El Dios que exige exclusividad

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de El Dios que está presente: Encuentra tu lugar en la historia de Dios (Poiema Publicaciones, 2018). Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

El primero de los diez mandamientos nos lleva a reconocer la exclusividad de Dios: “No tendrás dioses ajenos delante de Mí” (Éx. 20:3 RVC). Nota el contexto en el que se da este mandamiento. “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de la tierra de Egipto, donde vivías como esclavo” (Éx. 20:2 RVC). Hasta este punto en la trama de la Biblia, Dios se revela como el Creador, el que lo ha creado todo. Como Creador, Él es el Dios a quien le rendimos cuentas, de quien dependemos, quien nos da vida, aliento, salud, fortaleza y todo lo demás. Esto aplica para todos los seres humanos. Sin embargo, aquí el enfoque está en lo que Dios ha hecho por algunos seres humanos específicos: los descendientes de Abraham. Dios los ha sacado de la esclavitud. Tras su liberación, dice: “No tendrás dioses ajenos delante de Mí” (Éx. 20:3 RVC).

Este tema se repite constantemente en la Biblia. El Dios que está presente exige lealtad tanto por ser su Creador como por haberlos liberado de la esclavitud. Dos capítulos después leemos: “Los sacrificios son solo del Señor. El que ofrezca sacrificios a otros dioses será condenado a muerte” (Éx. 22:20 RVC). Y después: “No invoquen con sus labios el nombre de otros dioses. Ni siquiera los mencionen” (Éx. 23:13 RVC). Once capítulos más adelante: “De ninguna manera te inclinarás ante ningún otro dios, porque Yo, el Señor, soy un Dios celoso. Mi nombre es ‘Dios celoso’” (34:14 RVC). Y otra vez: “Yo soy el Señor, y nadie más. No hay Dios fuera de Mí […] Ciertamente Dios está en medio de ti, y fuera de Dios no hay otro” (Is 45:5,14 RVC).

Quizá en un principio nos preocupe un poco la idea de un Dios celoso. ¿Quisieras que tu cónyuge fuera constantemente celoso o celosa? Pero aun en el contexto del matrimonio, seguramente quieres cierta medida de celos, ¿no es verdad? ¿O en realidad quieres tener el tipo de matrimonio abierto en el que ambas partes tienen permiso para acostarse con cualquier persona sin consecuencias? ¿Son todos felices con eso? En cierto sentido, si cada uno está comprometido con el otro, ¿no se percibe como algo bueno y saludable la existencia de determinada forma de celo para preservar la relación como una reacción sabia? Y lo interesante es que esa reacción se da entre pares, entre iguales.

La centralidad de Dios en la que Él insiste es por el bien de su pueblo.

Ahora bien, aquí tenemos a Dios, el que lo creó todo. La naturaleza misma de la primera rebelión fue la idolatría. ¿Qué se supone que debe decir Dios? “Bah, vean ustedes cómo viven su espiritualidad. Inventen su propio dios. A mí no me importa”. Ese tipo de respuesta negaría lo que Él es. Niega su rol de Creador; niega su función exclusiva como soberano sustentador de toda la vida. En este pasaje, Él es el Dios que rescató de la esclavitud a este pueblo del pacto. ¿Acaso ahora va a decir: “Pueden fingir que otro poder los salvó si lo desean. Pueden hacer sus propios dioses”? Él es el Señor, cuyo nombre es Dios Celoso.

La verdad es que esto también es por el bien de ellos. Si Dios les dijera: “Pueden hacer lo que quieran”, ellos simplemente se precipitarían a la autojustificación, al amor ensimismado, y al egocentrismo. Se volverían idénticos a los paganos que los rodean. Muy pronto estarían ofreciendo a sus hijos a Moloc. ¿Por qué no? Los vecinos lo hacen. Esta centralidad de Dios en la que Él insiste es por el bien de su pueblo. De hecho, es un acto de amor y gran generosidad. “Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de la tierra de Egipto, donde vivías como esclavo. No tendrás dioses ajenos delante de Mí” (Éx 20:2-3 RVC). El primero de los diez mandamientos nos exige que reconozcamos la exclusividad de Dios.


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Imagen: Lightstock.
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