Estamos viviendo una recuperación de la doctrina en nuestros días, en particular de la doctrina de la Trinidad. Estoy convencido de que esta recuperación doctrinal debe llevarnos a vidas de humildad, para gozar de Dios y servir a los demás, pues la humildad —que nos acerca al prójimo— está estrechamente ligada a la unidad, cualidad propia de la Trinidad.
No es una opción para el cristiano elegir entre ser humilde y vivir en unidad con otros cristianos. Ambas virtudes se sostienen o caen juntas. Y ambas permanecen juntas en el corazón del creyente porque es una obra directa del Espíritu Santo en todos aquellos que están verdaderamente unidos a Cristo para la gloria del Padre.
Comunión experiencial
La unidad entre los cristianos constituye un fruto esencial en la vida de quienes no solo confiesan la doctrina de la Trinidad, sino que tienen una comunión experiencial con el Dios trino. Una cosa es conocer correctamente la doctrina de la Trinidad y otra es tener una comunión viva con el Dios trino. Es la comunión viva con Dios la que nos llevará a vivir en unidad con los miembros del cuerpo de Cristo, tanto en la iglesia local como fuera incluso de nuestra denominación.
Una cosa es conocer correctamente la doctrina de la Trinidad y otra es tener una comunión viva con el Dios trino
El teólogo Petrus van Maastricht meditó en las conclusiones prácticas de la doctrina de la Trinidad desde una perspectiva bíblica y dogmática. Luego de animar y urgir a los lectores a adorar y tener una comunión viva con el Dios trino, van Maastricht invita a los creyentes a tener comunión con otros creyentes:
La más bendita unidad de las tres personas [de la Trinidad], Su unanimidad y amor mutuo, nos invita a la imitación, es decir, que nosotros —quienes, por el vínculo de un Espíritu, por la fe que es una, con el mismo Hijo de Dios y a través de Él, estamos unidos con el mismo Padre— deberíamos esforzarnos para mantener inviolable el mismo cuerpo de Cristo y la unidad del Espíritu (He 13:16).1
¿Qué motivos o razones ofrece este teólogo reformado para invitarnos a tener comunión con los santos? En primer lugar, que «no podemos tener comunión con la sagrada Trinidad aparte de esta comunión con los santos» y, además, que «esta comunión mutua entre nosotros mismos ofrece un argumento infalible para convencer al mundo de que Cristo fue enviado para nosotros».2
Estos dos motivos (entre otros) deberían impulsarnos a comprender que una visión grande del Dios trino nos debe llevar a tener una visión grande de la unión y comunión con los hermanos de la iglesia local y universal. La recuperación de la doctrina trinitaria debería llevarnos a reforzar tanto nuestra predicación evangélica como nuestra comunión evangélica.
Una visión grande del Dios trino nos debe llevar a una visión grande de la unión y comunión con la iglesia
El estudio teológico, en general, implica pensar y meditar profundamente en lo que estamos estudiando. Y creo que es tiempo de pensar y meditar profundamente en cómo podemos ser intencionales en nuestra comunión con otros creyentes. Personalmente, me impacta cuando van Maastricht nos recuerda que la comunión entre nosotros es un potente medio para predicar el evangelio a toda criatura. Esta idea proviene directamente del corazón de Cristo: «En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13:35).
Cruzando “diez mares”
Debido a que la doctrina de la unión entre cristianos procede del corazón mismo de Jesús, no es casualidad que pastores y teólogos impactados por la gloria de Dios promuevan la unidad entre cristianos. Juan Calvino, con casi treinta años, escribió en la introducción de su catecismo: «Si deseamos probar nuestra obediencia a Cristo nuestro Emperador, es indispensable entrar en una unión/armonía piadosa entre nosotros y animar la mutua paz, la cual Él no solo ordena a los Suyos, sino que también la inspira en ellos».
La verdadera y sana doctrina —en el poder del Espíritu Santo— promueve la verdadera y sana humildad-unidad. La recuperación de una verdadera y sana cristología trinitaria debería llevarnos —en el poder del Espíritu Santo— a ser intencionales en la búsqueda de la humildad y la unidad en medio de la hermosa diversidad de creyentes.
Es impactante cómo Calvino escribió que estaría dispuesto a «cruzar incluso diez mares» para promover la unidad en una iglesia que sangraba cuando sus miembros se separaban.3 Por supuesto, no te estoy invitando a cruzar diez mares; tal vez solo necesitamos decir o escribir diez verdades que animen y consuelen a otros creyentes.
Posiblemente necesitamos tomar «diez» mejores actitudes hacia los hermanos de nuestra congregación o de otras. Tal vez necesitamos ser más cuidadosos y sabios con lo que publicamos en redes sociales para traer edificación (y no destrucción) a la iglesia de Cristo.
En resumen, necesitamos promover una cultura teológica trinitaria que tenga un profundo impacto práctico en nuestras vidas. En este caso, la unidad y la humildad. Creo que la frase de Tomás de Kempis debería llevarnos a reflexionar en esto: «¿De qué te beneficia disputar altas cosas de la Trinidad, si careces de humildad, por lo cual desagradas a la Trinidad?» (La imitación de Cristo, cap. 1).
La sana doctrina no solo elimina las herejías, también promueve una sana ética que nos llevará a proclamar las verdades del evangelio
El problema no es profundizar en la doctrina de la Trinidad. ¡Al contrario! El problema es carecer de una comunión viva con el Dios trino. Esto nos lleva a carecer de esta virtud —la humildad— que es tan esencial a la hora de estudiar la doctrina de la Trinidad.
Para crecer en unidad con nuestros hermanos, necesitamos que el Espíritu Santo nos continúe santificando, para así abrazar una sana doctrina unida a una sana ética. Recordemos que la sana doctrina no solo elimina las herejías doctrinales, sino que también promueve una sana ética que nos llevará a proclamar las verdades del evangelio, así como a vivir vidas constantemente renovadas por el poder de Dios. Esto es para la salvación de tu alma, así como de las que te rodean.
Que Dios nos ayude a celebrar nuestra fe en humildad y unidad, para así glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.






