Nuestro Dios es un castillo fuerte

Nuestro Dios es un castillo fuerte

Nuestro verdadero refugio es una Persona, no un lugar.

Nuestro verdadero refugio es una Persona, no un lugar.

Esto lo entendió Martín Lutero cuando escribió Castillo fuerte es nuestro Dios, uno de sus himnos más conocidos, inspirado en el salmo 46.

Mientras Europa estaba sumergida en agitación, Lutero halló consuelo en los salmos, especialmente cuando en 1527 enfrentó una de sus mayores dificultades a medida que la peste bubónica barría Alemania. Esta peste acabó con casi la mitad de la población europea y con unas 100 millones de personas en todo el mundo. El hijo de Lutero casi murió debido a ella. En esta situación, Lutero pudo contemplar las promesas del salmo 46.[1]

Aquel capítulo de la Biblia llegaría a ser el “salmo de Lutero”. En tiempos de extrema oposición, él le decía a su amigo Felipe Melanchthon: “Vamos, cantemos el salmo 46”. Junto al reformador alemán, muchos santos en pruebas han encontrado valentía y consuelo en este texto, ya que descansaron en la verdad de que “Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (v. 1).

La verdad en esas palabras se aplica a todos los hijos de Dios. Sin importar el tamaño de cualquier catástrofe que enfrentemos, ya sea un problema de salud importante, la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, problemas emocionales, conflictos relacionales, o lo que sea, Dios es más grande que nuestros problemas.

Una mirada al salmo 46

Al igual que Lutero, necesitamos deleitarnos en la verdad del salmo 46 y depositar nuestra esperanza en esas palabras inspiradas por el Espíritu Santo.

No tenemos que temer ante las adversidades. El Señor gobierna sobre todo.

Veamos la primera estrofa:

“Dios es nuestro refugio y fortaleza, Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos aunque la tierra sufra cambios, Y aunque los montes se deslicen al fondo de los mares; Aunque bramen y se agiten sus aguas, Aunque tiemblen los montes con creciente enojo”, v. 1-3.

El texto comienza con Dios y nos recuerda quién es Él. El salmo no nos dice que no habrá tribulaciones. El texto reconoce que ellas vendrán a nuestras vidas, pero nos afirma que tenemos a un Dios en quien refugiarnos. No debemos temer ante las adversidades. El Señor gobierna sobre todo.

Ahora, veamos la segunda estrofa:

“Hay un río cuyas corrientes alegran la ciudad de Dios, las moradas santas del Altísimo. Dios está en medio de ella, no será sacudida; Dios la ayudará al romper el alba. Bramaron las naciones, se tambalearon los reinos; dio Él su voz, y la tierra se derritió. El Señor de los ejércitos está con nosotros; nuestro baluarte es el Dios de Jacob”, v. 4-7.

En medio de las crisis en nuestros países, que parecen estar sin control y nos afectan de diversas maneras, estas palabras son un consuelo enorme. Esto dice el Comentario bíblico mundo hispano sobre esta estrofa:

“Las crisis políticas, sean entre naciones o dentro de una, a menudo ponen en peligro la vida de todos y la obra de la iglesia. Pero los que confían en Dios no dependen de las aguas políticas que ‘echan espuma’; más bien se alimentan de ‘aguas de vida’ que brotan de Dios (cf. Job 36:8). Él mismo está en medio de su pueblo. Dice Calvino: ‘Si deseamos la protección de Dios, sobre todo debemos interesarnos en que Él more entre nosotros’. El salmista alude a hechos históricos específicos como el cruce del mar Rojo. ‘Al clarear la mañana’ (v. 5) es la misma frase hebrea que se usa en Ex. 14:27. Es cierto que las naciones conmocionan… pero con solo la voz de Dios se derrite la tierra (en Gén. 1, creó la Tierra por su palabra), desaparece o cambia por completo la situación. Todos podemos recordar tales obras de Dios en nuestro tiempo. Tanto frente al caos cósmico como al caos histórico, nuestro refugio es Dios porque Él está con nosotros”.[2]

Por último, veamos la tercera estrofa:

“Vengan, contemplen las obras del Señor, Que ha hecho asolamientos en la tierra; Que hace cesar las guerras hasta los confines de la tierra; Quiebra el arco, parte la lanza, Y quema los carros en el fuego. Estén quietos, y sepan que Yo soy Dios; Exaltado seré entre las naciones, exaltado seré en la tierra. El Señor de los ejércitos está con nosotros; Nuestro baluarte es el Dios de Jacob”, v. 8-11.

El salmista, de manera majestuosa, nos lleva a contemplar las obras de Dios. Además nos deja ver la protección de Dios desde lejos (al quebrar el arco) y desde cerca (al quebrar la lanza). Él tiene poder soberano para quemar los carros de nuestros enemigos, como lo hizo cuando Faraón persiguió a su pueblo (cp. Ex. 14:25).

Cuando todo se oscurece en nuestras vidas, debemos refugiarnos en el castillo fuerte que es nuestro Dios.

También leemos: “Estén quietos, y sepan que Yo soy Dios”. En otras palabras, el Señor nos dice: “Recuerda que yo estoy en control en medio de cualquier situación”. Como muestra el salmo, Él será exaltado entre las naciones.

Finalmente, el salmista menciona al Dios de Jacob porque esto recalca su misericordia y su paciencia. Jacob, como leemos en Génesis, hizo cosas que no agradaron al Señor. Pero hubo gracia, paciencia, y misericordia para él… y la hay para nosotros.

¿Te refugias en Dios?

Cuando todo se oscurece en nuestras vidas de manera que no tenemos más fuerzas, cuando la adversidad nos visita y las lágrimas inundan nuestros ojos porque el dolor y la angustia del corazón parecen no hallar consuelo, debemos refugiarnos en el castillo fuerte que es nuestro Dios.

En esos días difíciles, cuando podemos llegar a pensar que Dios nos ha abandonado,  las palabras del salmista cobran vida y nos avivan. Deja que este texto de la Biblia te fortalezca y consuele. Refúgiate en el Dios del salmo 46 en medio de la tormenta que puedas estar atravesando.

Si esto le fue útil a Lutero, estoy seguro que lo será para ti también.


[1] Steven Lawson, Luther and the Psalms: His Solace and Strength.

[2] Daniel Carro et al., Comentario bı́blico mundo hispano: Salmos (Editorial Mundo Hispano, 1993), p. 184.


Imagen: Lightstock.
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