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Ezequiel 5-9 y 2 Timoteo 1-2

“La plata la arrojarán a las calles, y el oro lo verán como basura. En el día de la ira del SEÑOR, ni su oro ni su plata podrán salvarlos, ni les servirán para saciar su hambre y llenarse el estómago, porque el oro fue el causante de su caída”
(Ezequiel 7:19 NVI).

Hace unas décadas unos campesinos estaban cavando un pozo en una localidad al interior de China. Ellos, sin darse cuenta, hicieron uno de los descubrimientos arqueológicos más monumentales de todos los tiempos: los famosos guerreros de terracota de Xi’an. Hasta el momento se han descubierto más de 8,000 soldados y decenas de caballos de tamaño natural en perfecta formación de guerra y de un bello colorido. Cada soldado aparece con alguna característica distintiva, lo que hace suponer que los artífices de esta obra se inspiraron en personajes reales para su creación.

Los guerreros fueron hechos a mano en el siglo III a.C., con el propósito de proteger el mausoleo del primer emperador de la China unificada, Qin Shihuang, que fue enterrado en la afueras de Xi’an, en ese entonces la capital del imperio chino. Este emperador ascendió al trono a los 13 años y después de muchas guerras logró unificar China en un gobierno autocrático centralizado, consiguiendo que aún su nombre, que se pronuncia “chin”, se convirtiera en la palabra occidental para China.

Más allá de sus éxitos políticos, militares, y económicos, Qin fue un tirano. Los historiadores señalan que él empezó a construir su mausoleo desde casi el inicio de su reinado, empleando más de 750,000 esclavos y 35 años para conseguirlo. Siendo un creyente en los espíritus del mal, Qin empleó a diestros artesanos para producir un ejército de terracota de tamaño natural que le brinde protección después de muerto, y aquellos que participaron en la construcción fueron enterrados vivos para evitar que sean conocidos los secretos de la tumba. El imponente sepulcro cubre aproximadamente 56 kilómetros cuadrados, una altura de 115 metros, y podría decirse que es una ciudad bajo tierra mucho más lujosa y grande que muchas de las ciudades que existieron en su propio tiempo.

Este emperador chino trató de conseguir ingenuamente que sus riquezas materiales, su poder y gloria humanas, les sean útiles en el más allá. Intentos como estos son muy conocidos en toda la historia de la humanidad, y hoy nuestra generación también sigue intentando alcanzar la inmortalidad bajo las mismas premisas, pero de maneras distintas. Los guerreros de terracota de Xi’an me recuerdan una escena de la famosa película Titanic. La nave estaba hundiéndose y solo aceptaban en los botes a mujeres y niños. En un momento de desesperación, el malo de la película le entrega un montón de billetes al oficial a cargo para que le dé un lugar en uno de los botes salvavidas. El oficial lo mira con desprecio y tira los billetes sin siquiera mostrar un atisbo de duda porque, en la situación límite que estaban viviendo, realmente el dinero ya no servía para nada.

Relacionarnos con Dios no es una cuestión de dinero. La comunión con Dios es gratuita, por gracia en Jesucristo.

La reflexión de Ezequiel en el texto del encabezado también nos muestra cómo el dinero pierde su valor cuando nos enfrentamos a asuntos trascendentales. En el caso de los judíos, Jerusalén estaba completamente rodeada por el ejército de Babilonia y a punto de ser tomada. Entre sus habitantes había cundido la desesperación por el hambre y el temor a la muerte, por lo que, en esos momentos dramáticos, la plata y el oro no servían para nada. Lo que realmente era de valor ya no se podía comprar con dinero.

A nosotros, que vivimos en una sociedad materialista, nos cuesta creer que el dinero no hace la felicidad. Por ejemplo, Manolito, amigo de mi entrañable Mafalda, decía que el dinero no hace la felicidad, pero que la imita casi a la perfección. No obstante, el problema con las imitaciones es que solo sirven superficialmente o como mera apariencia porque tienen el aspecto exterior, pero no la calidad interior. Por lo mismo, el dinero siempre genera una seguridad aparente, pero en momentos de verdadera dificultad, en donde está en juego la vida y la muerte, sucumbe bajo el peso de la presión por la trascendencia. El dinero o los bienes materiales son absolutamente inútiles en los momentos más importantes de la vida.

Es necesario devolverle al dinero su lugar secundario y dependiente en la trama de nuestra vida, colocando en su lugar una palabra que sirve para más ocasiones y que es más enriquecedora en lo eterno que en lo temporal. Me refiero a la palabra “austeridad”. Este vocablo es para algunos un buen discurso político para calmar los ánimos del pueblo durante los tiempos de vacas flacas, pero es vista como pésima opción de vida porque somos una sociedad enferma de “filarguría” (amor al dinero). Pablo señalaba que esa enfermedad era muy dañina en la especie humana: “Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores” (1 Ti. 6:10 NVI). Por eso, aprovechando unos principios que el mismo apóstol señaló a su discípulo Timoteo, quisiera descubrir el papel secundario del dinero en el devenir de la vida:

1. Relacionarnos con Dios no es una cuestión de dinero. “Así que tú, hijo mío, fortalécete por la gracia que tenemos en Cristo Jesús” (2 Ti. 2:1 NVI). La comunión con Dios es gratuita, por gracia en Jesucristo, ya que Él lo hizo todo por nosotros pagando en la cruz del calvario por nuestra salvación, para que con absoluta libertad gocemos de su presencia. Ricos o pobres, todos tenemos el mismo privilegio inmerecido a través de nuestro Señor. De la misma manera, el punto de partida del cristianismo es el reconocimiento de nuestra profunda miseria personal y nuestra incapacidad de poder tener lo que se requiere para entrar a la presencia de Dios. Esto nos convierte en receptores calificados de la gracia de Dios.

Este principio es fundamental para entender cualquier otro elemento de la vida humana, ya que todo lo que tenemos, nos hace falta, o pretendemos conseguir, siempre lo tendremos que considerar como algo temporal que se nos concede a préstamo durante nuestra breve estancia en este pequeño planeta azul. Con dinero o sin dinero no haremos lo que se nos venga en gana como dice la famosa canción mexicana, sino que, más bien, viviremos y actuaremos en relación a las limitaciones que el dinero pueda proporcionar.

Con dinero podemos encandilar a muchos, pero nunca al Señor.

Como bien lo decía el apóstol: “A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos. Mándales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y generosos, dispuestos a compartir de lo que tienen. De este modo atesorarán para sí un seguro caudal para el futuro y obtendrán la vida verdadera” (1Ti. 6:17-19 NVI).

2. El buen nombre no se consigue con dinero, sino con fidelidad. “En una casa grande no sólo hay vasos de oro y de plata sino también de madera y de barro, unos para los usos más nobles y otros para los usos más bajos. Si alguien se mantiene limpio, llegará a ser un vaso noble, santificado, útil para el Señor y preparado para toda buena obra” (2 Ti. 2:20-21 NVI).

¿El dinero puede hacer que yo sea una persona digna de confianza? Definitivamente no. Ganarse un nombre requiere de carácter y firmeza en el tiempo. Y esto se demuestra mejor durante los tiempos de vacas flacas que durante las etapas en que el ganado está verdaderamente obeso. Para ser grande como persona no necesito encaramarme en un montón de billetes; basta con hacerlo en un buen testimonio probado a través de las circunstancias. Con dinero podemos encandilar a muchos, pero nunca al Señor. “A pesar de todo, el fundamento de Dios es sólido y se mantiene firme, pues está sellado con esta inscripción: ‘El Señor conoce a los suyos’, y esta otra: ‘Que se aparte de la maldad todo el que invoca el nombre del Señor’” (2 Ti. 2:19 NVI).

3. Darle significado a la vida no es cuestión de dinero, sino de ideales y buenos propósitos que se sujetan a propósito eterno de Dios. Pablo le aconsejaba así a Timoteo: “Comparte nuestro sufrimiento, como buen soldado de Cristo Jesús” (2Ti. 2:3 NVI). Los hombres que han cambiado el rumbo de la historia han sido gente común y corriente pero con sueños poco corrientes. Muchos de ellos no contaban con un quinto, pero sus aspiraciones contagiaron a quienes poseían lo que a ellos les hacía falta. Por eso no basta con tener una cuenta corriente abultada, sino que es más importante saber que voy a hacer con ella. Claro, los cristianos sabemos que el oro y la plata no es nuestra, sino del Señor. Solo somos administradores de lo que Él nos concede ganar y hasta gastar. La miseria humana no es producto de la ausencia de oro o plata, sino de la ausencia de generosidad, esperanzas, tareas por realizar en la vida, y cimas por alcanzar.

El apóstol Pablo “disfrutó” de mil y un sufrimientos que encaró con valentía no porque se estaba haciendo un nombre en la historia del cristianismo, sino porque había un Nombre, que está por sobre todo nombre, al que él quería honrar en la abundancia o en la escasez: “Pues Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestras propias obras, sino por su propia determinación y gracia… Por este motivo padezco estos sufrimientos. Pero no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado” (2 Ti. 2:9, 12 NVI).

Hoy más que nunca debemos privilegiar la honestidad, el trabajo duro, y la sobriedad por sobre el dinero.

4. El éxito verdadero no es cuestión de dinero sino de juego limpio. “Así mismo, el atleta no recibe la corona de vencedor si no compite según el reglamento” (2 Ti. 2:5). La corrupción es uno de los mayores males de nuestra amada Latinoamérica. Son incontables los que se han hecho ricos robando y estafando, actuando con injusticia sin haber sido estorbados. Es triste saber que muchos sucumben a la tentación de renunciar al juego limpio con tal de salir supuestamente “adelante” o mejorar sus magros ingresos. Hoy más que nunca debemos privilegiar la honestidad, el trabajo duro, y la sobriedad por sobre el dinero.

No es fácil, lo sé, pero el éxito que busco es el de mirar directamente a los ojos de mi hija y decirle que soy auténtico y que nunca he vendido ni venderé mi integridad por dinero o por privilegios mal habidos. Pablo instaba a Timoteo a lo mismo cuando le decía: “Este mensaje es digno de crédito: Si morimos con él, también viviremos con él. Si resistimos, también reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará; si somos infieles, él sigue siendo fiel, ya que no puede negarse a sí mismo” (2Tim. 2:11-13). ¿Notas dónde está el punto de inflexión del pasaje? Así como Jesús no puede negarse a ser lo que es, así también nosotros debemos descubrir quienes somos en realidad para poder actuar en concordancia con nuestra naturaleza.

5. Los recursos económicos no son cuestión de dinero, sino de trabajo. “El labrador que trabaja duro tiene derecho a recibir primero parte de la cosecha” (2 Ti. 2:6 NVI). De seguro todos hemos soñado alguna vez con ser gerentes o más bien presidentes de directorio, o mejor aún accionistas con un buen porcentaje de una grande y saludable empresa multinacional. Este sueño viene aparejado al deseo de trabajar poco y ganar mucho porque nos gusta el uniforme pero no la disciplina, la oficina vistosa pero no las doce horas de trabajo al día. En el mismo sentido, pasamos 350 días del año pensando con exageración en cómo sacarle el mejor provecho a los 15 días de vacaciones, pero no en cómo sacarle el jugo a los 175 días de trabajo. Somos así, pero tenemos que ser diferentes. Trabajar es la necesidad, el descanso es una opción; el beneficio es logrado con sudor, y no podemos vivir al revés.

El agricultor sabía que el proceso natural de desarrollo de la siembra tomaba su tiempo y no colabora decididamente en apresurar el proceso, sino en hacer que el proceso se concrete en su tiempo y bajo las condiciones necesarias para que suceda. El dinero es consecuencia del trabajo concretizado. Solo cuando cumples se te paga, y el pago está en directa proporción con la especialidad y calidad del trabajo realizado. Esa es la ley. Hay que trabajar duro primero, hay que hacerlo bien y cada día mejor. Este es un principio no solo para ganar dinero, sino para ganar todas las cosas buenas que en la vida podemos conseguir. Y más aún, si somos cristianos debemos creer que “Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor, y de dominio propio” (2 Ti. 1:7 NVI).

El tema del uso y abuso del dinero es sumamente complicado. Por lo mismo, concluyo con las palabras sabias de Pablo: “Reflexiona en lo que te digo, y el Señor te dará una mayor comprensión de todo esto” (2Ti. 2:7 NVI).


Imagen: Lightstock.
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