilde zurrón 
al Redentor”.

Al parecer, el niño del tambor está de acuerdo en acompañarlos, y las letras nos llevan hacia él cerca del recién nacido Jesús, reconociendo su pobreza, admitiendo que no tiene regalo que dar que sea digno de un rey. Pero tiene un tambor. Y entonces el niño dice: “¡Tocaré para tí!”, y el niño del tambor toca, y toca lo mejor que puede. Entonces Jesús sonríe. Po rom-pom-pom-pom, que es obviamente Merry Christmas en francés.

Mi Tambor y yo

Aunque sabemos que no es histórico, sabemos que pudo haber sucedido. De hecho, de diferentes formas, este escenario se ha presentado una y otra vez desde hace miles de años. Los adoradores de Jesús (como los magos) invitan a sus prójimos (como el niño del tambor) a considerar a Jesús: a venir a verlo, por así decirlo. Y cuando lo hacen, si ellos creen, ocurre un momento donde se dan cuenta de que su ruina está expuesta. Ven a Jesús y comprenden Su gloria, y luego se miran a sí mismos: Pero estoy quebrantado. Estoy vacío y pobre. No tengo nada que traerle a este Rey que pueda acercarse a representar el honor que a él se le debe. Todo lo que tengo es este tambor.

Comienza de esta manera para todos nosotros, ya ves. Yo era ese pequeño tamborilero, y también lo eras tú. Antes de que podamos ser los magos invitando a otros a acompañarnos, nosotros somos los que nos sentimos totalmente inadecuados y que, en cierto sentido, siempre lo seremos. Si viéramos a Jesús, y comprendiéramos su significado, no podemos dejar de sentir nuestra propia fragilidad. Todo lo que tenemos es este tambor. ¿Qué en el mundo pudiera ser suficiente para este Rey? Solo tenemos este tambor, y preguntamos, ¿quieres eso? ¿Quieres este tambor estúpido? Y él dice: Sí, trae tu nada, toca el tambor.

Y así lo tocamos para él, y tocamos lo mejor que podamos para él, declarando que somos pequeños, que somos débiles, que no nos necesita en lo más mínimo, pero que con todo lo que somos, con toda partícula de nada que tenemos, se lo estamos dando a Él. A Él.

Sabemos que este rey no tiene necesidad, que no necesita nada, pero que nosotros, a causa de Él, somos absoluta, total, y maravillosamente suyos. Mi tambor y yo: somos todo suyos.


Nota del editor: Este artículo fue publicado originalmente por Desiring God, a petición de “The Worship Initiative” (La iniciativa de adoración) de parte de Shane & Shane, que procupar entrenar a músicos para dirigir adoración y escribir canciones de una mejor manera. Aquí puedes encontrar la versión en inglés de Shane & Shane, y aquí la versión de Un Corazón que utilizamos más arriba.

Traducido por Alicia Ferreira.

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